Gatoto, Humor Gráfico, Número 20
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Final

Por Gatoto

Aquel partido había despertado la mayor de las expectaciones en toda la población del país, alentada como siempre por los medios de comunicación y los numerosos aficionados que seguían diariamente la evolución de sus respectivos equipos, sin perderse detalle alguno. El encuentro iba a volver a unir en el campo, después de varios años sin cruzar sus caminos, a dos plantillas de lo más dispar, ansiosas por medirse de nuevo a tan alto nivel.

Dada la importante envergadura de una final como ésta, el partido tenía que jugarse en un punto equidistante a las sedes de ambos equipos, circunstancia que cumplía al milímetro Villaenmedio de la Sierra. Allí mismo llegaron ambos equipos la tarde antes del partido, seguidos de las respectivas aficiones y, como establecía la tradición y respetaba la Federación, se encontraron frente al Ayuntamiento para, juntos, saludar a todos y a cada uno de los vecinos de la coqueta población que aquella noche les daría cena y cama, pero, eso sí, no sin currárselo antes. Jugadores y seguidores, con los ojos vendados, tenían que guiarse por el susurro de los anfitriones que, desde las puertas de las respectivas casas, glosaban las virtudes de su cocina y la comodidad de sus colchones. Después de algún que otro tropiezo en el empedrado, muchas risas y una velada de lo más amena, la noche dejó paso a la mañana del día clave. Los aficionados fueron los primeros en levantarse, hicieron las camas, fueron a comprar el pan y prepararon el desayuno para todos, incluidos los dueños de las casas, mientras que los jugadores estiraban quitando el polvo, barriendo y pasando la fregona. Llegó la hora de poner rumbo al estadio. Se formó la comitiva, que fue recorriendo cada una de las calles de Villaenmedio. Todo aquel vecino que no podía valerse por si mismo era acompañado por un jugador o por un aficionado, ya fuera empujando su silla de ruedas o llevándolo a la espalda. Los seguidores más radicales llevaban a un vecino en cada hombro y alguno de ellos incluso se atrevía con un tercero en brazos. Por fin llegó la hora. El estadio estaba lleno y el pueblo vacío. Las gradas repletas de gente ansiosa por disfrutar del momento, bullían entre palmas, cantos y risas. Saltaron al césped los jugadores, vestidos todos de rojo sin que se pudiera distinguir quién era de uno u otro equipo, y comenzó el espectáculo. El público atónito alucinaba con la fluencia de filigranas y jugadas interminables que no terminaban en parte alguna. Desde hacía años, ya no había porterías, ni árbitros, ni vallas, ni controles… ni muertos. Aquella tarde no ganó nadie, aquel día ganamos TODOS.

Gatoto

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4 Kommentare

  1. Jajajajajajajajajaja… no te cabe nah!, mardito hincha de futbol (con cariño, que conste).

  2. Lombilla dicen

    Este relato es una porquería… ¡Canalla!
    Firmado:
    un hincha de fútbol

  3. Buena apreciación amigo Francisco. Tomo nota para próximas incursiones literarias. Un fuerte abrazo, artista.

  4. Paco Cisterna dicen

    ¡Qué bombazo de viñeta, compañero! ¡Genial! Una pregunta: ¿ese partido de “jugadas interminables que no terminaban en parte alguna. Desde hacía años, ya no había porterías, ni árbitros, ni vallas, ni controles…” se gujaba en el Senado o en el Parlamento?

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