Humor Gráfico, Jose Antequera, LaRataGris, Número 21, Opinión
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El violinista de la línea 5

Por José Antequera / Ilustración: LaRataGris

No se está tan mal aquí abajo, en el Metro de Madrid, a fin de cuentas, pensó Gica Dimitrescu mientras se ajustaba la gorra de béisbol y removía la basura de una papelera, en busca de algo de valor, bajo el gigantesco póster de la última película de acción de Bruce Willis. Era Nochebuena y en el exterior estaba cayendo una nevada colosal, histórica. Dimitri (todos lo conocían como Dimitri, para abreviar) se sentía afortunado entre túneles, andenes y escaleras, porque en la calle la humedad calaba los huesos y los dedos se congelaban y quedaban endurecidos como piedras al pulsar las cuerdas del violín. Además, fuera ya no se estaba seguro en ninguna parte, los municipales se apostaban en cada esquina y habían iniciado una caza inmisericorde de manteros, perroflautas y músicos ambulantes de todo pelaje y condición. Esos gorilas se han propuesto limpiarnos de la ciudad, rezongaba Dimitri entre dientes.

Desde que se le acabó el dinero, no encontraba alojamiento en ninguna parte. Todos sus amigos se habían largado ya de la ciudad o estaban en la cárcel, así que no le quedaba otra que bajarse al Metro. Harto de buscar, metió la mochila en un agujero, entre la pared y una máquina expendedora de refrescos, junto a la boca del túnel de la línea 5. Todo lo que tengo está en este petate, se lamentaba Dimitri. Cómo echo de menos a Tobías. Fue un buen amigo hasta aquella noche que salió corriendo como alma que lleva el diablo. Desde entonces nunca más volví a saber de él ni de sus pulgas. Creo que no aguantaba mi violín. Y con razón. Hasta los perros huyen de mí.

Una vez que hubo puesto la mochila a buen recaudo en su hueco secreto, el violinista ya podía saltar de un tren a otro, poniendo a prueba la paciencia y los oídos de los sufridos viajeros. La mayoría de la gente le insinuaba que como músico no valía gran cosa. Desafinaba terriblemente y tocaba de forma impetuosa, estridente, poco armónica. ¿Cómo voy a tocar bien con este violín sin barnizar que saqué de una casa de empeños y que suena como un disco rayado?, se preguntaba cada mañana. Pero no debo quejarme ahora, al menos tengo algo con que ganarme la vida. Cuando llegue mi golpe de suerte buscaré lo más parecido a un Stradivarius. Con un buen violín tocaré como los ángeles. Seguro que me dan trabajo en alguna orquesta de bodas y bautizos. Ya me estoy viendo vestido de pingüino. Las chicas de la Casa de Campo se me rifarán.

De momento, lo que más preocupaba a Dimitri no era perfeccionar sus mazurcas, polonesas o rapsodias, sino dar esquinazo a la Policía. Están por todas partes, pueden echarme el guante en cualquier momento. Mira si no lo que le pasó al pobre Tom, el manco americano que tocaba el ukelele con una sola mano. Era un prodigio ese yanqui que rasgaba las cuerdas con el muñón lleno de llagas. Un diablo del blues con su impermeable negro y su capucha de monje franciscano. Lástima que los vigilantes lo encontraran y lo pusieran de patitas en calle. A saber dónde estará ahora, con el frío que hace arriba. Tirado en cualquier cajero automático, supongo. Ya no respetan ni a los artistas esos orangutanes de la Policía. El artista es alguien que molesta al poderoso. El artista ha nacido para incordiar al gobernante y si no, no es un artista, pensaba Dimitri. Ojalá me vaya mejor que a Tom. Ya firmaría yo que me dejaran pasar el invierno aquí abajo, al calor del vientecillo que sale por las escotillas del aire acondicionado y que calienta como una brisa caribeña.

Otro villancico entrecortado cae a plomo por la megafonía del Metro.
Para alguien como Dimitri, la Nochebuena era un día más. Sin familia, sin pavo al horno, sin regalos de Papá Noel. Vivía el momento, tocaba para ganarse el mendrugo de pan. Un tren bien lleno de viajeros era su pequeño Albert Hall y aunque amaba el violín, sabía que nunca sería lo que se dice un virtuoso. Lo sabía porque cuando empezaba a fustigar el instrumento, atropelladamente, la gente ponía mala cara, resoplaba, se levantaba del asiento y se bajaba a toda prisa del tren para no seguir aguantando la murga. Qué culpa tenía él de no haber sido un buen músico, algo tenía que hacer para no morirse de hambre. Su verdadero oficio era técnico en energía nuclear, pero en Rumanía no encontraba trabajo y decidió arriesgarse en España. Una mala elección, no le fue bien en Madrid. De modo que se agenció un violín barato y refrescó las pocas nociones de solfeo que le había inculcado su madre de niño. Así iba tirando. El hambre puede más que la vergüenza. Su partitura diaria se limitaba a convertir notas musicales en céntimos, melodías en bocadillos de jamón, boleros y canciones en botellas de leche. No es fácil ganarse la vida en el Metro de Madrid. Los lunes son los peores días: uno entra en el vagón con toda la buena voluntad del mundo y los viajeros te miran como si quisieran fusilarte. Todos odian a todos los lunes, y mucho más al músico ambulante que viene a darte la vara con su violín hambriento. Sin embargo, la gente de los sábados es diferente; la gente de los sábados es más humana, más cálida y receptiva de lo normal, y Dimitri suele llenar de calderilla la sucia gorra de béisbol que va pasando por los asientos.

Aquel día que iba a marcar su vida para siempre era sábado y, además, Nochebuena. Una luz dulce y tibia envolvía el interior de los vagones, unos vagones habitualmente pestilentes, oscuros, llenos de gente enojada. ¡Hay que animarse, hombre, que es Navidad!, se decía Dimitri a sí mismo mientras afinaba las cuerdas del instrumento. Si no se anima uno…

El músico miró a un lado y a otro por si había moros en la costa, se agarró al pasamanos de la puerta, pegó un brinco y subió al tren. Tenía apenas tres paradas para soltar su repertorio: Chueca, Gran Vía, Callao. En Callao estaba la patrulla de siempre. Confiado y animoso, empezó a tocar el violín con toda su alma (aunque más que tocarlo lo ultrajaba a conciencia). Quizás porque era Navidad algunos viajeros le miraban con condescendencia. Parecía sonreírle una pareja con sus gemelos rubitos vestidos como pinceles; parecían sonreírle los jubilados alemanes entrecanos, altos y enjutos que arrastraban maletas con sus manos temblorosas; parecía sonreírle una negra africana esteatopígica de pelo cobrizo que sostenía a su bebé y agitaba el sonajero; hasta parecían sonreírle los jóvenes macarras de camisetas chillonas, cabellos trasquilados, tatuajes y pendientes que hablaban a gritos y hacían sonar furiosos raps con sus ingenios electrónicos.

Dimitri intentó rematar la pieza con un atrevido staccato. Esta vez no lo había hecho tan mal. Algunas monedillas tímidas cayeron en la gorra con dorado tintineo. El violinista, satisfecho y alegre, hizo una reverencia teatral, saludó al respetable (arco en alto) y salió del vagón de un salto felino. Gracias amigos, a pasarlo bien en el botellón.

Navidad, dulce Navidad. El sueño nostálgico de la felicidad que fue y ya no es; el sueño mágico de la infancia que quedó enterrado por los avatares del tiempo. Dimitri no era capaz de recordar su última Navidad como un auténtico ser humano. Casi había olvidado aquellas cosas que le hacían feliz: los paquetes de regalos tiernamente envueltos por su madre, las cigalas en castrense formación sobre las bandejas, el perfume barato de sus hermanas que flotaba en todas partes, su padre cortando leña detrás de la casa, los Cárpatos nevados, el espumillón, el champán barato, el abuelo contando batallitas junto a la chimenea, el olor a carne asada recién hecha, las palabras hermosas de la gente, la utopía inalcanzable del amor universal, la sensación engañosa y fugaz de que el hombre es bueno por naturaleza. En el Metro de Madrid, Dimitri estaba aprendiendo la única y cruda verdad: que el hombre es un lobo para el hombre.

Otro villancico suena estridente en el andén solitario. Un mendigo dormita en el suelo, junto a latas de cerveza vacías. Rugen los trenes como dragones de hollín en los túneles negros. La gente espera el próximo tren. Gente en sombras, gente en silencio. El músico caminó unos metros con su violín a cuestas, tarareando una vieja canción rumana, masticando el último bocadillo de jamón y queso que sabía ya a rancio. No todo eran malas noticias, aún le quedaba algo de tabaco para liar. Se sentó en un banco, enrolló las briznas ásperas en el fino papel y a darle al pitillote malo. Hay que dejarse llevar, liberarse de cadenas y ataduras, fundirse con la corriente magmática de la vida. Soy un grano de arena en medio del universo, soy un gitano errante como el polvo, soy un insecto insignificante arrastrado por la orgía cósmica de dolor y fuego. ¿Qué haría Paganini, su violinista favorito, en una situación similar? Dimitri sí que era un Paganini de la vida, siempre pagando las injusticias del mundo, siempre pagando por los abusos de otros.

El violinista descendía lentamente por las escaleras mecánicas, le crujían las tripas, se le agrietaban las botas. Tenía callos en los pies y los calcetines empapados. Era uno más en la interminable cadena anónima de hombres y mujeres silenciosos que bajaban por las catacumbas de Madrid, uno más en el ejército de ciudadanos que iban a la guerra diaria en las barricadas de la gran ciudad. ¿Cuántas bajas habrá hoy? ¿A cuántos se llevará por delante el injusto sistema? Todos estamos separados y conectados, divididos y fundidos con el Todo infinito de Spinoza.

Dimitri dejó atrás un pasillo, se adentró en otro y cruzó al otro lado de las vías, línea 5. Se acercaba otro tren lleno de posibles espectadores, otro tren repleto de bolsillos. Ojos luminosos emergiendo del túnel, chirriar de ruedas al frenar. Bufido de puertas abriéndose y cerrándose. Unos que suben, otros que bajan. El tropel, la masa, la muchedumbre, el gentío, el murmullo, el ruido. El vagón estaba lleno de gente. Era hora de ponerse a tocar, tocar sin parar, tocar antes de que llegara la Policía y le echara el lazo, ése era el plan. A empujones, logró abrirse un hueco entre los viajeros y empezó a perpetrar otro sacrilegio musical: Noche de paz. Insoportable versión, la peor interpretación que había escuchado el mundo desde que los luthiers de Cremona se pusieron a fabricar violines. El instrumento le temblaba en el cuello, el arco era una sierra mecánica más que una vara fina y delicada. Dimitri trataba de mantener el tipo ante su audiencia, sonreía forzadamente, destilaba sudor frío por su frente de zíngaro expatriado. Pero desafinaba sin remedio. Ni él mismo era capaz de soportar semejante tortura y a pesar de todo continuó hasta el final con la frente bien alta. Quería convencer a aquella gente de que no era un ser invisible, quería convencerles de que era un ser digno con todo el derecho del mundo a existir, con derecho a no ser aplastado, un ser que necesitaba más que nadie aquellos céntimos vulgares para catar una barra de pan y un café caliente. Terminada la canción (si es que podía llamarse canción al engendro que acababa de salir de aquellas cuatro cuerdas) Dimitri agachó la cabeza cortésmente, se quitó la gorra y la pasó entre los viajeros con el mayor orgullo posible. Nada de nada. Ni una miserable moneda. Ni una hipócrita sonrisa. Todo eran noes, mohines, cabezas que se torcían y miraban para otro lado, ojos huraños, ojos de desprecio, de indiferencia. Maldito espíritu navideño ¿dónde se habría metido?

Decepcionado, Dimitri guardó el violín y el arco en su funda de piel costrosa, salió del tren y caminó por el andén cada vez más vacío, cada vez más enmudecido y solitario. Todos estaban ya en sus casas con sus familias. Podía escuchar el chirriar de sus botas desgastadas rozando contra el suelo. Podía sentir el latido de su corazón desbocado por el miedo a ser descubierto por la Policía. Una vieja que es un trapo negro pide limosna bajo el arco abovedado de ladrillo. Basura amontonada en un rincón. Periódicos rotos rociados por el suelo. Una cucaracha corretea bajo sus piernas. No soy mucho más que ella, pensó Dimitri. Me arrastro por la tierra.

Cabizbajo, el músico deambuló entre los últimos rezagados cargados con bolsas y paquetes que iban de acá para allá. El violinista se detuvo un momento a contar las pocas monedas que había en la gorra cuando divisó a dos guardias robustos al final del pasillo. Sabía por los periódicos que los municipales tenían orden tajante de la Alcaldía de limpiar el Metro de mendigos y ambulantes. De repente le entró el pánico, el miedo al arresto, a la Comisaría, al centro de internamiento. Los agentes habían advertido su presencia y se dirigían hacia él palpando sus porras y grilletes. Como un ratón atrapado en una jaula, Dimitri buscó una salida. A un lado la pared, al otro las vías del tren. No lo pensó dos veces, dio un salto, se arrojó al foso de las vías y corrió como un loco en dirección al túnel. Ya era una presa acorralada que sudaba y jadeaba y se adentraba en la boca del lobo. La caza del hombre, la caza del no-hombre. Los policías le daban el alto, gritaban como fieras, lanzaban chorros de luz con sus linternas. El túnel estaba oscuro, no se veía apenas nada. Dimitri caminaba sobre un manto de piedras, piedras que eran castañuelas crujiendo bajo sus pies. Tropezó contra una caja eléctrica, cayó y el violín rodó por los suelos, pero consiguió recuperarlo palpando a ciegas en la oscuridad. Finalmente logró levantarse y se apoyó contra la pared. Tenía las manos manchadas por una pasta densa de grasa y sangre. Por un instante le pareció que había despistado a los agentes, no había ni rastro de ellos. Gotas de agua se filtraban por una grieta del techo y llovían como una lluvia de plata, rompiendo el silencio del túnel con un tac tac hueco y acompasado. Se secó el sudor con un kleenex y siguió caminando junto a las vías. Un nuevo tren pasó a su lado sacudiéndole y zarandeándole como un pelele. Torbellino de humo, partículas en suspensión, polvo. Dimitri no se detuvo, siguió caminando en la oscuridad, jadeando, pisando piedras que se clavaban en las plantas de las botas y le hacían perder el equilibrio. Maldijo su suerte, recordó los días felices de la Navidad, allá en su lejana aldea rumana, cuando era un niño y su madre se sentaba a su lado, en el sofá, para leerle El fantasma de la ópera. Él también era un fantasma grotesco repudiado por el mundo. Acorralado, despojado de alma, convertido en un conejo asustado. Debía salir cuanto antes de aquella ratonera o de lo contrario un tren lo arrollaría sin remedio. A menos de cincuenta metros, el túnel se bifurcaba y un chorro de luz entraba por una de las trampillas del techo, confiriendo cierta claridad al corredor. Poco a poco, sus ojos se iban adaptando al entorno. Había semáforos en rojo, señales que no entendía, una maraña de raíles, tuberías y cables. También había un bulto negro en medio de las vías, un hatillo sucio y oscuro que parecía un despojo abandonado. ¿Quién lo habría dejado allí? El violinista se acercó al revoltijo de trapos mugrientos. Conforme se iba aproximando, un lamento se hacía cada vez más sonoro y agudo. Era un gemido, un maullido, una especie de llanto desconsolado. Estaba ya muy cerca de aquella cosa frágil y palpitante cuando una bocina enloquecida aulló a lo lejos. Otro tren, otro tren enrabietado, furioso. ¡Huoooooo! Dimitri sintió que algo terrible iba a suceder y sin saber por qué arrojó el violín a un lado y echó a correr hacia el paquete, que seguía agitándose, trémulo, entre los raíles. Los faros de la máquina le cegaban, el tren se le echaba encima por momentos. Ya tenía el hatillo entre sus manos, ya sentía el aliento hirviente del motor, ya podía ver la cara horrorizada del maquinista. Se vio perdido sin remedio, se encomendó al Altísimo, cerró los ojos, apretó el rollo de trapo contra su pecho, tomó impulso y dio un salto a la desesperada. El bulto se le escurrió de las manos y rodó por los suelos. El tren pasó a su lado detonando como una estampida de búfalos. Dimitri lo vio alejarse en la oscuridad. Se sentía vivo otra vez; magullado, pero vivo. El violinista se levantó maltrecho, cojeando. El hatillo de trapo se había desliado y algo se movía entre la lana, un ser adorable que lloraba con rabia y bravura, como echándole en cara el revolcón de antes. Dimitri sonrió con orgullo. Era la criatura más tierna que había visto jamás. Incrédulo, excitado, miró a su alrededor tratando de localizar su viejo violín perdido en la oscuridad. Nunca más lo encontró. Qué más daba ya. Era Navidad. Y un niño había nacido.

* Primer premio del concurso de relatos cortos navideños Ciudad Autónoma de Melilla 2013.

José Antequera

José Antequera

LaRataGris

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  1. Pedro Carrasco Pérez dicen

    Muy bueno, y de una empatía tan grande que me asusta. Esta tarde acabo de ver a Dimitri en un banco de la denominada plaza de la pátera de Águilas, durmiendo en el banco y con una bolsa llena de una botella de Coca-Cola y un cartón de vino peleón. El rocío y la humedad salina del cercano mar hacía ver que la plaza estuviese empapada. A Dimitri, no se le veía ni la cara de los raídos abrigos con capucha que llevaba. Y yo, yo fui a sacar veinte euros del cajero automático de la Caixa que hay al lado. Fui incapaz de tocarlo ni de darle un céntimo pero mi conciencia, siempre la conciencia, se aplacó pensando que estaba esperando a que terminase de cerrarse la noche para refugiarse en el cajero. Creo que la denominación popular de la plaza de la pátera, con que la gente ha bautizado al lugar por el pequeño bote auxiliar de un pesquero de Águilas, que se supone que es un emotivo homenaje al pueblo de pescadores que siempre fue Águilas, debería de denominarse como la gente – siempre ciudadanos soberanos- la conoce. ¡¡¡¡Que se dignifique la plaza con una placa que reseñe ” Plaza de la Pátera”!!!!!

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