Fran Sevilla, Humor Gráfico, La ventana indiscreta, Número 19, Opinión
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Los Castro me caen bien

Por Fran Sevilla / Ilustración: Juan Ramón Carneros

En el escalón intermedio de la pirámide social, clase obrera y burguesía acomodada, la libertad es un concepto ilusorio. Se aferrarán a valores como la honradez mientras cumplen su finalidad última que es el pago de impuestos, aplazamientos de la tarjeta de crédito, vencimiento de letras del monovolumen familiar con el que llevar a los niños en verano a la playa. Guiados por un estricto y casto sentido de la moralidad de cara a la galería, no existen putas y ladrones entre la clase media. Y yo les juro que nunca vi a la hija de un rico empresario posteriormente imputado chupármela en una sala de cine, ni al hijo de un honrado trabajador de la industria metalúrgica haciendo chapas en las afueras de un polígono industrial con hombres casados, pues todo el mundo sabe que entre los hijos de gente sencilla y trabajadora, tampoco existen maricones. No como entre aquellos moros salvajes que entraron en pateras a España, para violar a nuestras hijas con sus enormes y curvadas pollas como cimitarras. Hasta tal punto que mire usted, ahora no logro dormir por las noches cuando veo a mi niñita fuera de casa en una discoteca. Como si no tuviese bastante con la inseguridad que hay en mi vecindario desde que llegaron todos aquellos rumanos dispuestos a robar nuestras casas. Menudo descaro que incluso la semana pasada, no se lo van a creer, asaltaron un chalet a dos calles de donde vivo yo. ¿Qué pasará si encuentran la caja fuerte donde guardo todo el dinero que gané haciendo chapuzas en negro? Porque me dirán que evadir impuestos está mal, pero yo les digo que más le valdría a Hacienda dedicarse a perseguir a Leo Messi y a la infanta y no a exprimir a personas honradas y currelas como yo, que luchan cada día por sacar adelante a su familia, pasando penurias para darles siempre lo mejor. Como ese BMW que compré a mi hijo para que vaya a la Facultad de Económicas. El bueno del niño ha salido tan trabajador como su padre, y con su coco, algún día podrá llevarme los papeles de la constructora que pienso abrir con mis ahorros, que uno no puede estar siempre con el mono de trabajo puesto. Aunque no me gustan los amigos con los que va últimamente, gente lumpen y sin oficio que abandonaron la carrera para subirse al andamio. El otro día me detuvieron al chiquillo en un control de alcoholemia y tuve que ir a sacarlo del calabozo de la Guardia Civil. Dicen que les encontraron cocaína, y yo se lo dije a mi amigo Pepe que es coronel en ese cuartel. Que eso sólo son chiquilladas y que está en la edad de divertirse, que él es muy buen estudiante y que eso es la mala influencia de los cafres de sus amigos. Que por qué se dedican a detener a mi hijo en un control de alcoholemia y no a perseguir a los ladrones rumanos que asaltaron mi vecindario o a todos esos políticos chorizos que nos mangonean, que en España no hay justicia. Por suerte Pepe ha logrado que retiren los cargos a mi hijo y que sean sus amigos los que se traguen el marrón, recuérdenme que vaya el día de la Virgen del Pilar al cuartel a regalarle un buen jamón, como hago todos los años. La verdad es que mi hijo no me tiene nada contento pero da igual, me queda mi otra hija, que tiene ese pico de oro que Dios le ha dado. La matriculé en derecho y yo siempre se lo digo, métete en política que hablas muy bien niña, en eso de Podemos seguro que te hacen un hueco y Pablo Iglesias me cae bien. Es un tío que dice las verdades de forma directa sobre todos esos políticos que no paran de robarnos. Pero la niña no me hace caso y además no me estudia nada, lleva tres años repitiendo primero de derecho. Y ahora va y me dice que quiere dejársela para hacer Bellas Artes, tanto que había trabajado yo para darle un buen futuro. Y yo les digo a ustedes que todo no es más que la mala influencia de ese novio pelucas que se ha echado. Yo siempre se lo digo, ¿dónde va a llegar un melenas con una coleta como ésa? Con lo guapa que tú eres, que eres idéntica a tu madre de joven y con sus mismas tetas, podrías conseguir un buen partido. Mira si no el pequeño Nicolás ése, con su edad y lo lejos que ha llegado. Si hasta ha conseguido ganar más dinero que tu padre en todos sus años de trabajo y posar al lado del rey. Pero no me distraigas, que tengo que llamar a Securitas Direct ahora mismo para encargar una alarma. Esos ladrones rumanos me tienen preocupado, dicen que son muy violentos, ¿y si violan a tu madre?

Porque para conseguir la libertad real, la sociedad de consumo siempre nos ofrecerá opciones a pagar en cómodas cuotas mensuales. Todas las compañías de telefonía quieren vendernos el derecho a hablar de forma libre donde queramos. Consumir es un derecho de todos los españoles, sólo consumiendo seremos libres. Gracias a Ikea incluso podremos crear una república independiente en nuestra propia casa, jodeos catalanes. Aunque esa misma empresa, Ikea, según revelaba hace unas semanas El Confidencial, tenga montado un entramado legal para evadir impuestos en Europa, aferrándose precisamente a la alegalidad y vacíos del sistema. Pero lo peor de toda esa trama y que El Confidencial no se atrevía a destapar, ¡es que tienes que montar tú mismo los muebles! Y al final uno hace el sacrificio, porque ¿dónde si no va a amueblar más barato su casa? Aunque déjenme que les cuente un secreto: las camas de Ikea no aguantan el tercer polvo sin venirse abajo. Yo desde aquel fatídico día duermo en un colchón en el suelo.

Y mientras la clase media vive en ese espejismo de libertad ilusoria, llena de contradicciones que no son más que el fruto de un sentido distorsionado de la moralidad, más por miedo al castigo que por civismo, será únicamente en los extremos de la pirámide social donde encontremos la auténtica libertad. La libertad de la que hacen gala la oligarquía y aristocracia, pero también aquellos que están por debajo de la clase obrera en ese escalafón social. Los delincuentes, quinquis y buscavidas. Esa gente de mal vivir y peor reputación, capaz de entrar en una fiesta de Pablo Iglesias y robarle su mesa de mezclas.

Pienso por ejemplo en Bernie Ecclestone, patrón de la Fórmula 1. Que gracias al poder que ostenta ha podido renunciar a cualquier atisbo de moralidad viviendo de forma hedonista, enano él y siempre rodeado de modelos despampanantes que le sacan tres cabezas. De tal modo que cuando uno de sus subalternos fue cazado en una orgía sadomasoquista disfrazado de nazi, al ser Ecclestone preguntado por ello no pudo sino estallar a reír a carcajadas. Sólo faltándole añadir que lo único que le fastidiaba era que ese bastardo no le hubiese invitado a la bacanal. Al entender la vida como una suma de placeres libertinos a los que sólo te da acceso el poder, siendo ese poder el que a su vez te librará de cualquier tipo de consecuencia legal. Ya que eres tú quien mueve los hilos del sistema y podrá hacer y deshacer las leyes a su antojo.

Pero mucho más meritoria es la libertad  de la que hace gala el quinqui de barrio. Que al no tener ningún tipo de moralidad o sentido de la justicia, tomará en la vida todo aquello que le apetezca. No tener dinero para comprar un Mercedes no será un problema para él. Le hará un puente y lo robará. O mejor todavía, venderá drogas o atracará una joyería para poder comprarlo, cerrando un burdel esa noche para celebrar el gran golpe.

Es precisamente ese sentido de la amoralidad que mueve a ambas clases, lo que convierte al monarca o al quinqui en individuos realmente peligrosos. Pues el quinqui, por ejemplo, no dudará en echar mano de su navaja o pistola a poco que te cruces en su camino. Mientras que el aristócrata puede contratar un sicario o usar formas mucho más retorcidas para hundirte la vida, como confundirte con un elefante en Botswana. Y como ninguno de ambos cree en la justicia, viéndola como un mero artefacto para disuadir a la clase media de renunciar a un sentido práctico y a la vez contradictorio de la moral, tampoco temerán sus consecuencias. El quinqui no teme ir a la cárcel porque sabe que cuando esté allí, se hará el dueño de la prisión a través de la fuerza. Y en cualquier caso, al poco tiempo será puesto en libertad. Compensándole mucho más pequeñas estancias en prisión que no someterse a un sistema que le obliga a levantarse cada mañana a ir a trabajar por un salario mísero. Pues como decía el gran Otar Iosseliani, toda la gente honrada que conozco está en el paro o en la cárcel.

Y al mismo tiempo, la élite tampoco temerá a esa justicia. Viéndola más bien como una herramienta necesaria para alcanzar sus objetivos. Creando un ordenamiento del sistema que les permita enriquecerse. Disuadiendo a su vez a cualquiera que intente suplantarlos en el vértice de la pirámide. A Jaume Matas, por ejemplo, le daba igual ingresar en prisión. Pues sabía que al poco de ingresar, alguien firmaría un indulto otorgándole el tercer grado. Y que al tener poder e influencia, llevaría una vida de lujo en la cárcel entre caviar y langosta. Pagando seguramente al quinqui para obtener su protección. Esa pequeña estancia en prisión, se ve compensada además por la vida acomodada que puede obtener a cambio del dinero ganado. Es decir, modelos que le saquen tres cabezas y orgías sadomasoquistas nazis.

Si ustedes me preguntaran, yo al igual que Matas, tampoco creo en la justicia y también he estado en una orgía. Pero al contrario que Matas o el quinqui de su barrio, sí que creo en un ideal de Justicia. En un sentido clásico del término, al modo de la Antigua Grecia. Y creo en ese ideal de Justicia más allá de las leyes creadas por los hombres, que no son más que un instrumento con el que los poderosos revierten la función última del sistema en pos de sus intereses.

Vimos el ejemplo de Ikea, que sabiendo manejar esos engranajes del sistema y sus vacíos legales, han sabido usar las leyes europeas para aumentar su beneficio económico, birlándolo de nuestras arcas públicas. Nadie podría decir que lo que hacen no se ajusta a la justicia, entendiendo justicia como una serie de reglas con las que amañar el juego, en vez de como ese ideal supremo griego que facilite la convivencia entre hombres.

Pero del mismo modo que Ikea no cree en la justicia burocrática, por suerte, en España existen también jueces que no creen en ella. Precisamente por haberla tenido que sufrir desde dentro. Que conocen mejor que nadie sus engranajes y vacíos legales, usando esa alegalidad precisamente para alcanzar ese ideal de Justicia suprema. Ideal que el propio sistema judicial, más preocupado en crear una clase media de timoratos, no permite. Son jueces que han decidido encarnar de forma consciente el arquetipo de héroe trágico griego, sin que les importe moverse en el límite de lo que es o no prevaricación, de lo que podría echar a perder o no su carrera.

Pienso por ejemplo en el modo en que Garzón sacrificó su carrera judicial para que hoy el proceso de los papeles de Bárcenas siga abierto. Pero pienso sobre todo en el juez José Castro. Porque yo no creo en la justicia, pero sí que sigo creyendo en los héroes y suicidas. Pero sobre todo, en aquellos que han logrado asumir que el sino trágico forma también parte de la condición de ser héroe. Castro sabe que con el caso de la infanta ha inmolado su futuro profesional. Y que el sistema, tarde o temprano, se cobrará su deuda pendiente con él. Mas no le importa, pues conocedor de la herencia literaria griega, es consciente de que en el caso de un héroe lo importante no es tanto el destino trágico final como el trayecto recorrido.

El sabe mejor que nosotros que si la infanta o su marido ingresasen en prisión, lo más probable es que al día siguiente se firmase un indulto liberándolos. También sabe que por mucho que conozca las trampas del sistema, sus resquicios y alegalidad, al modo en que los asesores de Ikea pueden hacer ingeniería fiscal para evadir impuestos, son demasiados muros los que tendrá que lograr esquivar. Puede que mucho antes de que salga una sentencia judicial, él haya sido condenado por prevaricación, o retirado del caso o incluso asesinado. Pero sean cuáles sean las consecuencias finales de su trabajo, lo importante es que como en el caso de los héroes griegos, ese trayecto recorrido por él nos aporta una enseñanza y un conocimiento del mundo. Y la labor desempeñada por Castro ha sido mucho más importante que lograr o no sentar a la infanta en un banquillo. Ha sido recuperar y hacer perdurar un ideal supremo de Justicia, en mitad de un sistema corrupto.

Fran Sevilla

Fran Sevilla

JUAN RAMON CARNEROS

Juan Ramón Carneros

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