Literatura
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El legado de Bellow

Por José Antequera. Miércoles, 31 de diciembre de 2014

Editorial

  Literatura

Philip Roth, el gran gurú de las letras norteamericanas, escribió en cierta ocasión: “La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner y Saul Bellow”. De Faulkner se ha dicho ya casi todo, pero Saul Bellow, pese a que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1976, sigue estando lejos del gran público fuera de los Estados Unidos, pese a que autores como Coetzee lo han llegado a calificar como “el gigante de la literatura americana de la segunda mitad del siglo XX”.

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Bellow en su juventud.

El pequeño Solomon Bellow (cambió su nombre por el de Saul cuando empezó a publicar en los años 40) llegó al mundo el 10 de junio de 1915. Nadie podía imaginarse entonces que aquel hijo de inmigrantes judíos de origen ruso estaba destinado a revolucionar el mundo de la literatura y a ganar, algún día, el Premio Nobel. Nació en Lachine, Quebec (Canadá), y no lo tuvo fácil en la infancia. Se crió en los barrios más humildes de Montreal y luego en Chicago, ese Chicago de los violentos años 20 donde caer en manos de la mafia era, más que una probabilidad, un futuro inevitable para los jóvenes cachorros hijos de emigrados que deambulaban por la ciudad. En su retina quedaron grabadas muchas escenas que más tarde llevaría a la ficción. Obreros sin futuro vagando por las calles, niños abandonados robando en las tiendas, sucios desarrapados pidiendo limosna en las esquinas. Los tiempos de la Gran Depresión. El crack del 29. En ocasiones, el pequeño Saul se colaba en la panadería en la que su padre, el acomplejado señor Abram Bellow, trabajaba duramente en el turno de noche, y lo contemplaba allí tirado, sobre sacos de harina, roto de cansancio, exhausto, durmiendo a pierna suelta mientras las ratas comían a su alrededor. Cuando Saul llegaba a su casa, después de andar todo el día por el barrio, su madre, Liza, le animaba a tocar el violín y a leer a los clásicos, sobre todo a Shakespeare y a los rusos del siglo XIX, sin olvidar el Antiguo Testamento, claro, como buen hijo de judíos que era. Ese cóctel entre lo más bajo y sórdido de la realidad y lo más elevado y culto que puede alumbrar la raza humana forjó sin duda el carácter del escritor, que luego plasmaría en sus novelas, por donde desfilan lo peor y lo mejor de la sociedad estadounidense, desde el rufián hasta el catedrático de Universidad, desde el ratero perdedor al intelectual reputado, desde los asuntos más sórdidos y mundanos hasta las ideas más sublimes sobre política, literatura, arte y ciencia. En una novela de Bellow, y con solo cambiar de página, podemos pasar de una violenta escena de sexo, un atraco o un hombre maltratando a su mujer a las más profundas digresiones sobre historia, astrofísica o filosofía. “Fui testigo de la violencia a mi alrededor. Cuando cumplí ocho años ya sabía lo que la muerte y la enfermedad significaban”, escribió.

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La infancia y los complejos y traumas freudianos adquiridos en esa etapa de la vida debido a una educación religiosa represiva y ultraconservadora es una constante en la obra de Bellow, y vuelve a ello de forma recurrente, como buen judío que se precie, aunque él renegaba de esa “ortodoxia sofocante” de la herencia semita. En una entrevista casi al final de sus días, Bellow contará: “Como usted sabe, soy judío. Mi madre era extremadamente religiosa, mientras que mi padre evitaba hablar de estos temas. A menudo me he preguntado si esta forma de actuar escondía en realidad un problema sin resolver, y le confieso que no he llegado a una conclusión cierta. Yo diría que era una persona extremadamente escéptica, que oscilaba continuamente entre la turbación sobre una posible existencia de Dios y la elección del agnosticismo. Puedo decirle con total sinceridad que, al final, quien más influencia ha tenido sobre mí ha sido mi madre”.

Todos los recuerdos de la niñez de aquel Chicago cimarrón quedaron plasmados para siempre en Las aventuras de Augie March (1953), elegida por la revista Time como una de las novelas cumbre de la literatura en lengua inglesa y que para algunos es la mejor obra de Bellow. La historia comienza así:

“Soy un americano nacido en Chicago —Chicago, esa sombría ciudad— y me enfrento a las cosas como me he enseñado a mí mismo, en estilo libre, y haciéndolas a mi manera: primero llamas, luego te dejan pasar; a veces una llamada inocente, a veces no tan inocente. Pero el carácter de un hombre es su destino, dice Heráclito…”

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Bellow y su hijo Adam, en Chicago. Foto: Michael Mauney para Life Magazine.

Augie March supuso un punto de inflexión en la literatura de Bellow. El autor dejó de escribir en el inglés académico y encontró su propia voz, su voz como inmigrante, educada pero trufada con la jerga de Chicago. El protagonista de la novela es una suerte de nuevo pícaro del siglo XX, un jovenzuelo buscavidas que deambula por los andurriales de la gran urbe americana aplastada por gigantescos rascacielos, por la injusticia del capitalismo y por la miseria de la Gran Depresión, como siglos antes transitaba perdido el Lazarillo de Tormes por el yermo y arruinado paisaje castellano. La familia March va tirando como puede gracias a la caridad de la seguridad social y a la paga de la abuela Lausch, una mujer con aficiones culturales que sueña con convertir a los pequeños vástagos en buenos oficinistas y hombres de provecho. Sin embargo, el pícaro Augie tiene otros planes, como los pequeños hurtos, sobre todo libros que después revende a los alumnos de la Universidad de Chicago. El joven es el fiel reflejo de la vida que llevaban los inmigrantes de esos años, ya fueran judíos, negros, irlandeses, italianos o polacos, cuyo destino no era sino nacer, vivir, reproducirse y morir como simples bestias de carga mientras veían pasar por delante al rubio anglosajón opulento de mirada altiva, zapatos lubricados y trajes caros. El joven Augie no puede costearse los estudios superiores, pero él se empeña en leer a Hegel, Nietzsche, Marx, Weber, Tocqueville, Ranke, Burckhardt, además de los griegos, los romanos y los padres de la Iglesia. Los personajes de Bellow aprenden a fuerza de palos lo difícil que resulta llegar a ser clase alta y pudiente y que no hay otro medio para salir del arroyo que no sea obtener dinero fácil y rápido, dinero a toda costa sin importar cómo se logre ni qué precio hay que pagar para lograrlo, ya sea robando, fornicando o traficando. Y es precisamente de eso de lo que habla Saul Bellow, de la disolución de la individualidad del hombre en la jungla de asfalto poblada por las masas, de la lucha por sobrevivir en una sociedad alienante, del vaciamiento de los códigos éticos y morales, del aplastamiento de las personas bajo el yugo de un sistema injusto y opresor, de la búsqueda constante de esa esencia espiritual, de esa autenticidad que nos hace esencialmente humanos. Augie March es todo eso y además un perfecto documental, por momentos humorístico, sobre la vida de la comunidad judía en la Norteamérica de principios del siglo XX.

No hay constancia de demasiados datos sobre la infancia y juventud de Bellow, salvo que estudió en la Universidad de Chicago entre 1933 y 1935 y hasta 1937 en la Universidad del Noroeste (Illinois), donde se licenció en Antropología. En el transcurso de este último año fundó una revista literaria con el periodista Sydeny Harris. Siendo mozo fue llamado a filas, como otros muchos de su generación, para luchar en la II Guerra Mundial. Sin embargo, fue oficialmente rechazado por el Ejército, de modo que se alistó en la Marina Mercante, quizá para probar a las elites antisemitas que los judíos también eran ciudadanos norteamericanos dispuestos a pelear por su país. Lo mejor que se puede decir de aquella experiencia bélica es que el genio de las letras pudo regresar sano y salvo a casa, para suerte de la literatura. Su primera novela, El hombre en suspenso (1944) está fechada en estos años convulsos y narra las reflexiones que Joseph va anotando a modo de diario durante un año sabático forzoso en el que espera una incorporación a filas que nunca llega. La necesidad del hombre de expresar sus sentimientos más íntimos, el trauma de la guerra, la naturaleza de la libertad o la posibilidad de elegir son temas que ya están inscritos en su primera obra. Tres años después publica La víctima (1947).

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En esas fechas fue nombrado profesor adjunto de Lengua y Literatura Inglesa de la Universidad de Minnesota. Con posterioridad impartiría clases en las Universidades de Nueva York, Princeton y Annandale. Una beca de la fundación Guggenheim permitió a Bellow viajar a Europa, donde escribió la mayor parte de Las aventuras de Augie March (1953). Después llegaron Carpe Diem (1956) y Henderson, rey de la lluvia (1959). La guerra había quedado atrás, y más atrás aún, la miseria de los años 30 tras el crack del 29. Nueva York es ahora uno de los centros importantes de Estados Unidos. La acción de Carpe Diem transcurre en un viejo hotel residencial de Broadway ocupado por jubilados que esperan la muerte donde también vive Wilhelm, un cuarentón sin dinero y sin trabajo separado de su mujer y cuya vida está en la cuerda floja. Abandonado su sueño de juventud de ser actor, deposita su última esperanza en un psicólogo embaucador que se queda con sus últimos 700 dólares. Henderson, por su parte, es un bello relato sobre un excéntrico millonario que llega al corazón de una tribu africana en busca de un nuevo sentido a su vida. En ambas novelas Bellow sigue madurando en un estilo personal lleno de humor y de profundidad tanto en el retrato de la psicología de los personajes como de una sociedad industrial, con sus injusticias y miserias, que amenaza con exterminar los valores humanos.

Pero es en la primavera de 1964 cuando Saul Bellow da el gran salto con Herzog, monólogo interior y autoconfesión en toda regla de sus propias experiencias personales, de sus éxitos y fracasos como judío americano hijo de emigrantes. Como dijo el crítico Julian Moynahan en The New York Times Book Review, esta novela “es la historia de Moisés Herzog, gran sufridor, payaso y quejumbroso, cornudo, encantador, hombre de nuestro tiempo. Considerándose a sí mismo como superviviente, no solo de sus desastres personales sino los de su época, Herzog no puede menos que plantear lo que él llama las interrogantes penetrantes. Y las respuestas que encuentra le interesan no solo a él sino a todos los lectores de la magnífica novela de Bellow”. Contradictorio, absurdo, pesimista, ridículo, confuso, desilusionado, Herzog es un profesor universitario que está casado con una mujer joven, guapa, ardiente y muy inteligente dispuesta a asumir todo el bagaje cultural de su marido. Hasta ahí todo bien, solo que a nuestro antihéroe le aqueja un trastorno fisiológico-sexual que le atormenta y acompleja, como a otros muchos hombres de su tiempo: la eyaculación precoz. Estamos en los años sesenta, el mito del macho se derrumba y emerge otro mito tan falaz como el anterior, el de la mujer liberada que reclama su placer como derecho inalienable. De modo que ya está sembrada la semilla de la trama que hará crecer la cornamenta de Herzog. Solo faltaba el tercer personaje en discordia que pasaba por allí para consumar el adulterio ―el mejor amigo del profesor Herzog, que acaba acostándose con la joven esposa― para que el drama tragicómico de cuernos esté servido y queden al descubierto todas las vergüenzas, miserias y obsesiones del antihéroe. Bellow mandó a su editor de Nueva York unas 50 páginas de la novela que no llegaron a su destino, ya que cuando el manuscrito se encontraba en la oficina de correos de Hyde Park, en Chicago, dispuesto para ser entregado a la editorial, unos ladrones irrumpieron en el local y se llevaron las sacas con el dinero de la caja. En el interior de una de ellas iba la novela. Los atracadores escaparon en un Cadillac amarillo y arrojaron los folios a un solar al oeste del río de Chicago. Lo que quedaba del material sobre las andanzas y desventuras de Herzog apareció unos días después, y bastante maltrecho por cierto. “Los ladrones han sido capturados y el dinero ha sido recuperado, pero mi trabajo está reducido a trocitos (¿primer palo de la crítica?)”, contó el escritor a una amiga. Bellow volvió a redactar el manuscrito. Cambió el título (una de sus opciones era El fornicador) y eliminó algunos de los detalles más crudos. Lo único que no tocó fue la primera frase.

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Herzog fue un pelotazo editorial. El escritor no esperaba vender más de 8.000 ejemplares (¿quién querría leer la historia de un profesor que escribe cartas a los muertos?) pero finalmente las ventas se dispararon hasta más de 140.000 en tapa dura y un millón en edición de bolsillo, desbancando a la novela de John Le Carré El espía que surgió del frío. La novela estuvo 42 semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times, que aplaudió la historia como «una obra de arte». El chico judío hijo de inmigrantes se había convertido en un hombre rico tras vender los derechos de Herzog y de Augie March por 371.000 dólares, unos dos millones de euros de los de hoy. Para entonces ya se codeaba con presidentes y con famosos como Marilyn Monroe y Jack Nicholson, entre otros. En 1964, Bellow ya era un escritor leído y reconocido en los círculos literarios de Chicago y Nueva York. Es cierto que apenas dos años antes había sido invitado por el presidente Kennedy a una gala en la Casa Blanca en honor al escritor André Malraux y que escribía artículos masivamente leídos en las mejores revistas. Sin embargo, fue Herzog, su sexta novela, la que le dio el empuje mediático definitivo a su carrera como escritor y la que ejercerá un poderoso influjo en otros autores de su tiempo, desde Bernard Malamud a Norman Mailer, desde Allen Ginsberg a Philip Roth y Paul Auster hasta llegar al gran cineasta Woody Allen, que en cierta película hizo volar también algún que otro manuscrito, como hicieron aquellos iletrados ladrones con Herzog, en una especie de particular homenaje a un escritor que a buen seguro frecuentaba. Todo lo que escribió Woody Allen, sus fobias, sus traumas judíos, sus problemas con las mujeres, Nueva York, Dios, el amor, las relaciones personales, la muerte y la obsesión por la cultura, ya lo escribió antes, con la misma dosis de desgarrada ironía, si cabe, Saul Bellow. Alguien dijo en cierta ocasión que Bellow es Woody Allen multiplicado por cien. Y probablemente tenía toda la razón.

Hasta la publicación de Herzog, nuestro escritor de Chicago había vivido de sus mujeres, de las becas académicas y de la caridad de los amigos. El dinero le duraba poco en los bolsillos, como prueba el hecho de que se gastó el seguro de vida de su madre en un viaje a México. El Bellow de éxito empezó a tomar conciencia del lugar privilegiado que había alcanzado en el olimpo de las letras americanas y hasta se permitió el lujo de renunciar a la invitación para la toma de posesión del presidente Lyndon B. Johnson. Ya estaba por encima del bien y del mal y quizá por esa razón en 1965 acabó aceptando una lectura de Herzog en la Casa Blanca, un acto que fue boicoteado por los escritores contrarios a Vietnam. Él también rechazaba la guerra pero con ese gesto quiso distanciarse de las presiones del lobby intelectual de Nueva York, una ciudad con la que mantendrá una relación de amor-odio.

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Con Janis, una de las cinco mujeres que tuvo Bellow.

Las mujeres es otra de las constantes del genial escritor estadounidense. Estuvo casado en cinco ocasiones (tuvo tres hijos y a los 84 años, una hija) y no dejó de escribir anécdotas más o menos veladas sobre sus experiencias con sus parejas y con sus amantes, ya que Bellow fue un infiel por vocación y por devoción. Así, no dudó en usar los devaneos sexuales de su segunda mujer, Sondra, con su mejor amigo, el académico Jack Ludwig, para escribir los mejores párrafos de Herzog. Y lo hizo sin renunciar a dar los detalles más escabrosos e íntimos de su pareja. El resultado fue una novela furiosamente divertida pero también descarnada, dura y amarga. Bellow es Moses Herzog y no lo oculta en ningún momento. No tuvo más remedio que reconocer que empezó a escribir la historia movido por los celos y la ira con el único objetivo de hacer el mayor daño posible a su ex y a su traicionero mejor amigo. No obstante, línea a línea, página tras página, la novela va adquiriendo una profundidad humana no exenta de ternura y compasión, no solo compasión hacia él mismo por la experiencia traumática que supone para un hombre el fracaso y la ruptura matrimonial, sino también una especie de conmiseración hacia todos los Moses Herzog del mundo moderno, que son legión. Herzog levantó todo tipo de cotilleos entre la alta sociedad neoyorkina. Durante una fiesta, un invitado se acercó a Jack Ludwig y le comentó: “Me han dicho que conoces a Saul Bellow”. “¿Conocerlo? Me estoy follando a su mujer”, replicó Ludwig. Sin importarle lo que los demás dijeran de él, Bellow aireó su vida privada y la de sus amigos y familiares más cercanos sin pudor, y la convirtió en abono fértil para sus novelas. Tal fue el grado de sinceridad y desnudez que Bellow alcanzó en su literatura. Cuando un escritor está dispuesto a abrirse el pecho de esa manera y a sacarse el corazón con sus propias manos el resultado no puede ser otro que una obra maestra que empieza así: “Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, pensó Moses Herzog”.

Para bien o para mal, la gran urbe es el escenario de la mayoría de sus novelas. Primero Chicago, más tarde Nueva York. De Manhattan escribe: “Aquella larga tarde de primavera en Nueva York, con el fondo de la energía temblorosa de la ciudad, la sensación y el sabor del agua del río, una franja de embellecedora y dramática porquería con que New Jersey contribuía al ocaso”. A Philip Roth, su gran amigo, llegó a confesarle en una entrevista para el New Yorker: “Tenemos emociones más plenas o, si prefieres, más ricas en el Medio Oeste. Me felicito a mí mismo por haber sido capaz de lidiar con Nueva York, pero nunca gané mis batallas allí, nunca respondí con plena calidez humana a nada que pasara allí… Nunca estuve cómodo en Nueva York”.

La prosa de Bellow es pura fuerza en acción constante, eruditismo a raudales pero también belleza, profundidad y naturalidad a la hora de tratar los sentimientos cotidianos. Sus novelas son un torbellino de digresiones e ideas, redactadas por momentos prescindiendo de la estructura narrativa más elemental o elevando el caos a la categoría de estructura (¿que mejor forma de representar la realidad y la vibración neurótica de las sociedades modernas que recurriendo al caos?), con constantes rupturas del espacio y del tiempo, dominando a la perfección la ironía, la parodia, la melancolía cómica, el chiste y la anécdota, casi siempre escritas en primera persona (siempre la primera persona para dar mayor realismo a la trama) en ese inglés tan personal pasado por el filtro del yiddish (la lengua de los emigrantes judíos europeos y rusos), tomando prestada la voz del americano de pleno derecho pero también la del hebreo atormentado por un pasado milenario de atavismo, religión y esclavitudes. Es el primer novelista americano de la posmodernidad pop, el escritor pionero que habla de la sociedad de consumo tecnológico-industrial que aplasta y destruye al hombre angustiado y diluido por la banalidad de la decadencia occidental que varias décadas después, en su último estertor, ha degenerado en la zafiedad de las redes sociales con sus ridículos tuits y sus absurdos me gustas. Sus personajes son altruistas románticos que luchan por no perder su dignidad pese a la brutalidad de todo lo que les rodea. Bellow puede pasar de dar voz a un personaje con la jerga barriobajera de la calle, del ladrón o del mafioso, a construir un brillante monólogo interior sobre tal o cual filósofo, sobre historia, política o arte. Sin duda, un recurso que ha dejado profunda huella y que ha influido en otros grandes de la literatura o el cine, como Quentin Tarantino, sin ir más lejos. Los personajes tarantinianos son macarras de medio pelo, asesinos a sueldo, atracadores violentos, puro lumpen, pero ojo, un lumpen con inquietudes intelectuales, con estudios, capaz de disertar sobre profundas cuestiones metafísicas mientras se cargan a un pardillo o eliminan a un fiambre. ¡Usted no descubrió nada, señor Quentin, todo eso ya lo inventó el gran Bellow!

El Premio Pulitzer le llegó aquel prodigioso año de 1976 por El legado de Humboldt (1975), para muchos su obra cumbre, y tres meses más tarde fue laureado con el Premio Nobel de Literatura “por la comprensión y análisis sutil que realiza de la sociedad contemporánea en sus trabajos y por cuidarse tan bien del anti-héroe (…) por su ingeniosa ironía y su compasión ardiente” y por dibujar a unos héroes que tratan de “encontrar la firmeza en medio de su vagabundeo por nuestro mundo tambaleante, sin renunciar a creer que el valor de la vida reside en su dignidad, no en el éxito”. Durante su discurso, Bellow criticó a los escritores modernos por “presentar una imagen limitada y aturdida del ser humano y por no esforzarse en mostrar nuestra verdadera naturaleza y el sentido de nuestra vida”. El legado de Humboldt, una obra que tardó ocho años en escribir, está considerada una de las mejores novelas de la narrativa anglosajona de todo el siglo XX. Bellow la escribió mientras se dejaba influir por la lecturas de Rudolf Steiner entre 1972 y 1974. Charlie Citrine, su protagonista, es un escritor en declive, su carrera profesional no avanza, se está divorciando de su mujer pero sigue liado con una joven con la que no pega ni con cola. En sus buenos tiempos ganó dos veces el Pulitzer y sus obras se representaban en Broadway. Sin embargo le llega la crisis de golpe y porrazo. ¿Cómo superarla? Y es ahí donde entra su viejo amigo, el poeta Humboldt von Fleischer, eterna promesa de las letras americanas. La última voluntad de Humboldt es dejarle un ‘legado’ que puede ayudarle a reconducir su vida y volver a ser el que fue. Citrine es de nuevo un alter ego del propio Bellow, y Von Humboldt Fleisher es Delmore Schwartz (1913-1966) amigo en la vida real de Saul Bellow. Por la novela pasa todo lo divino y lo humano que puede contar un escritor: la violencia del gánster Cantabile; Julius, el hermano de Citrine, un triunfador hombre de negocios; las malas artes de su ex esposa Denise; sus carísimos abogados, que pierden pleito tras pleito; un juez parcial; Renata, su joven y bella amante que solo piensa en echarle el lazo; la suegra; Chicago; todo el paisaje devastado del gran sueño americano. Citrine, el acabado y viejo Citrine al que ya solo le interesa la literatura y encontrarle algo de sentido a la vida, va soltando sus perlas filosóficas a lo largo de toda la novela: “Siendo frío y realista, sólo me quedaba una década para compensar una vida entera en gran parte malgastada. No tenía tiempo que perder ni siquiera en remordimientos ni penitencias”. O bien: “Yo no pensaba en el dinero. Oh, Dios, ni de lejos; lo que yo quería era hacer el bien. Me moría por hacer algo bueno”. O esa digresión del hermano Julius: “He pedido que me incineren. Necesito acción. Prefiero entrar en la atmósfera. Búscame en los partes meteorológicos”. En El legado todo es parodia de una sociedad desquiciada, pero al mismo tiempo todo es realidad, la más cruda de las realidades de un mundo deshumanizado donde solo importa ya el dinero que todo lo pudre.

Al final de sus días el autor publica El diciembre del Decano (1982), otra historia sobre el crepúsculo de la civilización occidental y Son más los que mueren de desamor (1987) novela sobre la imposibilidad de la relación amorosa. En 1994 se atreve con una colección de ensayos titulada Suma y sigue. Su libro de relatos apareció en 2001 con un prefacio de Janis Bellow, su enésima esposa, y un prólogo de James Wood. En 1997 publica una novela corta, La verdadera, y en 2000 su última obra, Ravelstein. Todo cuenta, la recopilación de piezas periodísticas publicada en 1994, es una obra imprescindible para todo aquel que quiera saber qué hay en las entrañas de la compleja sociedad estadounidense.

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Según Cinthia Ozick, “si el alma es la mente en su estado más puro, mejor, más claro, más atareado y más profundo, Bellow le devolvió el alma a la literatura norteamericana”. Nada más cierto. Hasta que llegó él los más grandes escritores americanos habían tratado de ocultar y reprimir los sentimientos masculinos, como Hemingway, siempre reprimiendo la sensibilidad humana para parecer más macho y más fuerte; él no, él fue un topógrafo de las emociones humanas más profundas con su canto a la vida y su miedo a la muerte siempre a cuestas, siempre como telón de fondo de sus novelas. “¿Sientes? Estrangula tus emociones. Hasta cierto punto, todos siguen este código. Yo aspiro a hablar sobre las mías”, escribió Bellow en su primera novela, El hombre en suspenso. Otros autores, como Norman Mailer, titán de las letras americanas, no dudaron en darle estopa, al despreciar Las aventuras de Augie March, novela que calificó de “documental de interés turístico para tímidos intelectuales”.

La recuperación del alma para un ser humano embrutecido por el sistema fue una constante en su obra. Y Dios, por supuesto Dios. En cierta ocasión, el escritor dijo: “Rezo a Dios, pero no le incordio”. La búsqueda del ser superior y la religión están siempre presentes en la obra de Bellow. El más allá, la trascendencia de la muerte, le obsesionan. “Me fascina el hecho de que últimamente se habla mucho de Dios, de la religión, de la espiritualidad, del alma. En el siglo pasado parecía que eran ideas destinadas a desaparecer. ¿Se acuerda de los que decían ‘¡Dios ha muerto!’? Pues bien, lo único que ha muerto son esas ideas”, dejó escrito.

En 1995 se intoxicó con un pescado venenoso cuando se encontraba con su mujer de vacaciones en la isla de Saint Martin, en el Caribe. Más tarde, tras su regreso a Boston le diagnosticaron que el envenenamiento le había atacado a su sistema nervioso, lo cual estuvo a punto de costarle la vida. No obstante, Bellow siguió escribiendo hasta los 80 años, siempre con una lucidez y un dominio de la prosa asombrosos. Cocinero, jardinero y violinista, apuró la copa de vino de una fructífera vida hasta el final. Su última esposa y su hija estuvieron a su lado cuando enfermó por última vez, tras una larga enfermedad, en su casa de Brookline, Massachusetts. Luego, sin perder esa sonrisa socarrona de joven pícaro del Chicago marginal que le acompañó toda la vida, falleció serenamente a los 89 años: el 5 de abril de 2005.

Obra:

Novelas y novelas breves

El hombre en suspenso (1944)
La víctima (1947)
La aventuras de Augie March (1953)
Carpe Diem (1956)
Henderson, rey de la lluvia (1959)
Herzog (1964)
El planeta de Mister Sammler (1970)
El legado de Humboldt (1975), ganó en 1976 el Premio Pulitzer
El diciembre del decano (1982)
Son más los que mueren de desamor (1987)
A Theft (1989)
The Bellarosa Connection (1989)
La verdadera (1997)
Ravelstein (2000)

Colecciones de relatos cortos

Mosby’s Memoirs (1968)
Him with His Foot in His Mouth (1984)
Something to Remember Me By: Three Tales (1991)
Collected Stories (2001)

No ficción

To Jerusalem and Back (1976) – Memoir
It All Adds Up (1994) – Essay collection
Saul Bellow: Letters, edited by Benjamin Taylor (2010) – Correspondence

2 Kommentare

  1. Ofelia Suárez dicen

    Me ha encantado descubrir a este escritor que no conocía

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