Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 21, Opinión
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¡Ay, caridad!

Por Luis Sánchez / Ilustración: L.S.

Tras la merecida jubilación, mi tío Raimundo, que en golosa paz descanse, salía de casa todas las tardes ―a eso de las cinco― y, en el casino de la plaza, pedía un bombón (cortado con leche condensada), una magdalena y un reig. El purito no lo mojaba, para luego engullirlo, sencillamente, se lo fumaba. Él seguía horario europeo y costumbres muy propias. Hasta aquí, nada que objetar; sin embargo, he de confesar que al bombón le añadía propina infantil: una cucharadita de azúcar (en esa época, años 70 del pasado siglo, todavía sacaban el azucarero a la mesa). ¡Dios, aquello debía de estar de un empalagoso…! Bueno, hay quien le echa gaseosa al vino (no de consagrar) y se queda tan pancho (una manera de bautizar). Ya se sabe: para gustos, colores. Y los experimentos, con gaseosa.

El asunto, por trivial que parezca, va más allá: posee implicaciones morales. El café sabe amargo; por lo tanto, ponerle un poco de azúcar (5 grs al café de bar) sienta bien, pues se le rebaja ese sabor amargo. Pero pasarse con el azúcar, hasta lograr que su sabor sea dulce, es alterar su esencia (robarle el alma). Una cosa es el gusto personal y otra, la educación del paladar.

Llama la atención cómo, paulatinamente, las empresas de suministros hosteleros han ido reduciendo el peso neto de los sobrecitos de azúcar (de 12 grs, se pasó a 10 y, en la actualidad, suelen ser de 8 grs). Tranquilícese, señora, no lo hacen por su bien, sino por el de ellos (¡arañan beneficios!). La otra alternativa, la sacarina (o el aspartamo), es mucho peor y, además, de muy mal gusto (lo confirman las papilas gustativas más exigentes; a la larga, la salud de los consumidores, y, también, la estética como disciplina de autor: yo me lo guiso, yo me lo como).
Ahora, si queremos dar caña (de azúcar) y rendir tributo a lo dulce, sin duda, hemos de remitirnos a la Natividad, a la dulce Navidad, porque no hay otra fiesta que la supere. Y dulce aquí en su doble sentido: real (sabor) y figurado (tierno). ¿O acaso alguien se imagina al Niño de un sabor diferente al dulce? ¿Qué otro sabor podría otorgársele al crío, desde las imperiales alturas celestes? Yo mismo, cuando, a punto de tomar la primera comunión (1965), me detenía embobado ante el imponente escaparate de Cirios y Velas Ciriaco, siempre encontraba al Niñito limpio, reluciente, adeliñado… y con la sonrisa angelical en los labios, y creía de todo corazón (un corazón en llamas) que cada mañana era bañado en almíbar templado, puesto que así habían alimentado mi fantasía los compañeros de la catequesis. Claro, en aquel entonces, incluso las meriendas desprendían un espirituoso efluvio dulzón: muchos niños comían un pedazo de pan empapado en vino y con unos pellizcos de azúcar. Y, mira tú por dónde, me viene a la memoria aquella ejemplarizante película de visión obligatoria Marcelino, pan y vino (1955), con Pablito Calvo y su plomizo candor; y me llegan también los borborigmos del hambre, la falta de vitaminas, los calambres del miedo, los manoseos de los curas, los silencios impuestos, el pastor y sus ovejitas, la moral del rebaño…, ¡qué tiempos, que van y vuelven!

Y si ya hemos visto que el dulce es el eje central de la Navidad, si es inherente a tan excelsa celebración, ¿por qué se empeñan, desde los poderosos rascacielos, en hacerla más dulce, hasta convertirla en una fiesta confitada de confeti?

Dulce Navidad. Feliz Navidad. Hogar, dulce hogar. ¡Señor, sí, Señor! Y My sweet Lord, y Sweet home Alabama, ¡y me cago en el mazapán! Un mundo feliz, señor Huxley, que para eso son unas fiestas entrañables y se pasan en familia. ¡Brindemos, hermanos míos, por el feliz maridaje entre el exceso de glucosa y el sentimentalismo colorista!

Si usted, criatura de Dios, bienaventurado lector y pacífico hombre de buena voluntad, anda perdido en este codicioso mundo y no sabe por dónde tirar, piense que cualquier acción o detalle, por insignificante que parezca, puede aliviar las penurias del prójimo; recuerde si no, el lema franquista que aparece en la película Plácido (1961), de Luis García Berlanga: “Siente a un pobre a su mesa”. Y, en su defecto, ¡qué carajo!, ponga a un niño en la cazuela, ¡verá qué rico sale!

Luis Sánchez

Luis Sánchez

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  1. Lo que da de sí un sobrecito de azucar.. Mis felicitaciones al autor!

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