Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 18, Opinión
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Yo represalio, tú no represalias, él tampoco…

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Represaliar es uno de los verbos favoritos de quienes imparten el poder, en modo lección magistral, entronizados en ese vértice de la pirámide desde el que dominan a los suyos mediante el urbi et orbe de su ideología incuestionable, incontestable, tóxica como todas las de aquellos patriarcas que buscan antes someter que mancomunar, dictar que escuchar.

Represaliar es un verbo estrictamente humano, vengativo, veterotestamentario, uno de esos infinitivos que a uno le hacen aborrecer, en demasiadas ocasiones últimamente, su condición de humano y español, quizá en estos tiempos no precisamente en ese orden.

Represaliar es antónimo de consensuar y de otros muchos verbos que no constituyen noticia cuando se conjugan amables, pero éste, en sí mismo, hace crecer hasta la hombría en las mujeres que lo practican, porque, en origen, el verbo es masculino, y casi me atrevería a escribir que singular porque unipersonales fueron los primeros imperios, las primeras culturas, los primeros dioses, esos que entendían por Justicia suprema quitar del medio al diferente con la misma escasez de miramientos que de refinamientos.

Represaliadores natos fueron (alguno lo sigue siendo) Yahveh y Alá, Sargón I de Akkad, Hammurabi, Ramsés I y Ramsés II, César, Alejandro Magno, Pericles y Asurbanipal. Incluso debió serlo la reina Hatshepsut, a pesar de su condición de mujer. Dioses, reyes, emperadores cuyo primer objetivo era su propia conservación y en los puestos bajos de la clasificación de sus objetivos, el bienestar de sus súbditos. No ha cambiado mucho el orden de prioridades en algunos gobiernos que se describen como demócratas.

Represaliar es uno de los verbos que con más ahínco se ha dedicado a perpetrar este Gobierno compuesto por fulanos y fulanas que hablan como prohombres decimonónicos venidos a menos porque éstos, cuanto menos, no tenían por costumbre leer sus discursos, cualquier mínima intervención; tipos y tipas que rezan como curas de postguerra: rancio y reiterativo; y que deben follar con la mirada puesta en alguna Virgen condecorada. Porque en lugar de gobernar, este coro desafinado de amiguetes que atiende por Gobierno y por español se ha dedicado a represaliar a todo aquel que no hinca la rodilla cuando pasa frente a su sagrario.

Represaliar, inmisericordemente, como una esas lluvias monzónicas que no suelen caer por aquí, ha sido lo que este Gobierno formado por sectarios y sectarias pasados de moda y de venganza, ha oficiado no sólo en Catalunya (lo escribo en modo independencia) sino con cualquier atisbo de levantamiento de la libertad personal o grupal.

Represaliar con la reforma laboral, con la subida de impuestos, con la ley de seguridad ciudadana, con la epidemia de la privatización, con el apoderamiento de los medios de comunicación, con el estímulo a los bancos y a los empresarios de primer nivel, con tantos otros aspectos de la vida pública que han supuesto una merma de las libertades que han acabado incapacitando al personal, en especial al más frágil, hasta la náusea.

Represaliar es el único verbo que este Gobierno que más que consejos celebra, o concelebra, concilios de ministros, ha aplicado contra, siempre contra, la singularidad catalana, porque no admite discusión de que lo es, de que Cataluña es uno de los dos bioespacios peninsulares, al margen de Portugal, que gozan de una conciencia geográfica que trasciende cualquier Constitución.

Lejos de afrontar esa, decía, singularidad, el Gobierno ha desenvainado el espadón de la intransigencia y se aferrado a la ley del mismo modo que cualquier dictador se aferraba a las suyas para firmar una pena de muerte porque lo amparaba, precisamente, la ley.

Particularmente me importa un atolón que Catalunya se erija o no en independiente con la condición de que lo escojan, o no, ellos mismos, con los riesgos que entraña abandonar la casa de los padres en tiempos revueltos. Lo que sí me importa una galaxia es que me permitan ser libre para escoger vivir o morir a mi modo, con los míos, desde la paz, sin tipos feos de dentadura acechándome con el mantra de que debo hacer las cosas como su dios manda, de que es por mi bien, de que es por mi bien, de que es por mi bien…

Gracias al mantenimiento de esta estrategia de represalia mantenida el 9N ha acabado por ser, a priori, una chapuza plebiscitaria, pero incluso con todo el velamen represaliador desplegado, se teme la respuesta del pueblo catalán. En cualquier caso, ocurra lo que ocurra, será sólo un anticipo, porque Catalunya ya es como esa balsa de piedra de Saramago que deriva por el Mediterráneo al encuentro de Córcega.

Juanma Velasco

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Artsenal

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