Artsenal, Fran Sevilla, Humor Gráfico, Número 18, Opinión
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¡Visca el Barça, Visca Catalunya!

Por Fran Sevilla / Ilustración: Artsenal

El papel que ha desempeñado España con Catalunya ha sido el mismo de un novio maltratador y acosador. Hagan ustedes una prueba, vayan a un bar a ver un partido del Barça y cuando Piqué marque un gol, griten ¡visca el Barça, visca Catalunya! La reacción del público será dirigirles miradas poco amistosas, quizá con alguna voz dirigiéndose a ustedes para tildarles de catalán de mierda. Y matizo eso de catalán de mierda, porque a uno podrían llamarle perfectamente hijo de puta, podrían cagarse en sus muertos de forma sana, si acaso la persona que haya podido sentirse ofendida con la celebración de nuestro gol fuese forofo del equipo rival. Yo también me cago en los muertos de los seguidores del club al que se enfrenta el Barça cuando celebran un gol en contra de mi equipo. Forma parte de ese sano espíritu deportivo que imbuye el mundo del fútbol, como pueden serlo los jugadores cerrando puticlubs o en un pasado lejano de esplendor, Cruyff fumando cigarrillos Camel sin filtro antes de saltar al terreno de juego, y no esas mierdas que hacen ahora los futbolistas de fotografiarse con niños. Pero no, a uno lo llamarán catalán. Como si no existiese peor insulto o nada más despectivo que ser catalán. O como si el ser catalán, para el conjunto de la nación española, llevase implícito también el ser un hijo de puta, con lo que puede ser obviado en la construcción de la oración.

Porque ésa es en realidad la actitud de los patriotas de hojalata que gobiernan este país y de la masa enfurecida que les vota elección tras elección. Nos hablarán de unidad nacional, pero en realidad lo único que quieren hacer prevalecer es una actitud de sometimiento. Catalunya es esa novia que dicen amar, a la que quieren cerca. Pero a la que luego se dedicarán a humillar psicológicamente hasta hundirle la moral. Recordándole que ha engordado y que al final se va a poner hecha una foca como su madre. En la última victoria del Real Madrid frente al Barça, un programa deportivo llevó sus cámaras frente a las puertas de ese estadio levantado a mayor gloria del fascista Bernabeu. Y el grito eufórico de los seguidores eran cosas del tipo, venid a la meseta catalanes de mierda porque somos mejores. Porque España es mejor y vosotras deberíais estar fregando platos en la cocina, esperando que una noche que no hayamos vuelto demasiado borrachos a casa nos dé un calentón, dándoos sexo a la manera ibérica, es decir, 5 minutos de arritmia corporal y sudorosa que desencadenen en ronquidos hasta que suene el despertador.

Ya que además, esos patriotas nos dirán que Hacienda tradicionalmente ha beneficiado a Catalunya. ¡Si encima os llenamos la nevera, putas! Y como os llenamos la nevera y dependéis de nosotros, eso nos otorga derecho a despreciar vuestra lengua y cultura. Así que vosotras calladitas, y si queréis hablar en catalán, os vais a hacerlo con José María Aznar en la intimidad. Pero sobre todo, que no se te ocurra hacer la maleta y marcharte de casa, que encima del armario guardo una escopeta, zorra. Porque yo soy tu hombre, tu macho, y estos pelos que crecen en mi pecho denotan mi españolidad. Mira tú, que hasta estoy planteándome teñirlos con los colores de la bandera de mi patria, una grande y unida.

En cambio, las personas que he encontrado que más amaban a Catalunya, la vieron siempre como una mujer bella, inteligente e independiente. Ya mayorcita para decidir con quién se metía en la cama. Yo me considero dentro de ese grupo. Amo Catalunya, y por tanto me dolería tenerla lejos o separarme de ella. Pero como esos gatos abandonados que encontramos en la calle y que en realidad son ellos los que nos eligen a nosotros, respetaría siempre su decisión. Sabiendo que me quedaría el placer de visitar la ciudad de Barcelona en un día del libro, de pasear por una Rambla soleada llena de artistas, de deleitarme con la arquitectura de Gaudí en el parque Güell, de soñar con parábolas imposibles de balón en el Camp Nou mientras animo al Jefesito. Pero sobre todo, de pensar que con la situación cada vez más turbia que vive la política española, siempre me quedaría un país al que poder exiliarme, donde entenderían mi idioma y en el que podría aprender una lengua románica nueva, que posee además una belleza conmovedora para la poesía. Me tranquiliza saber que podría hacer las maletas sin tener que atravesar el Atlántico, en busca de encontrarme con el espectro de Borges en las calles de Buenos Aires.

El problema es que la situación real es mucho más compleja de lo que he descrito hasta ahora. Algunos podrán decir que me puedo permitir frivolizar con la política catalana porque yo no he nacido ni vivo en Catalunya. Y les doy toda la razón. Si yo viviese ahora mismo en Catalunya, temblaría con el concepto de nación que podría surgir a partir de un proceso independentista liderado por un partido como Convergència, en que la corrupción está tan enraizada como pueda estarlo en Génova 13. En un país donde ni uno solo de sus medios de comunicación importantes escaparían al control del lobby de AEDE.

Me recuerda un poco a un amigo que hace un par de años, asqueado de las corruptelas en la universidad española, se fue a México a buscar mejor suerte. Durante el primer año, cada vez que hablaba con él me contaba una situación idílica del país y de sus instituciones. Parecía como si existiese un lugar en el mundo donde la gente valoraba realmente a los demás por su talento. Yo me alegraba por él, de saber que uno de los investigadores más brillantes de su generación contaba al final con recursos para realizar su trabajo. Pero al cumplirse su primer año en el país, la situación pasó a no ser tan idílica. Encontrándose que la corrupción que existía en las instituciones mexicanas no sólo igualaba, sino que incluso superaba a la que le había hecho huir despavorido de España.

De un modo similar, sé que si a mí me hubiese tocado vivir en Catalunya, ese grado de idealización que siento por el país se habría esfumado por culpa de sus políticos, que no de sus ciudadanos. Ya no sería aquella Catalunya donde en las calles se cantaban canciones revolucionaras en plena posguerra, tal y como me contaba mi abuelo de su paso por allí, cuando estuvo alistado en uno de los últimos batallones que opondrían resistencia al franquismo. Catalunya tampoco sería ya el primo murciano que se fue a buscar mejor suerte, que había prosperado económicamente, y que cada vez que venía a visitarte te regalaba alguna joya de su biblioteca. Llegando a pensar durante mi infancia que los libros que mejor olían en el mundo eran los impresos en la Barcelona de los 70. Puede incluso que hubiese dejado de ver no sólo al Barça, también al Athletic Club de Bilbao o a la Real Sociedad, como los equipos que simbolizaban la oposición al franquismo. Aquellos de los que uno se hacía simpatizante como una forma de oponerse al patriotismo español más rancio. Patriotismo de cartillas en los colegios enseñando a las mujeres que su finalidad era cuidar del marido y coser, patriotismo con águilas en las banderas, patriotismo bendecido por arzobispos y cardenales que sumieron al pueblo en la ignorancia.

Pero más allá de la subjetividad de mi amor hacia Catalunya y del posicionamiento ácrata que hay en decir que yo me considero murciano e independentista catalán, como una forma en realidad de repudiar cualquier bandera, si optase por recurrir a la objetividad, la realidad sería bien distinta. Y en esa realidad que encontramos hoy, vemos que sería imposible un referéndum serio o un verdadero proceso de independencia que no fuese una cortina de humo para enmascarar otras cosas. Porque a lo que estamos asistiendo es a una confrontación ilusoria entre el PP y Convergència, usada por ambas fuerzas políticas para ganar votos. Usando el recurso demagógico del patriotismo para disimular uno y otro sus escándalos de corrupción de cara a la opinión pública. Siendo lo peor, con todo, que en caso de darse ese referéndum de una forma legal y ajustándose a una reforma constitucional, ni moriría ni nos mataría. Quedando en un empate técnico, sin la mayoría suficiente por parte de uno u otro bando, como para que termine de una vez por todas una polémica que ya cansa a todos, a excepción de a los propios políticos. Cansa a los españoles, cansa a los murcianos independentistas catalanes como yo, y cansa sobre todo a los propios catalanes. Que hay que recordar que se abstuvieron en masa de ir a votar la reforma del Estatut con la que estuvieron varios años machacándonos en los medios de comunicación. Una forma de tapar la burbuja inmobiliaria que estaba a punto de estallar. ¡Adelante!, nos decían. Es el mejor momento para invertir en vivienda.

También pido que en caso de salir un sí en ese hipotético referéndum, por favor algún juez de la Unión Europea ponga una orden de alejamiento para evitar que el marido maltratador y despechado, en este caso España, saque los tanques a la calle. Que como digan a salir a la luz todas las corruptelas y desfalcos que se han cometido con dinero público en el seno de nuestros ejércitos, ellos sí que van a necesitar cortinas de humo que tapen eso.

Fran Sevilla

Artsenal

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