Francisco Ortiz, Viajes
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Picos de Europa: sendas de ermitaños

Por Francisco Ortiz. Sábado, 20 de diciembre de 2014

Siempre, desde que era un muchacho, me ha podido la curiosidad de querer ver aquello que se escondía tras la colina de enfrente. Como hijo del Sur, era natural mi interés por las tierras del Norte, tan diferentes a mi mundo. En mi colección de postales de España reservo un lugar especial a las cantábricas, astures y leonesas.

Si, como decía Manu Leguineche, viajar consiste en buscar un poco de conversación en el fin del mundo, la idea de trasmontar los Picos de Europa en pleno otoño siguiendo las sendas de ermitaños, pastores y buhoneros me sugestionó. No hay nada, me dije, como disponer de un poco de tierra cántabra para estirar las piernas, y así cambiar de menú durante un tiempo. De modo que, decidido a recorrer Cantabria y su Valle de Liébana, preparé mis cuatro libros y mapas, metí algunas mudas en la mochila y tomé un vuelo a Santander. Al día siguiente tomé un autobús rumbo al Oeste. Hacía un día otoñal, lluvioso y gris, el tipo de día venerable en el Norte que hace que uno se sienta satisfecho de vivir.

Antes de comenzar nuestra ruta lebaniega o itinera lebanensis conviene destacar que Cantabria ofrece muchas alternativas al viajero. Además de los Picos de Europa cuenta con espacios naturales como el Parque Natural Oyambre, la Reserva del Saja o el Parque de Cabárceno. Si hablamos de cuevas, entonces Altamira, La Cueva del Castillo, la del Portillo o la de la Meaza. Y si queremos arquitectura popular, entonces Comillas, Santillana del Mar, Potes o San Vicente de la Barquera.

El territorio que hoy ocupa la Comunidad Autónoma de Cantabria fue también llamado, en otros tiempos, La Montaña. Incluía partes menores de Asturias y Vizcaya, y sus gentes todavía se llaman montañeses. En realidad, Cantabria forma parte de Castilla, las tierras de Alvargonzález. Como bien dijo Machado, no hay sino un solo corazón de España.

Finales de noviembre es el momento de mayor esplendor en el Norte. La otoñada es para disfrutarla recorriendo el Camino Norte de Santiago, que viene de Irún y tiene sus buenas etapas entre Castro Urdiales y Unquera. Me dedico pues a reseguir la etapa peregrina hasta la linde con Asturies, pernoctando en el albergue de peregrinos de Serdio. A la mañana siguiente desayuno en el bar La Gloria, donde coincido con vascos y echamos unas risas, y arribo a Unquera, junto al río Deva. De allí me desvío a la izquierda, hacia el interior, tomando una carretera de montaña que discurre a la vera del Deva, “río que une tierras hermanas, Asturies y Cantabria”.

La carretera N 621 nos conduce unos kilómetros por tierra asturiana, pasamos el pueblo de Panes, y pronto estamos recorriendo el Desfiladero de La Hermida, el más largo de España. Es este un grupo de angostas gargantas en el macizo de Andara, horadadas por el Deva. Tras una parada en la aldea de La Hermida para admirar las montañas, nos topamos con una senda que se desvía monte arriba, es la ruta Urdón-Tresviso, de tres horas de recorrido. A pesar de sus curvas y rampas, Tresviso, situado a más de 900 metros de altitud, ofrece unas vistas espectaculares, en compañía de rebaños de vacas tudencas.

Otra visita obligada en la ruta lebanensis es Lebeña, que conserva la disposición y el carácter de las aldeas montañesas. Nuestro interés aquí se centra en conocer una de las iglesias mozárabes más genuinas, Santa María de Lebeña. Construida en 925, conserva una talla del siglo XV, la Virgen de la Buena Leche. Robada la imagen en 1993, ha sido reemplazada por una reproducción. Es muy venerada, y de hecho, hasta aquí se acercan algunas mujerucas y peregrinos.

Iglesia Santa María de Lebeña

Iglesia Santa María de Lebeña

Abandono con pesar este místico rincón junto al río, que parece detenido en el tiempo. Hoy no llueve, pero hace mucho frío. Pregunto por el campanero, pero me dicen que ha salido a comer. Me entra hambre a mí también, pero arranco y continúo hacia Potes, la capital de la comarca de Liébana. Aquí la arquitectura montañesa convive con el imponente flanco Sur de Picos de Europa. En Potes merece la pena callejear, admirar las casas blasonadas, asomarse a sus puentes de piedra y tomarse un aperitivo en su plaza porticada. Aquí confluyen dos ríos, el Deva y el Quiviesa. El pueblo, declarado conjunto histórico artístico, tiene una buena oferta de alojamientos, restaurantes y agencias locales de turismo de aventura.

Saliendo de Potes y subiendo a la derecha nos encaminamos a la villa de Mogrovejo, el lugar donde nació Santo Toribio, obispo de Astorga. Esta aldea sabe a pueblo tradicional, con sus callejas empedradas y sus casucas rodeadas por el manto amarillo y verde de las hayas y los abedules. El macizo de la montaña, destacado tras los tejados de las casas, hace aún más pequeño este rincón de Liébana.

De vuelta en la carretera, a unos dos kilómetros cuesta abajo, arribo a uno de los hitos de la ruta, el monasterio franciscano de Santo Toribio de Liébana. Declarado lugar santo de la Cristiandad por albergar el Lignum Crucis, es lugar de gran afluencia de turistas y peregrinos. La reliquia es el mayor trozo de la Santa Cruz que se conserva y fue traída al mismo tiempo que los restos de Santo Toribio, allá por el siglo VIII. Se encuentra incrustada en una cruz de plata dorada, con cabos flordelisados, de estilo gótico, y fue hecha en Valladolid, en 1679.

Salgo al exterior para admirar las proporciones del conjunto monástico. Destacan las dos portadas de su fachada meridional. Si bien las primeras construcciones serían sencillas, de estilo prerrománico, mozárabe, la gran expansión del monasterio en el siglo XI llevó a construir, en 1256, la actual iglesia en estilo gótico monástico con influencia cisterciense.

Ya en el atrio de la iglesia, ramoneando un trozo de palodul con aire distraído, me sale al encuentro un hermano franciscano, que me saluda con un “Paz y Bien”:

–¿Eres judío, no? Me pregunta. Menos asombrado que divertido, le respondo:

–Soy un ocioso errante, más bien. Busco sendas de ermitaños.

–Bienvenido a Liébana, mi nombre es Tobías, se presenta él.

–Encantado de tener a alguien con quien pegar la hebra”, respondo yo.

Con este guía espontáneo (enviado por el Altísimo) decido seguir la senda marcada que, desde Santo Toribio, conduce a la Cueva Santa. Una vez allí admiramos la ermita de estilo prerrománico, que está adosada a la roca natural. Por Tobías me entero que este fue lugar de retiro de Toribio de Palencia, en el siglo VI. Absortos por un momento en el trino del urogallo y algo adormilados, la verdad, comemos algo de queso, sentados en un banco. Otros eremitorios interesantes en la zona, según el hermano Tobías, son los de San Pedro y el de Cambarco, junto al pueblucho del mismo nombre.

Tras visitar la cueva y la ermita le hago notar a mi nuevo amigo que lleva colgando del cuello una “Tau” de madera. “Sí, me dice él, me hago acompañar de simbología templaria porque irradia una fuerza esperanzadora ante tiempos sombríos. El espíritu de la montaña se impondrá a la crueldad del tormentoso presente”. Con el sol despuntando entre las nubes regresamos al monasterio. “Se acercan buenos tiempos”, me dice Tobías cuando me despedía de él. “Eso espero”, le dije a mi vez con una sonrisa.

Vuelvo a la carretera, el viaje a ninguna parte y a todas a la vez. Siento que me acerco al confín del mundo, apabullado ante las nevadas moles rocosas. Tengo un golpe de suerte cuando para un coche a mi lado:

–¿Vas a Fuente Dé? Te llevamos.

“Gracias” es todo lo que se decir al subirme al vehículo. Andrés y Salva son montañeros de Palencia, jóvenes y sanos. El copiloto, Andrés, lleva la voz cantante:

–Pues sí, Picos de Europa es un sitio fantástico. Si te gustan las alturas, aquí tienes la montaña auténtica. Nada tan sencillo como explorar, abrir huella en la nieve, pasar frío y beber vino.

Teleférico de Fuente Dé.

Teleférico de Fuente Dé.

Yo asiento, algo transido por el fresco lebaniego, y les propongo invitarlos a un vaso de buen vino en el siguiente pueblo. Llegamos pues a Espinama, que está en la parte más alta del Valle de Liébana. Tiene un ambiente acogedor de pueblo de montaña y es base para hacer rutas en invierno con raquetas e internarse por bosques y prados de altura. De vuelta al coche, nos quedan sólo cuatro kilómetros a Fuente Dé, donde está el Cable o teleférico.

Fuente Dé no es pueblo, lo componen un restaurante, un camping, el teleférico y el Parador Nacional Río Deva, que debe su nombre a que aquí se encuentra el nacedero del Deva. Al llegar al pie del teleférico me despido de mis jóvenes compañeros y estiro las piernas. Ellos se quedan en el camping, será su base para la escalada de mañana. Yo prefiero acercarme al teleférico y remontar la alta montaña subiendo en el Cable.

En la cafetería del teleférico me informo mientras aguardo la cabina. Es este uno de los más altos funiculares del mundo, pues salva un desnivel de 753 metros, hasta alcanzar los 1850 metros de altitud en sólo 4 minutos, a una velocidad de 10 metros por segundo. La longitud del cable es de 1450 metros, y las cabinas, con capacidad para 20 personas, trepan la pared de roca de manera vertiginosa hasta el mirador de Aliva. El trayecto de ida y vuelta sale por 16 euros ida y vuelta.

En efecto, una vez arrebatado y enviado a las alturas, me encuentro ante un espectacular paisaje de montaña. El viento es frío y cortante pero las vistas son para dejar a cualquiera sin aliento. Teniendo a la vista Peña Vieja, con sus 2300 metros de altitud, y adivinando más allá el Naranjo de Bulnes, es posible tomar una ruta de bajada, llamada de los Horcados Rojos. En algo más de cuatro horas se desciende por las praderías de montaña hasta Fuente Dé. Otra opción es, con un par de días por delante, cruzar las montañas para llegar a Asturias como lo hacían los pastores, los buhoneros y los nigromantes. La travesía, eso sí, requiere un buen par de… botas. Absorto en la contemplación del paisaje, acaricio distraído la tau que pende de mi cuello.

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

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