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Alfonso Palacio: “Acabaremos viendo la obra de Banksy en los museos”

Por Carmen Fernández / Foto: David B. Méndez. Viernes, 19 de diciembre de 2014

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Entrevista

Alfonso Palacio (Gijón, 1975) es desde junio de 2013 el director del Museo de Bellas Artes de Asturias. Doctor en Historia del Arte, profesor y crítico, sus líneas de investigación se han orientado prioritariamente hacia las manifestaciones artísticas de los siglos XX y XXI, aunque a él le gusta definirse como historiador del arte. “Estamos muy mal vistos, sobre todo los que nos dedicamos a arte contemporáneo. Se nos ve como expertos en taxonomía fácil y positivista pero mi faceta como historiador me permite conocer el pasado para que no nos den gato por liebre”. Instalado en dos construcciones palaciegas, el Museo de Bellas Artes de Asturias cuenta con una colección de unas 15.000 piezas entre pintura, escultura, dibujo, grabado, fotografía y artes industriales con un arco temporal que abarca desde el siglo XIV al XXI. “Creo que los jóvenes están más conectados al arte de los dispositivos, de las nuevas tecnologías, que a una Inmaculada Concepción de Murillo del siglo XVII” nos comenta Palacio. El museo cuenta entre sus fondos con obras de primer nivel de artistas como El Greco, Tiziano, Zurbarán, Murillo, Rubens, Goya, Sorolla y Picasso, por poner solo algunos ejemplos, y actualmente está en proceso de ampliación a cargo del arquitecto Francisco Beloqui.

Uno de los temas artísticos más comentados últimamente es el Retrato de la familia de Juan Carlos I de Antonio López. ¿Cuál es su opinión personal? ¿Era el pintor más adecuado para este encargo?

No tengo una opinión todavía establecida sobre ese tema hasta que no lo vea, y como iré a la exposición de Patrimonio Nacional coordinada por José Luis Díez, que seguro que habrá hecho un trabajo extraordinario, pues hasta entonces no voy a dar a ninguna opinión. He visto fotografías como todo el mundo, conozco esa historia de que ha tardado veinte años en pintar esa obra, pero prefiero dar mi opinión cuando acuda a Madrid ahora en diciembre o en enero, in situ. Antonio López es un pintor que me interesa, es una de las grandes figuras del arte español de las últimas décadas y seguro que será un cuadro de gran interés.

Él es un pintor figurativo, un gran retratista, al que se le puede encargar perfectamente un cuadro de estas características, y me imagino que habrá hecho un buen trabajo. Pero únicamente el acceso que he tenido ha sido a través de fotos de medios de comunicación, y realmente lo que tengo que hacer es posicionarme delante del cuadro, asimilar su escala. Hay personas a las que estimo y valoro su opinión que viéndolo a través de fotografías no les convencía mucho pero cuando se pusieron delante de él la opinión les cambió. Y me lo ha dicho más de una persona. Bueno, pues ya lo veré y entonces la llamaré y le diré qué impresión me ha causado.

En una conferencia que impartió el pasado 2 de diciembre en el Museo Nicanor Piñole de Gijón hablaba de un tema que sigue apasionando al mundo del arte y al público en general: el llamado arte de los enfermos mentales. Es un apéndice destacado y aparte que suele  aparecer en los manuales junto al arte de los niños. Se cumple lo que dice Serrat de “esos locos bajitos”. ¿Hay coincidencias entre lo que hacen unos y otros?

Es un arte puro, incontaminado, espontáneo, al margen de la cultura oficial, claro. Piense que hay toda una serie de movimientos, incluso anteriores al siglo XX como los románticos, los simbolistas, y luego ya las vanguardias, esa contracultura con su ataque directo a la línea de flotación de la cultura oficial que vio en estas manifestaciones, la de los enfermos mentales, los niños y los pueblos primitivos ese carácter incontaminado, espontáneo, puro, bruto −que es otra definición, la de Art Brut− en el sentido de no adulterado; es un repertorio realmente interesante que ha alimentado el imaginario y la realidad de muchos de los artistas del siglo XIX y de todo el siglo XX y XXI.

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En ese Art Brut no hay intencionalidad o voluntad de hacer algo artístico, ¿se le puede considerar arte en el sentido estricto?

Uf, pero ¿qué es arte? Esa pregunta ontológica acerca del ¿qué es? no me interesa mucho y más porque se han dado tantas definiciones sobre arte… Arte es lo que una institución llama arte, arte es lo que el ser humano llama arte, esa pregunta ontológica… El arte de los enfermos mentales, los niños y los pueblos primitivos, sobre todo los dos primeros, tiene un punto de automatismo, de espontaneidad, de no penetración de esos prejuicios y tabúes que culturalmente se nos imponen y es el horizonte al que caminan muchos artistas. Y esa tosquedad, ese primitivismo, esa deficiencia técnica fue explorada y reivindicada como requisito y activo estético por muchos artistas de forma intencionada. Pero ¿se les puede considerar arte? por supuesto, sí. Hay una definición de Giacometti, que es un artista que valoro, de lo que es arte, que casa con el arte realizado por estos colectivos y que a mí me gusta porque es una definición muy general: arte es una intensidad de vida comunicada. Comunicada del modo en que uno puede, quiere o sabe comunicar, o tiene la posibilidad de comunicar en ese momento, y ahí donde uno detecte intensidad de vida comunicada, puede haber arte. Detrás de estas manifestaciones la hay.

En algunos artistas existe una búsqueda consciente de llegar a estados alterados de conciencia y no dudan en recurrir a drogas alucinógenas o a sueños inducidos para buscar esa “locura interior” que cada uno podamos tener…

Claro, claro, de lo que llamaba Platón el furor sacro, el furor sagrado porque la conexión de arte y locura se remonta a Séneca, Marsilio Ficino, Schopenhauer, Nietzsche. Hablaban muchos de esa conexión entre la creación y algo raro, llámese furor sagrado, entusiasmo, que etimológicamente es fuerza extraña que se apodera de alguien, melancolía, tristeza. Hay un libro muy bonito de la Historia del Arte de Wittkower: Bajo el signo de Saturno. Saturno es el dios asociado a los creadores, a los melancólicos, los estados alterados que exploraron Baudelaire, los Surrealistas, sí, sí, la mescalina. Hay artistas que buscaron esos canales, los opiáceos en el siglo XIX, como se decía en aquella época cuando se iban a fumar una pipa de opio a aquellos fumaderos clandestinos que había en Londres: “voy a visitar al dragón”. Blake y sus visiones. Sí, hay artistas que las buscaron, que las alimentaron y han salido obras maravillosas; también hay artistas que las buscaron pero que no… y no solo pintores, sino escritores. Quizás para determinadas actividades artísticas, el estímulo a través de psicotrópicos funcione. Para un escritor realmente no sé, más allá del automatismo psíquico y la escritura automática creo que las drogas no funcionan bien en el ejercicio de la escritura. La literatura requiere un acto más cerebral, menos instintivo, menos expresivo, que el que puedes hacer delante de un lienzo. Para un artista, a través de la visión y de las alucinaciones, creo que las drogas han funcionado mejor, cuando han funcionado bien, pero creo que se ha mitificado, eso me gustaría dejarlo claro. Se han mitificado demasiado los buenos resultados que se han conseguido en la creación a través del estímulo por esas vías. Un artista lo que tiene a veces es un sismográfico en su interior. Con drogas o sin drogas. Las drogas lo que hacen es acelerar ese sismógrafo. Pero hay artistas que trabajan por esta vía de la expresividad que no tienen necesidad de utilizar estas sustancias. Se ha mitificado mucho, sobre todo a partir de los años 50-60, la contracultura, el movimiento beat, Burroughs en los sesenta, los setenta, los hippies… Pero bueno, es una vía respetable de investigación y son los mismos artistas los primeros en desmitificar el papel de las drogas en el proceso creativo. Muchas veces somos los creadores de discursos los que levantamos estos edificios y luego la gente se ve atraída por eso que lee. Para crear hay que estar muy lúcido. La lucidez es un requisito fundamental en la creación.  No conozco a ningún artista que haya hecho de un estímulo externo la piedra angular sobre la que ha edificado su obra. Puntualmente ha habido artistas que han recurrido a la mescalina, al opio, al LSD, pero han sido manifestaciones puntuales.

Al hablar de arte y de locura a muchos les viene a la cabeza Vicent Van Gogh ¿pero el pintor neerlandés pintaba gracias a sus crisis o a pesar de ellas?

Era un artista que tenía crisis, no era un enfermo mental. Pero conviene arrancar del siglo XX, donde ya hay estudios psiquiátricos que hacen un diagnóstico real. Miguel Ángel en sus escritos se declara loco ¿y es que había un siquiatra para decir que era un maníaco depresivo? Se ha construido toda una especulación sobre temas de los que no poseemos información. Van Gogh tenía crisis y depresiones diagnosticadas pero no era un artista gracias a sus crisis y depresiones ni por problemas mentales, hubiera sido igual de bueno sin sus crisis. Muchas  veces se mitifica la enfermedad mental. Decía Paul Éluard: nosotros reivindicamos la locura y defendemos que los locos no quieran curarse porque realmente sabemos que cuando las puertas del manicomio se cierran los enfermos somos nosotros, los que quedamos fuera, mientras que ellos son los cuerdos. Los enfermos mentales tienen un sufrimiento, un dolor, ellos serían los primeros en no querer pasar por esas crisis maníaco depresivas o esquizofrénicas. Se ha hecho mucha literatura respecto a eso. Los surrealistas sobre todo no se han dado cuenta del dolor, han mitificado el tema desde el punto de vista intelectual y conceptual, pero el sufrimiento que hay detrás de esas personas es tremendo. Decían: nosotros queremos ser los locos del siglo XX.  Es fácil decirlo desde tu cordura, en pleno dominio de tus facultades e idealizar algo donde no ves el sufrimiento, el dolor. Breton afirmaba que el acto surrealista por excelencia consistía en salir a la calle con un revólver y de manera indiscriminada empezar a disparar a la gente, ése es el acto de un enajenado. Ese tipo de cosas está muy bien decirlas en el contexto de, y pemítaseme la expresión, una locura de salonier parisino, de intelectual, pero cuando acudían a visitar a Antonin Artaud, internado en 1937, durante dos años, en un psiquiátrico francés, y vieron el grado de destrucción personal al que había llegado por la terapia de electroshock que le aplicaron, se quedaron todos sobrecogidos. Fue una persona que perdió el habla durante dos años e hizo unos dibujos maravillosos cuando nunca antes los había hecho. Se dieron cuenta de que la locura no era un juego de niños, sino algo destructivo y doloroso. Aun así siguieron reivindicándola e idealizándola.

Dentro de los programas del museo de Bellas Artes de Asturias hay una apuesta por el arte contemporáneo. Actualmente expone el asturiano Avelino Sala.

Sí, es un artista muy reconocido. Fíjese, se editó este libro que tengo en mis manos, Arte Contemporáneo español 1992-2013, y que muchos estábamos esperando. Se citan unos mil y pico artistas, una barbaridad, hay diez asturianos y uno de ellos es Avelino Sala. Efectivamente es un artista de los que mayor proyección nacional e internacional tiene, muy relevante.

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¿Los museos deben ejercer como mecenas de los nuevos talentos artísticos?

No, yo creo que el museo no debe ser mecenas en el sentido de tener como objetivo lanzar la carrera de un artista. No. El museo por su propia naturaleza tiene una dimensión selectiva, al museo ya entran artistas con cierto poso y prestigio, es decir con una carrera reconocida y bastante consolidada. En este año y medio ha tenido mucho éxito el programa de proyectos para espacios específicos del museo, donde artistas contemporáneos asturianos con una trayectoria sólida y consolidada han propuesto obra para esos espacios que se estudian, se recorren y se analizan. Y si el museo lo ve conveniente, lo considera interesante y con calidad suficiente para ser organizado pues se expone. El fin de un museo no puede ser relanzar la carrera de un artista; si eso llega, perfecto, pero el museo debe exponer porque piensa que ese artista va a aportar algo a lo que es la programación y vida cultural que se desarrolla de puertas para adentro. Si con esa exposición su carrera se relanza y su obra se cotiza más, en eso el museo ni entra ni mucho menos piensa. Se busca exponer una obra de la mayor calidad posible.

¿Y cómo reacciona el público que viene a visitar un museo de bellas artes y se encuentra con una instalación de arte contemporáneo? ¿Entiende el visitante lo que ve o es necesario un mediador que explique y contextualice la obra para que así la valore?

Una de las ideas que quizás haya que desterrar es que al museo no llega un solo tipo de público, hay muchos públicos. La idea de público como ente monolítico perfectamente definido no existe. Esos públicos no funcionan como sujetos pasivos que vienen a recibir unidireccionalmente un mensaje, sino que tratamos de convertirlos en agentes activos y sí que es cierto que dentro de esa multiplicidad de públicos hay algunos que no están muy conectados con lo que puede ser el arte contemporáneo o un dispositivo como es una  instalación. Y para eso están los mediadores, el departamento de educación que hace ese trabajo estupendo de mediar en lo que al arte contemporáneo se refiere.  Creo que en ese sentido estamos funcionando bien como museo y el trabajo de mediación que se está haciendo es realmente bueno. Ahora bien, me gustaría preguntarme si alguien que se coloca ante una naturaleza muerta de Zurbarán del siglo XVII entiende también lo que hay detrás de ese bodegón, que va mucho más allá del cuenco, la jarra y el vaso. Hay toda una cosmovisión, toda una serie de mensajes más o menos cifrados, más o menos escondidos, sobre la caducidad de la vida, sobre el paso del tiempo, que al final tampoco son entendidos. De lo que se trata es de descodificar aquello que se tiene delante y eso hay que hacerlo tanto ante un cuadro del siglo XVII con esa imagen que llega tan nítida, tan contundente, y que hay que descodificar, como con una instalación del siglo XXI. Creo que el gran reto de los gestores de museos del siglo XXI está en la programación educativa y sobre todo en cómo hacer que unas generaciones nuevas que cada vez están menos familiarizadas con el discurso histórico, con la Historia y con lo que se esconde detrás de lenguajes muy sofisticados −porque el lenguaje artístico no es un lenguaje fácil, es sofisticado− cómo hacer, digo, que logren interpretar y explicar, que esas jóvenes generaciones se conecten, pero no ya con una obra del siglo XXI, con la que probablemente se vayan a conectar mejor que con un bodegón del siglo XVII o una escultura romana del siglo II d. C. Creo que éste es el gran reto que van a tener que asumir los gestores de museos. Es una juventud además muy habituada a mensajes rápidos, de corta duración, es la cultura del Youtube, del fragmento, frente a un arte que habla de un espesor, de una densidad que hay que trabajar poco a poco y que hay que saber descodificar y explicar. Creo que los jóvenes están más conectados al arte de los dispositivos, de las nuevas tecnologías que a una Inmaculada Concepción de Murillo del siglo XVII. A veces hay que invertir un poco esa tendencia que tenemos de la desconexión con el arte contemporáneo. Ya veremos dentro de treinta años.

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La llegada de la vanguardia a los museos no deja de tener su ironía, porque era un arte especialmente beligerante en sus inicios contra lo que ellos denominaban “cementerios del arte”…

Bueno, es que el poder de la institución para acabar fagocitando y devorando el discurso que le ha sido crítico es enorme, incluso hubo una corriente artística en la segunda mitad del siglo XX muy interesante, que era el de la crítica institucional, a la institución museística, que se dio también y de forma muy potente en los años 60 y 70, y todos esos artistas han acabado siendo devorados por esas instituciones que criticaban, siendo coleccionados y expuestos en esas colecciones. Es la gran paradoja, la capacidad que tiene el sistema, en este caso la institución como estructura integrada en el sistema, para terminar devorando aquellos discursos que nacieron críticos hacia ella.

Pero los museos han ido adaptándose con nuevas fórmulas expositivas ¿Cree que algún día veremos un Banksy en un museo de Bellas Artes?

Sí, claro, por supuesto, ya lo vemos en colecciones particulares, de hecho alguno ya ha sido vendido, alguno de esos grafitis ya ha sido arrancado de los muros y vendido. A mí me interesa mucho el grafiti. Lo acabaremos viendo, cada vez está siendo más institucionalizado, apoyado, que es lo bueno que tiene estar apoyado institucionalmente, tienes más medios y más visibilidad, pero también lo malo, porque cuando naces como una corriente alternativa y anti-institucional, entonces acabas devorado por ese discurso contra el que has nacido. ¿Acabaremos viendo un Banksy en un museo? Pues yo creo que sí, seguro, seguro. Y yo creo que no será malo. Además Banksy no arremete tanto contra el museo, contra la institución. Todo lo que sea institucionalización del discurso para apoyarlo y darle visibilidad me parece bueno. Otra cosa es ese ejercicio de fagocitación y destrucción que el sistema hace a veces.

Haciendo que pierdan ese carácter reivindicativo…

Totalmente, sí, sí, claro, claro. El grafiti tiene muchísima fuerza en Asturias, hay un documental muy bueno, Con H de Asturias, de Alfonso Secades, que trata de todo el movimiento hip hop en Asturias desde los 80 a la actualidad. Movimiento hip hop es grafiti, es rap, es break dance, y en hora y media habla con los grafiteros más interesantes, con los raperos, bailarines, y va tejiendo un discurso. Ha habido una escena en Asturias de grafiterismo realmente interesante en los años 80 y 90 y decayó un poco a finales de esa década, principios del 2000, y ahora ha vuelto a resurgir. Por ejemplo, la Semana Cultural de la Facultad de Filosofía y Letras, para que veas cómo una institución amparó, arropó y se dedicó a la cultura hip hop. Cuando se establecen sinergias y ese trabajo en red, nadie tiene por qué sentirse lesionado. A mí el grafiti es una modalidad artística que me interesa, animé a algún alumno de la facultad para que hiciera una tesina sobre el tema, pero al final no se pudo hacer.

Usted ha realizado la principal y más completa monografía sobre el pintor Luis Fernández. ¿Cree que es un artista con una importancia aún por reivindicar?

Poco a poco se está valorando y para eso hemos estado trabajando muchas personas y le hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo a su vida y obra. En los últimos años han salido publicaciones muy interesantes sobre la figura de este pintor. Desde el museo hemos hecho un trabajo importante para reivindicar la vida y obra de este artista. El museo de Bellas Artes es en cierta medida el guardián de la memoria del pintor por la cantidad de obras, documentación, objetos personales, que tenemos del artista, que fue uno de los pintores más interesantes del arte español del siglo XX, un pintor secreto, discreto, que hizo un trabajo a contracorriente pero de una calidad y rigor extraordinario, que tuvo también una etapa vanguardista impresionante, en contacto con lo mejor de la vanguardia internacional de su época, del París en el que vivió desde el año 24. Estamos hablando de un pintor que frecuentó y cultivó la amistad no sólo de grandes artistas de su tiempo como Picasso, Miró, Óscar Domínguez, Julio González, sino también de artistas internacionales de primerísima línea como Mondrian. Es un pintor interesantísimo, fundamental, vital, de los mejores del arte español del siglo XX que hay que seguir dando a conocer, pero que poco a poco y a través de estas publicaciones y estas exposiciones, y lo que todavía tenemos que exponer y publicar, conseguirá tener su verdadero y auténtico lugar. Pero bueno, a mí los escalafones no me interesan mucho, ni las posiciones de los artistas en el top ten, top veinte ni nada de eso, lo importante es que lo estamos dando a conocer, le estamos dando visibilidad y cada vez más gente está dándose cuenta de la enorme calidad de este artista cuya obra está en los mejores museos del mundo. En los museos nacionales e internacionales más importantes de arte contemporáneo del siglo XX. La Fundación Telefónica organizó en Madrid una exposición con motivo del centenario de su nacimiento en el año 2000, también en París; aquí le hemos hecho otra, pero quizás haga falta una gran exposición que aúne a una gran institución nacional e internacional, con una itinerancia, bien de España hacia el extranjero o al contrario. ¿Qué se esconde detrás de este nombre tan normal, tan cotidiano? Pues un creador excepcional en lo formal, de gran rigor y meticulosidad, y una belleza en lo que a sus creaciones se refiere incomparable también en lo conceptual. Quienes hemos tenido la inmensa suerte de acceder a sus escritos, a sus reflexiones sobre el arte y la vida en general, vemos que detrás de ese gran creador formal había un gran artista en lo intelectual. Era capaz de plasmar con tanta belleza determinados temas porque había detrás lo que había.

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Lleva un año y medio como director del museo, ¿qué balance haría de este tiempo al frente de la institución? ¿Se han podido desarrollar los proyectos que tenía en mente cuando llegó?

El balance en este año y medio yo creo que es positivo, hemos puesto en marcha muchos de los programas que teníamos pensado en lo que a programación se refiere, exposiciones, conferencias, conciertos, ciclos de cine, nos interesaba trabajar también con el cine, no deja de ser un arte, y sobre todo las relaciones que se pueden establecer entre el cine y las artes plásticas.  Me apetecía sobre todo ese campo. También hemos puesto en marcha un programa titulado La obra invitada que creo que ha permitido que en el museo se puedan ver importantes y muy interesantes obras que vienen a cubrir lagunas que hasta ese momento teníamos o bien a reforzar elementos de la colección que estaban formados y que se han enriquecido con la presencia de estas obras invitadas. La última que tenemos es un maravilloso Carreño de Miranda del Museo del Prado y, como le digo, han pasado obras importantes. Hemos continuado con un programa educativo muy interesante ampliando algunos de los sectores a los que podíamos atender y que ha generado todo ello que este año hayamos incrementado el número de visitantes de una manera notable con respecto a lo que había sido 2012 y 2013. En ese sentido estamos satisfechos, asumiendo que hay que seguir creciendo y que hay un margen de mejora y de actuación importante. Y luego está el otro frente que es la ampliación del museo, la inauguración de esa ampliación en la que hemos estado trabajando los últimos 18 meses y que esperamos ver culminada en el 2015. Estamos a punto de montar la exposición, un discurso del siglo XX y XXI, que vamos a llevar al nuevo edificio y esperamos que en 2015 podamos abrirlo.

El Museo de BBAA de Asturias tiene apenas 34 años de vida pero alberga obras muy importantes de artistas universales como  Tàpies, Gutiérrez Solana, María Blanchard, Dalí, Picasso, El Greco, Berruguete, Zurbarán, Goya, por poner solo algunos ejemplos, pero ¿cuál es la imagen que quiere proyectar el museo al exterior?

Tenemos una muy buena colección, y ahora lo que toca es convertirla en museo. Hay una serie de pinturas, esculturas, grabados, dibujos, fotografías y piezas pertenecientes a las artes industriales muy importante que se ha ido reuniendo a lo largo de estos 34 años. Efectivamente es un museo relativamente joven, hubo un momento clave que fue la incorporación de algo más de 400 obras procedentes de la colección de Don Pedro Masaveu, estamos hablando del año 94, que permitió a la institución dar un salto cuantitativo y cualitativo interesantísimo. Esa colección sigue creciendo a través de una política de adquisiciones muy acertada y lo que toca ahora es hacer que a esa colección la arrope un museo, entendido como institución con un organigrama bien dotado de personal, con unos puestos claves que hay que cubrir, por ejemplo los puestos de conservadores. Este museo no puede pasar más tiempo sin conservadores, sin personas que investiguen, que cataloguen, que propongan y comisaríen exposiciones, que escriban los catálogos, tiene que propagar su valor más allá de Asturias porque por colección puede proyectar ese valor, que sea conocido y reconocido en España y en el extranjero. Para eso debe servir un museo, como le comento, bien dotado de personal y también bien dotado presupuestariamente. Tenemos muy poco presupuesto, entendemos que es el espíritu de los tiempos, que estamos atravesando una mala época y que es con lo que hay que gestionar, pero esperamos que en el futuro el presupuesto vuelva a ser el que fue hace tiempo. Ahora mismo tenemos una dotación similar a la que tenía en los años 80, y por lo tanto para conseguir esa proyección y crear esa institución museística falta personal, recursos económicos. Bien es cierto que con el poco presupuesto que tenemos creo que estamos haciendo cosas interesantes y lo que necesitamos también es un centro que trabaje en red con otros centros. Los museos no son para solistas y no pueden trabajar para solistas, hay que establecer redes de colaboración con otros centros que les permitan compartir, coproducir programas, proyectos, actividades y en definitiva sumar esfuerzos entre unos y otros. Eso en cierto sentido es lo que estamos haciendo estos últimos meses y esperamos que nos lo dé la inauguración de la ampliación. Yo creo que nos va a dar una visibilidad también dentro de la propia comunidad asturiana, que ahora mismo no tiene. Por ahí van nuestros esfuerzos, debemos saber mostrar la institución más inteligentemente, incrementar el número de actividades. El museo tiene que ser algo más que la colección, que no es poco, no cabe duda, es una colección buena, pero tiene que estar arropada por la institución.

El de Asturias es uno de los pocos museos de Bellas Artes de España que mantiene su gratuidad, ¿cómo lo consigue?

Bueno, se consigue con muchísimo esfuerzo, con una optimización de los recursos al máximo. Es uno de nuestros grandes activos, somos el único museo de BBAA de España de cierto nivel cuya entrada todavía es libre y gratuita y es una de estas líneas rojas que de momento no queremos traspasar, nuestra entrada es libre, nuestros programas son libres y gratuitos y en este sentido tenemos una vocación de servicio a la comunidad muy fuerte y potente. Somos un centro público al servicio de la comunidad y queremos que esa comunidad nos visite a coste cero y que sepa ver y reconocer el valor de esa gratuidad. Curiosamente, a veces percibimos que las propuestas u ofertas culturales que son gratuitas determinada gente tiende a infravalorarlas respecto a aquellas ofertas que conllevan 6, 7 u 8 euros, como si aquello que fuera gratuito fuera de menor calidad. En nuestro caso, la calidad en cuanto a esfuerzo del personal y empeño por sacar adelante los proyectos es la misma que si cobráramos entrada. Sí es cierto que una entrada cobrada a un determinado precio podría suponer al museo una serie de fondos interesantísimos que sumar a los que aportan tanto la Consejería como el Ayuntamiento; pero es una línea que de momento preferimos no traspasar y que siempre queremos revalorizar. Somos el único museo de BBAA de España de nivel cuya entrada y acceso a todos los programas es gratuito y de momento así queremos mantenerlo.

¿Le está afectando la crisis al museo?

Sí, pero salimos adelante a costa de mucho esfuerzo y mucho trabajo y de una optimización de esos recursos al máximo. Si pudiéramos nosotros mismos autofinanciarnos, al menos en un tanto por ciento, eso nos daría independencia en muchos aspectos, como contratación de personal, podríamos tutelar la activación de esas plazas, revisar una serie de marcos jurídicos y administrativos del centro, quizás llegue un momento en que merezca la pena sentarse y replantear esos cambios. De momento, al ser un organismo autónomo coparticipado por el gobierno regional, la Consejería de Educación, Cultura y Deporte, y por otro lado por el Ayuntamiento de Oviedo, estamos ahí en un limbo un poco extraño. Pero ya le digo que este museo ha llegado a tener presupuestos en su época de esplendor, a comienzos de 2000, y en 2003 y 2004, de hasta cuatro millones trescientos mil euros. En el ejercicio 2013 tuvimos un millón quinientos y pico mil y ahora, con el nuevo presupuesto, un millón setecientos mil. Es entre dos y tres veces menos, es decir que también hubo una buena dotación presupuestaria tiempo atrás, cuando el museo estaba en el mismo marco jurídico y administrativo en el que está ahora. Otra cosa es que haya que cambiar de modelo porque quizás haya cambiado también el espíritu del tiempo y el paradigma en cuanto a lo que son las industrias culturales y efectivamente a lo mejor ha llegado el momento en que al museo se le deba exigir una cierta vía de autofinanciación. Y para eso también hay que pensar que habría que cambiar buena parte del marco legal que ahora mismo tiene. Eso es una decisión de muchísimo calado y si llega el momento pues habrá que reunir a las diferentes partes para llegar a un acuerdo y un consenso: museo, consejería y ayuntamiento. Habría que sentarse y reflexionar sobre ello.

Aunque los museos están exentos de la subida del IVA cultural ¿qué opinión le merece esta medida?

Bueno, lo que le merece a toda persona vinculada al mundo de la cultura, de la oferta cultural y las industrias culturales. Es una medida absolutamente contraproducente, que lo que hace es mutilar y ralentizar aún más hasta llegar a paralizar y colapsar lo que es la vida cultural, que es un elemento clave, central, nuclear de la vida de una comunidad, de una sociedad, de un país. Creo que ésa no es la medida, creo que la medida por la que estamos todos esperando y rogando es por una buena ley de patrocinio y mecenazgo que permita esa alianza entre lo público y lo privado que es fundamental y que permita reanimar este sector. Y en buena medida va a pasar por reactivar esa ley que se ha hecho esperar durante tanto tiempo en un sector como es el mundo cultural que ahora mismo está viviendo un momento de cierto impasse, por decirlo de una manera prudente cuando no de retraimiento y de colapso absoluto.

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Además de ser grandes conocedores del arte, parece que a los directores de museo  también se les exige ser buenos gestores ¿esto es así? ¿tiene que ser la cultura rentable?

Tiene que ser no, la cultura es rentable. Tenemos que ser suficientemente inteligentes las personas que estamos dentro del mundo cultural y de la vida cultural, y los que estamos gestionándola aún más, para rentabilizar esa doble vía que tenemos a nuestro alcance. La cultura es un activo económico, porque lo es, y una parte interesante del producto interior bruto de nuestro país pasa por las industrias culturales. Y también tiene esa otra dimensión de enriquecimiento social, humanista, intelectual, espiritual que a lo mejor no tiene el carácter tangible como puede ser el monetario, el económico de una manera directa, pero que es clave para el desarrollo de cualquier sociedad mínimamente civilizada. Entonces sí que es cierto que ahora al frente de las instituciones culturales se requiere ese doble perfil que puede estar en una misma persona o en dos personas al frente de dos instituciones, una bicefalia, con un gestor artístico y otro económico, que hacen que los centros vayan avanzando en esa doble línea. Es el eterno debate en torno a qué es lo que debe predominar más, si lo cultural o lo económico. Yo creo que tienen que estar a la par. Aquellas instituciones que se autofinancian tienen que saber rentabilizar su número de visitantes y todo lo que esos visitantes económicamente aportan, tanto lo que la entrada pagada, como el merchandising comprado o los catálogos adquiridos pueden dejar en caja. Tiene que ir a la par. Lo ideal sería un profesional que aunara esa doble dimensión, que los hay en España, y si no, pues estos modelos donde junto con el gestor artístico hay otro gestor económico.

¿El éxito de un museo se mide únicamente por el número de visitantes?

No, en absoluto, qué va, eso es una tiranía. Los gestores de museos estamos tiranizados, somos esclavos de los números y creo que eso es un problema que viene de dos partes, por un lado del gestor y director que parece que con poner un número al final del año es suficiente y el éxito o fracaso de su gestión casi lo asume por el número de visitantes que haya tenido a lo largo de un año y también a veces por el que está al otro lado de la barrera y lo primero que pregunta una vez finalizado el ejercicio es: ¿qué número de visitantes ha tenido? Como si eso fuera vital. El número de visitantes es un indicador más en torno al mayor o menor éxito de una gestión, pero hay que ver también y revisar la calidad de los programas que hay detrás y muchos elementos más. Sí que es cierto que todo gestor y toda institución lo que quiere es que la visiten, y nosotros queremos que nos visiten, este museo quiere hacer comunidad, ciudad y territorio y queremos fidelizar al público. Más que el visitante de primera y única visita nos interesa explorar y conocer al visitante que viene por segunda y tercera vez y saber qué es lo que le mueve a repetir. Saber si le interesó una exposición permanente, una conferencia, una actividad, queremos conocer y reconocer a esos visitantes. Siempre que se me pregunta cuál sería la gran noticia del museo, digo lo mismo: que el visitante uno y el visitante tres millones fueran el mismo. Eso sería muy interesante, que se generen esas dinámicas de asiduidad. Y eso se consigue a través de programas atractivos, de conferencias, exposiciones, conciertos, obras invitadas, programas educativos dirigidos a diferentes sectores, niños, adultos, familias, personas con discapacidad, jóvenes adolescentes, se consigue a través de muchas cosas. Somos esclavos y estamos tiranizados por cifras. Son interesantes pero son  un indicador más del éxito o fracaso. Sí es cierto que la calidad de los programas suele  conllevar un número de visitantes bueno, pero a veces no se corresponden, se producen cortocircuitos extraños, porque no se llega bien, no se comunica bien, no se difunde bien. Puede haber muchas razones.

Y la última: como experto en arte contemporáneo, ¿qué cree que nos depara el arte tras la posmodernidad?

No me gusta hacer de oráculo. Yo soy historiador y trabajo con el pasado y también soy crítico y trabajo con el presente. No lo sé pero creo que eso es lo bonito, nos espera un poco más de lo mismo en el buen sentido de la palabra, nos espera una heterogeneidad, multiplicidad de discursos, muchos de ellos interesantes, una vuelta a la pintura quizás, la pintura siempre está ahí, y siempre se está hablando de que se está muriendo, de que se ha muerto, pero la pintura sigue, la pintura se transforma en muchas cosas y se metamorfosea y se asocia y eso me parece la vida que tiene la pintura como lenguaje específico pero también como lenguaje que se ha hibridado con otras prácticas. No habrá movimientos, ya no hay movimientos en el arte, hay prácticas, que son cosas distintas, prácticas introduce un concepto de temporalidad, de carácter efímero. Nos espera una heterogeneidad de lenguajes, discursos, tendencias, no hay líneas fuertes y definidas que predominen sino que todas se mueven en el mismo nivel de aceptación. Nos espera más arte, más vida, el arte es pensamiento, es belleza. Deberemos adoptar posiciones críticas y claras, lo importante del crítico es lo que decía Baudelaire, ser parcial, combativo, político, pero político no en el sentido de la asociación a unas siglas sino comprometido con tu tiempo, tu medio, tu comunidad, ver cómo ese arte nos interpela, nos provoca rechazo o admiración. ¿Qué nos depara el futuro? Pues más arte, más pensamiento y más vida.

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