Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 18, Opinión
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¿Saben aquél que diu…?

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

¿Saben aquél que diu que se encuentran en un barco un catalán y un andaluz y el catalán le diu: “¡Cuánto me gusta Andalucía! ¡Qué graciosos los andaluces!, ¡qué salero tienen! ¿Podría contarme un chiste?”. “Ahora mismo… no recuerdo ninguno”, se disculpó el andaluz. Al poco tiempo, el catalán volvió a insistir: “¡Qué graciosos los andaluces! ¡Qué salero tienen! ¡Cuénteme un chistecito!” Al final, ante la insistencia del catalán, el andaluz cedió. “¡Vale! ¿Sabe cómo se llaman las habitaciones de los barcos?” “¿Las habitaciones de los barcos…? Camarotes”, respondió el catalán. “Pues, ¡tócame el cipo…!”, le espetó el andaluz. “¡Qué buen chiste! ¡Qué graciosa rima!”, exclamó entre carcajadas el de Girona. Cuando el catalán llegó a puerto se encontró con los amigos que habían ido a recibirle. “Qué bonita Andalucía –les comentó–. Y los andaluces, graciosísimos. A ver, ¿cómo se llaman las habitaciones de los barcos?, preguntó feliz a sus amigos. “Camarotes”, contestaron todos. El catalán, pícaro y orgulloso, remedando al andaluz, exclamó: “¡Pues, tocadme el pene!”. De esta historieta, algunos inferirán que los andaluces tienen guasa y sueltan tacos o que los catalanes son ingenuos o más correctos a la hora de referirse a los genitales masculinos. Otros opinarán que el catalán encajó el chiste como lo que era: un chiste. En fin, cada uno le dará una lectura diferente. Así, en boca de un andaluz en paro, del PER, el chascarrillo no sonará igual que en la del difunto Eugenio, y si lo cuenta en Cataluña podría herir susceptibilidades. Escenificado por el genial humorista puede ser tomado por sus paisanos como una autocrítica jocosa o una muestra de la idiosincrasia catalana. Que un catalán bromee con sus paisanos, sea; pero, que un andaluz bromee con un catalán o viceversa: va a ser que no. Y eso es el nacionalismo. Un pueblo que por diferente se cree superior. Y por ser diferentes usan pene y cipo… de distinta manera –¡madre mía, en qué jardín he ido a pacer!–.

Diferentes y de pueblo somos todos, menos los de Bilbao, que somos del Bocho o los de Cádiz, que somos de la Tacita. Todo lo que separan las nacionalidades lo unen los nacionalismos, porque lo único que nos iguala es ese empeño diferenciador de supremacía folclórica. Y quién me dice a mí que yo, nacido en Carabanchel, barrio madrileño –por cierto, ¡Viva Carabanchel libre!–, no pueda ser tan buen vasco como Unamuno, tan andaluz como Machado, o tan catalán como Messi. Y es que yo me siento gallego cuando como pulpo a feira, vasco con el pil-pil, ruso cuando bebo vodka y francés ante un buen suflé. Me gusta la cocina nacional y la internacional. Y me gustan los referéndums bien hechos: con su salsita y en su puntito de sal; cosas del paladar. Por eso, para aportar un poco de sal y pimienta al puchero nacional, propongo que los españoles nos independicemos de España. Que el gobierno saque las urnas a la calle y que cada uno de nosotros pueda elegir a su gusto una nueva patria que le albergue. Un menú a la carta que le satisfaga. Ante tantos desmanes y sacrificios, ya no quiero ser español. Que lo arreglen otros. Pero nada de cambiar leyes ni constituciones, nada de negociaciones ni de acuerdos. Nos independizamos de la madrastra España, directamente. Para qué vamos a perder más el tiempo en componendas. Para entonces, es probable que Cataluña sea independiente. Mejor que mejor. Legiones de españoles apátridas cercarán la frontera catalana demandando asilo a Más. Gallegos aflamencados solicitarán la nacionalidad andaluza. Vascos paelleros inundarán el consulado valenciano, botella de txakoli en mano. Andaluces aizkolaris con el hacha al hombro cantarán fandangos en la embajada de Euskal Herria. Madrileños rojos de sobrasada se nacionalizarán baleares –más que nada por las playas–. Canarios cubanos, de sabroso danzón, cantarán isas a la puerta de Fidel. Extremeños de vinho verde entonarán jotas en los tranvías de Lisboa. Y por encima de todos se oirá la voz de Labordeta cantando aquello de: “Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/ que ponga libertad. /Haremos el camino/ en un mismo trazado,/ uniendo nuestros hombros/… gritando libertad”. ¡Qué tendrán los himnos que me ponen los pelos de punta! Mientras todo eso sucede, y andan todos ensimismados con sus consultas independentistas, yo promoveré un referéndum interplanetario, porque no quiero ser habitante de un lugar llamado Mundo patrocinado por cervezas San Miguel. A ver si con un poco de suerte me hago de Venus, que es de donde dicen que son las mujeres.

PD: Respecto a la consulta catalana diré como los italianos: NI (mitad de no y mitad de sí). Solo dos salvedades: Cataluña tiene parlamento, leyes, presidente, lengua, himno, bandera y policía propios, y un club de futbol que es mes que un club. ¿Por qué no les basta con ser catalanes, sino que además, algunos, quieren dejar de ser españoles? Si comunitarios y extracomunitarios residentes en Cataluña durante equis años pueden ser consultados sobre el proceso soberanista, me figuro que el resto de españoles, o lo que seamos, también podremos opinar en las urnas. De todas formas, para entonces, ya estaré en Venus rodeado de mis nuevas compatriotas y cantando aquello de: “Haremos el camino/ en un mismo trazado,/ uniendo nuestros hombros/… que ponga libertad”. Me gusta más un himno que a un nacionalista una bandera. ¡Qué tendrán los himnos, madre mía!

Francisco Cisterna

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Gatoto

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