Artsenal, Humor Gráfico, Número 21, Opinión, Xavier Latorre
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Feliz ilusión

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Aquel joven parecía un broker. Había amarrado mansamente sus dos perros a la pata de la mesa de un bar y se puso a alzar su voz de predicador dominical. Su sermón giraba en torno a la cotización del mercado bursátil. Yo estaba leyendo el diario y estuve tentado a anotar sus pronósticos sobre tipos de cambios y valores. El tipo parecía un experto: traducía el precio de la ensaladilla rusa a rublos de carrerilla, sabía de las diferentes clases de barriles de petróleo, como si fuera a tomarse una caña de Brent. Cada vez más gente se sumaba al corro del experto. Su padre orgulloso de él se avino a pedir una bravas. A pesar de su indumentaria, enfundado en un chándal, llegué a pensar sí sería un asesor financiero y el cónclave, una improvisada consulta de inversiones en una terraza irradiada por un perezoso sol invernal.

Aprovechando una de las pausas en aquellos análisis monetarios eché un vistazo al periódico. Un titular a cuatro columnas anunciaba que los divorcios han crecido un 12 por ciento y que ello era un síntoma evidente de recuperación económica. Al parecer, tras soportarse más de la cuenta durante las vacaciones, la gente se daba cuenta que pasaba olímpicamente de su pareja y se lanzaba a emprender la aventura en solitario gracias a que la dichosa recuperación, apuntaban, alcanzaba para que cada uno rehaga la vida por su cuenta y riesgo.

A su lado, unos jóvenes debatían sobre la penosa situación del mercado laboral. Les noté eufóricos. Dos de ellos intentaban convencer a un colega para que se apuntara con ellos a una ETT porque les había salido trabajo para recoger naranja a destajo. Al pobre chico, también uniformado con chándal, no veía del todo claro aquello de cosechar la fruta a mano y cargar camiones con 60 capazos diarios. El pobre chaval, abrumado, llegó a preguntar el horario. “A las cinco o a las seis de la tarde ya estaremos en casa”. No tenía experiencia en eso, nunca en su vida le había metido mano a un árbol, él era un buen albañil y punto. Le tuvieron que explicar de cualquier manera como hacerlo: “Tú coges las de arriba y así te agachas menos”. En un par de días cogería la experiencia suficiente para titularse en ese curro de jornalero agrícola. Finalmente, los 3.200 euros previstos de aguinaldo y ese empleo temporal le persuadieron para presentarse el lunes con el SIP y el DNI a los de su cuadrilla. La gasolina, le advirtieron, hay que pagarla aparte, “nos saldrá a unos dos euros el trayecto”. La chica inmigrante, de origen rumano, que atiende el bar arrendado por unos chinos que la tienen en nómina, les acercó una ronda de cervezas para celebrar que cotizarán unos días a la seguridad social a final de año.

En el diario, una foto presidida por Rajoy inmortalizaba la firma con la patronal y los sindicatos de una ayuda electoralista de emergencia para medio millón de parados en riesgo de exclusión social. Una paguita simbólica de medio año para ir tirando y que el PP podrá cobrársela en diferido en las próximas elecciones.

El asesor bursátil se giró a su padre y le preguntó a bocajarro: “A ver papa, ¿a cuánto compraste las acciones de Bankia?” El buen hombre ni se acuerda. El chico listo echó números con una calculadora táctil gigantesca para ver el alcance de este otro timo bancario. Es ciego, y por eso se apaña con artilugios de todo tipo. Con la otra mano desenfundó el móvil. Una voz automática de ordenador le leyó por el altavoz del celular el mensaje que acaba de llegarle con el volumen a toda castaña. Era un mensaje de Bankia felicitándole la Navidad y recordándole una gama de fondos de alta rentabilidad dónde poder invertir sus ahorros.

Al día siguiente, descubrí en un puesto de la ONCE al amateur agente de cambio y bolsa. Me paré a comprarle un cupón. Por la radio daban paso a una conexión en directo con el mercado de valores. La periodista anunciaba repuntes en el IBEX 35. Su cara dibujó una sonrisa. “Tu crees que Rato acabará en la cárcel”, me preguntó. Le dije que suponía que no. El chico ciego asintió con la cabeza y me felicitó las fiestas. Al irme volvió a subir el volumen del transistor. El nuevo portavoz parlamentario del PP vomitaba en una tertulia que lo peor de la crisis había pasado. Ése era otro cuento distinto a éste. Sus dos perros guía permanecían recostados a la intemperie, custodiando aquella cabina callejera.

En el boleto, junto al número de la suerte correspondiente, figuraba: “Porque te lo mereces más que nunca, ¡Feliz Navidad!” Enfrente unas mujeres guardaban cola ante el cajero de Bankia. Un sol desganado de diciembre volvía a salir para todos aquella mañana de lunes.

Xavier Latorre

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Artsenal

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