Francisco Ortiz, Viajes
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A la cálida sombra del Islam

Imagen: Isabelle Eberhardt

Por Francisco Ortiz. Sábado, 20 de diciembre de 2014

La literatura de viajes es un género que, al tiempo que va creando el objeto de su narración, de su descripción, carga con toda una serie de referencias previas. Las narraciones anteriores, los retratos de los viajeros decimonónicos, suelen lastrar la primera mirada y la conducen a un relato estereotipado del Otro. Así, en ocasiones, la realidad ha importado menos que la imagen previa del bárbaro, del indígena.

A lo largo de los últimos tres siglos tanto Oriente Medio como el Magreb han recibido viajeros, curiosos, espías, aventureros y comerciantes. Sus relatos han alimentado la curiosidad del público europeo, necesitado de emociones. En opinión de Juan Goytisolo, la fabricación del Otro, el moro, el turco, fue posible gracias a los clichés y estereotipos de esos relatos. Los prejuicios culturales y raciales han coexistido con la expansión del colonialismo en las tierras del Islam.

Viajeros como Bertrandon de La Broquère, en el siglo XV, Gustave Flaubert con su Viaje a Oriente y Pierre Loti con su Le Désert fueron algunas de esas referencias. Sin embargo, frente al orientalismo, a esa primera mirada cargada de tópicos, surgió, en los inicios del siglo XX, una segunda mirada, más comprometida, la de Isabelle Eberhardt.

Esta escritora nacida en Suiza en 1877 emprendió un viaje iniciático al desierto del Sahara en busca de su identidad. Rompiendo con las ataduras de su mundo europeo, llevó una vida singular y fascinante. Escritora, viajera, nómada, golfa y mística, Isabelle volcó su vida en sus relatos, llenos de fuerza. Decidida a vivir a manos llenas, se convirtió al Islam y se integró en la vida de los beduinos plenamente. Sus relatos de viaje abarcan Túnez, Cerdeña y Argelia. Mujer rebelde y audaz, tuvo muchos amantes franceses, árabes y turcos. A los 27 años tuvo un trágico final, en el confín del desierto argelino.

Aunque no es muy conocida en España, Eberhardt ha conseguido una gran popularidad en Francia y en Argelia, su segunda patria. Ella ha fascinado e inspirado a mucha gente, empezando por sus biógrafas: Edmonde Charles-Roux, autora de Isabelle du désert y Un désir d’Orient, Eglal Errera, que recoge cartas y diarios de Isabelle, y Annette Kobak, con su libro Isabelle: the Life of Isabelle Eberhardt. En 1991 el realizador australiano Ian Pringle rodó Isabelle Eberhardt, con Peter O’Toole. Y en 2012 Isabelle inspiró también a la compositora americana Missy Mazzoli, cuya primera ópera multimedia se titula Song from the Uproar: the Lives and Deaths of Isabelle Eberhardt.

Las vidas de Isabelle Eberhardt

Nacida un 17 de febrero de 1877, en Ginebra, Suiza. Su madre era una aristócrata alemana de origen ruso, y su padre no fue el marido de su madre, sino el amante de su madre, Alexander Trofimovsky, un sacerdote ortodoxo ruso que renunció a su fe a favor del anarquismo de Bakunin. Hija ilegítima no reconocida por su nihilista progenitor, Isabelle adoptó el apellido de su abuela materna.

Criada entre hombres, su casa, Villa Neuve, a las afueras de Ginebra, fue siempre lugar de tertulia de revolucionarios, nihilistas y visionarios de varios países. Espíritu libre, Isabelle no fue a la escuela, pero de su progenitor aprendió griego y latín, italiano, ruso, alemán, árabe, Geografía, Historia, Filosofía, Literatura y algo de Medicina. Niña precoz, a los dieciséis años Isabelle podía leer el sagrado Corán en árabe. Pronto conoció a algunos intelectuales árabes. Uno de ellos sería su primer amor, el estudiante armenio residente en Ginebra, Archavir Gaspariantz, también conocido como Rachid Bey. Vigilado por la policía por socialista y miembro de la diáspora armenia, se acabó marchando a Estambul unos meses, dejando a Isabelle en un estado de tristeza y angustia. Estuvieron a punto de casarse. En 1895 se publica Visión del Mogreb, cuando Isabelle tenía solo dieciocho años y no se había movido aún de su ciudad natal. Su hermano Augustin colaboró en esta obra.

Fascinada por el Magreb y las tierras del Islam, a los veinte años Isabelle y su madre se marchan a vivir a Argelia, entonces colonia de Francia. Embarcan en Marsella y empieza así la segunda vida de Isabelle. En noviembre de 1897, al poco tiempo de residir en Argelia, su madre, convertida al Islam, fallece y es enterrada en Bona, cumpliendo el rito musulmán. La desaparición del “espíritu blanco”, como Isabelle llamaba a su madre, ahondó su fe y la preparó para dar el gran salto a la conversión. Su compromiso fue no solo espiritual sino también político, pues su espíritu rebelde y las inclinaciones políticas de su padre la desencantaron del mundo del poder y la riqueza. Es por entonces cuando Isabelle publica sus primeros artículos y cuentos bajo distintos seudónimos, adoptando ya por primera vez vestimentas de hombre árabe.

En el verano de 1899 se instaló en una casa del barrio árabe en Túnez, donde comenzó su radical inmersión cultural. De Túnez partió un 8 de julio en la que fue la primera de sus exploraciones al Sur de Argelia, en un periplo realmente peligroso, alcanzando el oasis de El Oued. A su vuelta a Túnez se embarcó de nuevo para Europa. Su medio de vida consistía en escribir artículos periodísticos para financiarse futuras exploraciones. Después de una temporada en París regresó a Argel, y desde allí se encaminó a El Oued. Durante esta travesía caravanera tomó por amante a un cabo de espahís, Slimene Ehhni, oriundo de Constantina, con el que se acabó casando Isabelle según el rito musulmán y de acuerdo a las leyes francesas.

Durante su estancia en El Oued Isabelle se inicia en el sufismo, ingresando en la cofradía Qadirí, una de las más antiguas hermandades sufíes. Ello iba muy en el sentir místico y esotérico de su personalidad, y contribuía a alejarla aún más de Occidente. Pero su vida en el oasis no era idílica. Su forma de ser, liberada, contestataria, molestaba por igual a franceses y árabes. Una carta anónima dirigida a la autoridad militar francesa la acusa de ser una espía monárquica. Estas sospechas hicieron que su marido fuera enviado a un fuerte en el Norte de Argelia, para así sacar a la pareja de la inestable zona Sur. Sin embargo, en enero de 1901, antes de poder marcharse, Isabelle sufrió un atentado. Un beduino, rival de la cofradía Qadirí, la hirió en el brazo con un sable. Sentenciado su agresor a trabajos forzados de por vida,  se le redujo la pena a diez años, gracias a la petición de clemencia de la propia Isabelle. Tras el atentado a su vida recibió una orden de expulsión por parte de las autoridades coloniales para dejar el territorio argelino “por su propia seguridad”. Su segunda estancia en El Oued había durado diez meses, de agosto de 1900 a junio de 1901.

En Marsella se dedica a escribir cuentos, aunque sus escritos nunca tuvieron una gran repercusión. Algunos meses después de su expulsión, en enero de 1902 Isabelle regresa a Argelia, su patria de elección. Ello es posible gracias a que su marido, Slim, gozaba de la nacionalidad francesa. Allí vuelve a travestirse de hombre árabe y nace el personaje, Mahmud Saadi, una suerte de Corto Maltés, de Lawrence de Arabia. Ella es entonces un hombre alto, corpulento, un taleb o talibán (estudiante) imberbe, de pinta andrógina, muy perfumado, que frecuenta garitos y tabernas. Isabelle, quiero decir, Mahmud, bebe alcohol, fuma la pipa de kif, y se ve envuelto en peleas de taberna y en romances rudos, portuarios. Aburrida de la beata e hipócrita sociedad colonial, pronto toma partido a favor de los nómadas y ataca el colonialismo, enemigo de la libertad.

Siguiendo sus inclinaciones místicas Isabelle ingresó en una escuela coránica, una zawiyya, que dirigía una conocida mujer maraboute (morabita). Por entonces se produce también una crisis sentimental: ella se distancia de un Slimane enfermizo, que no se ocupa de la economía doméstica, que no responde al tipo viril de Isabelle. La pareja se distancia, y deciden separarse por un tiempo. En un giro sorprendente, alternando con su vida espiritual de adepta sufí, acepta mudarse a Ain Sefra (Fuente Amarilla), en la linde de Argelia con Marruecos, para llevar a cabo una misión como agente colonial en la anexión francesa de Marruecos. Parte de sus actividades de inteligencia consistieron en acudir a la zawiyya de la cofradía sufí Zianiyya, en la zona marroquí, para así ganarse el apoyo del cheij de Kenadsa, Sidi Brahim, para las ambiciones territoriales de Francia. Y es que en 1903 Isabelle había conocido al general Lyautey, un reformista que iniciaba una nueva política de colonización. En este oficial encontró ella un amigo personal , un alma gemela. Lyautey, fascinado por esta criatura libre y rebelde, decidió enviarla en misión diplomática a las cabilas rebeldes.

Daggett.fr (2009), Ain Sefra, Argelia

Daggett.fr (2009), Ain Sefra, Argelia

Pero las duras condiciones de la vida en el desierto y todo hay que decirlo, la vida alegre también, acabaron minando la salud de la Eberhardt. A la vuelta de Knadsa fue hospitalizada aquejada de malaria, y probablemente de sífilis, en el pequeño hospital militar de Ain Sefra. Ella misma se dio de alta del hospital y, junto a su marido, al que había llamado a su lado, se instaló en una desmantelada casa de alquiler en el barrio árabe. El 21 de octubre de 1904, una repentina riada de otoño, producida por la crecida de los oueds Sefra y Mulen, arrasó campos, arrastró rebaños y enterró a una treintena de personas. Isabelle quedó atrapada en la casa y se ahogó, mientras Slimane logró escapar. El manuscrito del libro en el que ella estaba trabajando se recuperó, incompleto y dañado. Su cuerpo fue encontrado ataviado como un jinete árabe, rodeado de páginas de sus escritos, manchadas de lodo.

Isabelle tuvo un entierro sencillo, dispuesto por Lyautey, en Ain Sefra, al cual no acudió su marido. En su tumba quedó grabado el femenino nombre de Lalla Mahmoud, y no el masculino Mahmud Saadi… Los textos rescatados de su casa fueron completados y editados por Víctor Barrucand, un periodista amigo de Isabelle, y recibieron por título Dans l’ombre chaude de l’Islam, en español, En la sombra caliente del Islam. El libro fue pronto un éxito de ventas.

Wayfaring Stranger

“Nómada seré toda mi vida, amante de los horizontes cambiantes, de las lejanías aún inexploradas, pues todo viaje, aún a las regiones más frecuentadas y conocidas, es una exploración”, dice Isabelle en sus Diarios íntimos (1902). Estas palabras son el lema de la vida de Isabelle, el cual cumplió hasta el final. De ella podemos decir que hizo del vagabundeo un estilo de vida. Su pasión por la vida nómada y por el derecho a viajar libremente, sin ataduras, hizo nacer relatos como El meddah, La dervicha, y El vagabundo.

¿Por qué escribe Isabelle? En una carta se sincera con un amigo: “Escribo porque me gusta el proceso de creación literaria, es mi consuelo y puede que sea mi destino (…) escribiendo mi voluntad es libre, porque la vida real es hostil, escribir en cambio es una vida tan dulce y placentera”.

La intensa y corta de vida de Eberhardt truncó su carrera de novelista. Su producción literaria se limita a unos relatos cortos: Yasmina, País de arena: relatos argelinos, Diarios íntimos, Infernalia. Al margen de su abundante correspondencia, quedaron los reportajes que como corresponsal envió a la revista Akhbar, editada en Argel, crítica con la administración colonial francesa.

El rechazo de la acción colonial se ve claramente en relatos como El médico militar, El morabito, Ilotas del Sur, Campamento. Pero hay otros temas en su pluma: la magia, el fetichismo, la muerte, que aparecen en El adivino, La mano, y Um Zahar.

La pasión amorosa y la crítica de las costumbres con respecto a la mujer es el tema estrella de su literatura. Los relatos Taalit, Novia, Yasmina, tratan del amor, casi siempre imposible, destructor, entre personas de culturas diferentes. Quimeras, fraudes amorosos donde la perdedora es siempre una mujer árabe, cuyo destino es la prostitución. El goce erótico, la cópula desesperada, es lo único que iguala a los amantes.

En su crítica de las costumbres de su tiempo vemos que Isabelle no se retrata como feminista. Nuestra amiga vive en un mundo de hombres y no se interesa por ninguna figura femenina. Es más, admira la virtudes viriles y desprecia la pasividad de las mujeres europeas, “hembras indignas del nombre de seres humanos”. Las blancas son, claramente, siervas de los hombres de carácter, como el general Lyautey. Pero tampoco le interesa a Isabelle la vida de las mujeres argelinas. Estas no son libres, viven enclaustradas, sometidas por la herencia, por el género. Sólo las putas como Yasmina rompen el yugo del matrimonio y de la familia patriarcal.

En opinión de Inmaculada Jiménez Morell, traductora de País de arena, la obra de Eberhardt es desigual, inacabada, con un lenguaje literario todavía en gestación. Hay belleza en sus relatos, en la coherencia de su texto con el pensamiento y la vida de esta exploradora cultural.

Dos poderosas fuerzas modelan la vida de Isabelle: el sexo y la religión. Su originalidad reside en la sorprendente mezcla de misticismo unido a su sexualidad desinhibida. Introducida en una cofradía sufí, pero llevando al mismo tiempo una vida promiscua, que desborda los mandatos islámicos. Hay aquí una evidente ambigüedad, descarada, que llama al deseo. Su integración en el mundo árabe es, a la vez, fruto de un desajuste con su mundo, la sociedad colonial. En esto tiene Isabelle un alma gemela, T.H. Lawrence, otro inadaptado, lanzado al desierto por un designio oscuro.

El personaje supera a la escritora. En la mayoría de sus viajes vestía con ropas árabes de hombre, cabalgando su montura Souf, en interminables rutas por el desierto, y adoptando el disfraz de hombre cínico, libertino y despreocupado. Si bien se servía de esta identidad masculina para sortear el prejuicio de género en los musulmanes, hay una evidente motivación sexual, que juega con lo andrógino.

Y es que Isabelle conoce el código callejero. Sigue el rastro de las putas, de los ladrones, de los marineros, y desbragueta, con la violencia del deseo, a los poseedores de las flores que cantaba Jean Genet. Frecuenta los cafés cantantes de Argel, sus burdeles, a la caza de bellos ejemplares: bereberes, malteses, griegos y árabes. Según su biógrafa Annette Kobak, la Eberhardt tenía un prodigioso apetito sexual, y una especial  predilección por los ambientes portuarios, por los magrebíes y por los encuentros sexuales “hard-core”.

“Je suis seul”, o sea, “estoy solo”, es una expresión que se repite en los diarios de esta nómada apasionada. Muchacha de carácter atormentado, melancólica y saturnal, Isabelle gusta fundirse en los crepúsculos, hacerse Una con los horizontes infinitos:

“But the vagrant owns the whole vast earth that ends only at the nonexistent horizon, and his empire is an intangible one, for his domination and enjoyment of it are things of the spirit”.

Tumba de Isabelle Eberhardt

Tumba de Isabelle Eberhardt

Isabelle ¿angel o demonio?

La emoción religiosa da la medida de lo más esencial en la personalidad de Isabelle Eberhardt. Ella sentía ser llamada a la religión como una suerte de premonición. Estaba convencida de haber nacido musulmana, aunque no tenía, en su mundo, conexiones directas con lo musulmán. Hay una foto suya, a los 7 años, en donde aparece vestida como una chica árabe. Se diría algo propio de una reencarnación.

La fuerza terrible de Isabelle reside en su voluntad de creer, de asumir el sentimiento oceánico que implica la experiencia religiosa. Ella se dirige hacia el Islam con los ojos abiertos, “los ojos del alma levantados al Cielo”. En palabras del gran sufí Al Hallay: “ve a decir a mis amigos que me he embarcado en el Gran Mar y que mi barca se rompe”. Esta imagen de Allah como Mar Vivo, de un oleaje de infinitud, es sólo un intento de entender lo que pudo sentir Isabelle como criatura espiritual. Su alma es más bien una delgada y alargada llama de un azul vivísimo, que se eleva a las esferas celestes. Isabelle es receptiva a la dimensión interior de las cosas, tiene una clara faceta mística que la hace única en su compromiso con las gentes de Dar al Islam, la comunidad de fe de todos los musulmanes:

“En toda la tierra musulmana, en todo el inmenso Dâr al Islâm, millones de hombres muy distintos rezaban vueltos hacia la santa Caaba”.

La peripecia de Isabelle Eberhardt me ha fascinado desde siempre. Su manera de entender el mundo como viajera, como mujer libre, y su audaz apuesta por un espacio cultural y espiritual, me conmueven. Supo ser ella misma, en su vida y en sus libros, en un Yihad permanente. Su conversión al Islam es un ejemplo para muchos europeos que, en pleno siglo XXI, están perdidos, desorientados.

Salve, pequeña alma vagabunda, cobijada a la cálida sombra del Islam.

1 Kommentare

  1. Carmen dicen

    Estupendo artículo, he disfrutado mucho siguiendo las huellas de esta “Escritora, viajera, nómada, golfa y mística”.

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