Artsenal, Humor Gráfico, Número 19, Opinión, Xavier Latorre
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A otra cosa mariposa

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Yo no quiero que mi hijo sea juez. No se lo voy a consentir. ¡Ni hablar! Pero no porque deba estudiar una carrera aburrida llena de artículos que luego van y los cambian de buenas a primeras. ¡No! Tampoco veo como obstáculo primordial que el código penal sea un suplicio; y que el mercantil, un libraco repleto de inmoralidades. No me importa que para alcanzar su meta deba aprobar unas duras oposiciones y que para ello deba renunciar a salir de marcha. Esos hándicaps me dan lo mismo. Estoy dispuesto a impedirle a toda costa que siga la carrera judicial. ¡Créanme! La razón que le esgrimiré para que no ejerza de juez no será la de un sueldo más o menos aceptable por tener que dictaminar que un banco lleva la razón para dejar de patitas a la calle a una mujer parada, divorciada y con una hija pequeña a su cargo. El argumento que voy a emplear tampoco será el de, mira hijo, cuando seas juez tendrás que expulsar de España a personas rebozadas de dignidad pero sin papeles que malviven en un pedazo de infierno que hay instalado en un suburbio de este mundo opulento y egoísta. No quiero utilizar malas artes con él a las puertas de la universidad.

El chico, como si lo viera, seguro que ha elegido ser juez por una idea romántica preconcebida. A su edad, de mayor, quiere ser como el Garzón ése. Le cae bien. Conoce su osadía contra algunos poderosos forajidos. También ha devorado muchas series donde los jueces aplican la fuerza de la ley contra algunos desalmados que no quisieron indultar a sus inocentes víctimas. Mi hijo suspira por plantarse en helicóptero en un barco repleto de fardos de droga, enchironarlos a todos, requisar el buque, subastarlo y entregar el dinero a las madres que luchan para sacar a sus enganchados hijos de ese inframundo. El chaval sueña con restaurar el principio de justicia universal liquidado por el PP y volver a restregarles su pasado a genocidas y asesinos en serie de Chile, Guatemala y Argentina. Mi hijo anhela poder emular a algunos jueces –muy pocos– que sí se personan en una descampado cuando se logra desenterrar a alguno de los más 100.000 asesinados que tras la guerra civil yacen todavía olvidados en cunetas y fosas comunes.

Mi hijo está asqueado por la corrupción generalizada que ha infectado el sistema político actual. Dice que podría arreglar ese desaguisado moral, esa conspiración criminal y que podría intentar desarticular a esa banda de delincuencia política organizada desde su atalaya judicial. No quiere bajarse del burro y ello provoca toda suerte de discusiones en casa y broncas familiares. Ayer le dije, casi como último recurso, que si era un buen profesional le podrían expedientar y apartar como una apestado de la carrera judicial, como está ocurriendo de forma preocupante. Yo, erre que erre, ahí sigo: no quiero que sea juez para que no se escandalice y lo vea todo a su alrededor negro como el color de una toga. Me gustaría en lo posible evitarle el mal trago de escudriñar sumarios en los que aparecen políticos sinvergüenzas.

Al final hemos llegado a un principio de acuerdo. Ha decidido tomar el camino que más le conviene, estudiar lo más razonable: de mayor será emigrante. Es la salida laboral más en boga, la única escapatoria posible a la pandilla de cuatreros, agazapados tras unas siglas, que sólo piensan en cómo desvalijar todos nuestros derechos sociales con nocturnidad y alevosía. Esta noche hemos abierto un atlas viejo y ambos hemos hecho marcas sobre posibles países de destino. Juez, no. Gracias.

Xavier Latorre

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Artsenal

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