Adrián Palmas, Editoriales, Humor Gráfico, Número 21
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Injusta Navidad

Gurb

Editorial

Viernes, 19 de diciembre de 2014. Ilustración: Adrián Palmas

Un año más, llega la Navidad, la blanca y dulce Navidad. Festividad religiosa, sueño infantil, época de supuestos buenos sentimientos, tradición social y ante todo un negocio, un inmenso y descomunal negocio mundial. Las cifras que mueve la Navidad resultan ya escalofriantes. El valor de la emisión de billetes de lotería para el sorteo extraordinario de este año superará los 3.200 millones de euros, de los cuales el 70% se destinarán a premios (en total se repartirán más de 2.240 millones de euros entre los agraciados). Todos los españoles sueñan con correr la misma suerte de ese atribulado Manu del popular anuncio de televisión que decidió no comprar su décimo por primera vez en muchos años (para matarlo, diría su mujer en realidad) pero que recibe el sorpresón de su vida de la mano de ese camarero fiel que se acordó de él y le guardó una papeleta premiada a última hora (moraleja capitalista: quien tiene un amigo tiene un tesoro). Pero si la lotería mueve cifras mareantes, los comerciantes no van a la zaga. En este ejercicio los empresarios esperan con optimismo la llegada de las rebajas de invierno, donde confían facturar más de 3.900 millones de euros tras una campaña de Navidad que se prevé positiva después de siete años de cruda recesión. En total se espera un incremento de la facturación del 1 por ciento y un “significativo” aumento de los afiliados a la Seguridad Social en el comercio, próximo a 38.000 personas, datos con los que sin duda el presidente del Gobierno volverá a sacar pecho en los foros internacionales y a sentirse el artífice del nuevo milagro español que solo él, hombre de fe ciega, es capaz de ver. Los responsables de sectores como el de juguetes, telefonía móvil, transportes, alimentación, espectáculos y textil, entre otros, miran los números rojos del calendario decembrino y rezan, pero ya no lo hacen por ese niño que hace dos mil años nació en un modesto portal de Belén, sino para que su cuenta de resultados arroje un balance millonario positivo a día 1 de enero.

¿Qué queda por tanto de una festividad que nació para alumbrar los mejores sentimientos del ser humano y que ha devenido al fin en un mercado salvaje donde el auténtico mesías salvador es el dorado dinero? Solo un folclore neurótico, atolondrado, caótico, los niños de la lotería desafinando los números imposibles, los villancicos machacones que taladran los oídos en los centros comerciales, los anuncios cursis de perfumes, los concursos de belenes, las hipócritas cenas de empresa que las carga el diablo, el coñazo del abeto navideño cuyas bolas siempre terminan rodando por el suelo, los controles de alcoholemia, los atracones y borracheras que acaban en el hospital, los juguetes absurdos con los que malcriamos a nuestro hijos, las disputas familiares, el cuñado impertinente que te deja en evidencia ante un plato de cigalas, la fiesta de Nochevieja de la que se espera tanto y que nunca ofrece nada (a ver qué me pongo este año, nena) la cuenta corriente que se queda tiesa como una mojama después de tanta compra compulsiva, la cuesta de enero que cada año se empina un poco más la condenada… Hoy la Navidad no deja de ser una fiesta más del decadentismo occidental, como Halloween o el Black Friday, y no hay más que quedarse un rato delante del televisor y encajar la avalancha de spots publicitarios para concluir cuál es su verdadera razón de existir y su fundamento. El capitalismo salvaje lo ha cosificado todo, la felicidad, la amistad, el amor, el sexo y la Navidad no se ha salvado de ese naufragio ideológico y moral.

Pero más allá de esa crisis ética impuesta por un sistema económico injusto, todavía resulta más cruda la hipocresía de una sociedad que es capaz de dar lo mejor de sí misma para que el dinero siga fluyendo mientras condena a millones de personas a la penuria, cuando no a la miseria. Es también la época del año en la que los servicios sociales, Cruz Roja y Cáritas, además de otras muchas oenegés, se movilizan para tratar de ayudar a los más necesitados. Es la auténtica Navidad, la que se vive en las calles, donde muchas personas pasan frío y hambre. Es la Navidad de los indigentes que duermen en el Metro o en los cajeros automáticos, de los niños malnutridos porque sus padres están en el paro, de las personas enfermas, dependientes y ancianos a los que la pensión no les da ya para vivir. Es la Navidad de los inmigrantes que esperan su oportunidad al otro lado de la valla de Melilla, en algún lugar del monte Gurugú, para dar el salto y entrar en España, tierra de falsa promisión. Esa España está muy lejos del milagro económico y las grandes cifras engañosas que nos vende el Gobierno de Rajoy. Es la España de la pobreza energética (miles de personas no tienen para enchufar una mala estufa eléctrica) la España de los desahuciados que se ven obligados a pasar las fiestas acogidos en casas ajenas, en el mejor de los casos, o en la más pura indigencia. Así que felicitémonos la Navidad porque seguimos vivos. Pero que no nos ciegue el relumbrón de los anuncios televisivos de mujeres despampanantes y hombres musculados bañándose en el dulce perfume de la mentira.

Adrián Palmas

Adrián Palmas

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