Francisco Ortiz, Viajes
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Arcila es mujer

Por Francisco Ortiz. Jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Se acaba 2014 y aún no te has dado una escapada? Este año de crisis y de futuro incierto no debe quitarnos las ganas de viajar, de salir fuera. Te proponemos desconectar del mundo y dar un salto a la otra orilla, a Marruecos. Apaga tu móvil, coge tu mochila y vente a Arcila. No va a pasar nada por tener el móvil tres días apagado…

El viaje a Asila (en árabe) o Arcila (en español) empieza al salir de casa. Un autobús de línea nos lleva de Sevilla a Tarifa. En el puerto podemos embarcar en el ferry de la una de la tarde, y en sólo 35 minutos arribamos a Tánger, la ciudad blanca. Los trámites de aduana se hacen dentro del ferry, es más cómodo. Una vez en Tánger el viajero deberá tomar un tren, dirección Rabat, en la moderna estación, algo alejada del centro. Al cabo de una hora se llega a la pequeña Asila.

Situada en una llanura, junto a una colina, al borde del Atlántico, Arcila es una síntesis de Marruecos. Para aquel que quiera iniciarse en una primera visita al Maghreb es ideal, pues Asila es moderna pero también tradicional. Su forma de vida apegada a la familia, a la artesanía, hace que nos sintamos de inmediato como en casa. Además, el idioma no es un problema, pues Arcila formó parte del Protectorado Español hasta 1956. Mucha gente gusta de pegar la hebra con el paseante, en un andaluz pausado, sin prisas.

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¿Qué ofrece Arcila al desocupado viajero?
Aunque es un pueblo pequeño, su historia ha sido muy agitada, ligada a la de Tánger. Fundada por los conquistadores árabes a comienzos del siglo IX, Arcila fue más tarde portuguesa, árabe otra vez, luego española y finalmente marroquí. Estos avatares han dejado su impronta en la autenticidad de su arquitectura.

Se puede vagabundear sin riesgo de perderse por las callejuelas y adarves de la medina, una de las más blancas y cuidadas de todo Marruecos. Encerrada como en un joyero por sus ocres murallas portuguesas, del tiempo del rey Alfonso V, la medina de Asila tiene casas decoradas con pinturas murales, puertas en azul añil o verde esmeralda, baños y hornos, así como talleres de artesanos, sobre todo de tejedores. Merece la pena alojarse en ella (hay una buena oferta de alojamientos con encanto) o bien tomarse un zumo natural de naranja en el Café de la Cultura, junto a la muralla, con su terraza con cañones y vistas al mar.

En la calle Sidi Ben Mazuk podemos visitar el palacio Raissuli, de estilo hispano-morisco. Es una gran mansión, situada frente al mar, con una logia, convertida hoy en palacio de cultura. Al final de la calle, muy cerca de la torre portuguesa, se encuentra un pequeño cementerio marino, por fuera de la muralla, junto al morabito de Sidi Ahmed Ibn Musa. Las cerámicas que recubren las tumbas alegran el solitario lugar. Uno puede entender, viendo la sencillez de este recoleto camposanto islámico, el deseo de ser enterrado aquí, junto al mar, como hizo el escritor Jean Genet en el cementerio de la Marina, en Larache.

Si salimos de la medina por la Puerta del Mar, llamada Bab el Bahr, y bajamos a la playa, veremos uno de los atardeceres que más atrae a los visitantes de Asila. Cubiertos por un sol rojizo y bajo, musulmanes y cristianos asisten a una puesta de sol espectacular. Es esta una de las imágenes que van a permanecer en nuestra memoria viajera.

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En la actualidad Arcila es conocida por su festival internacional anual, que reúne a escritores y artistas de todo el mundo. También es famosa por los restaurantes especializados en pescado y marisco frescos, a muy buen precio, regentados por españoles, como Casa García. Está en pleno paseo marítimo, a dos pasos del hotel Zelis. Y es que Asila, que vivía de la pesca, vive ahora del turismo. En verano muchos acuden a disfrutar de sus playas salvajes, ocupando apartamentos y haciendo excursiones a Larache, Xauen y Tánger. Esto ha disparado el sector inmobiliario, aumentando así la oferta, orientada al mercado europeo. De hecho, muchas casas de la medina son alquiladas o vendidas a franceses, italianos y españoles, enamorados de esta ciudad-mujer.

El último día de estancia en Arcila lo podemos dedicar a conocer el mercado. Situado en la avenida de Hassan II, a la sombra de los eucaliptos, aquí se comercia con frutas, verduras, artesanía, especias y henna. Es un lugar de reunión obligado para verse las familias, y aquí podemos ver gentes del interior, rifeños, que traen sus mercaderías todavía en acémilas. Después de comprar unas naranjas y un puñado de dátiles, nos dirigimos a tomar un baño de vapor. El hammam Manar está por la misma avenida del mercado, a la izquierda. Abierto todo el día, sólo cuesta 10 dirhams el baño, 25 dirhams el masaje. Tienen sala de vapor y sala más fría, donde se hacen los masajes. Los baños o alhamas mejor abastecidos de Marruecos ofrecen todo tipo de servicios de limpieza, frotamiento, masaje, afeitado, depilación de axilas y partes naturales. Todo un lujo oriental que no debemos perdernos. Al salir del hammam nos pasamos por el café de Meknes, a beber un te a la menta y bromear con los parroquianos. A la hora del paseo hay todo un trasiego de gente en la calle, junto a las murallas.

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Tumba de Genet, en Larache.

Sin duda alguna Arcila es una ciudad con encanto. Orientada al turismo cultural, está en la ruta del Legado Andalusí, y está además hermanada con la ciudad de Sintra, en Portugal. Su ambiente intelectual y bohemio no quita para que disfrutemos también de la vida amigable de su gente. La sonrisa ancha de sus muchachas, los gritos y las risas de los niños, los paseos indolentes por la playa, forman parte de nuestra experiencia en Asila.

Cuesta despedirse de ella pues, con sus doradas y mórbidas arenas, sus casas encaladas y sus estrelladas noches, Arcila es mujer.

Francisco Ortiz

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