Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 18, Opinión, Tonino Guitián
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La embestida

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La Transición no consistió en explicar en qué consiste un estado democrático a una población que había estado sometida a un régimen ya de por sí muy complicado de comprender. El franquismo nos había ahorrado a los españoles muchas explicaciones. La mayoría no querían entenderlas más, no porque no tuvieran una idea de lo que es justo y lo que no es, sino por el miedo a perder ese bien sin el que nadie puede vivir tranquilo que es la paz. La paz es un concepto bonito cuando se representa con una paloma, pero en realidad es solo la idea que tenemos todos de no morirnos. De no morirnos físicamente, de no sufrir dolor, torturas, exilios, odio, intranquilidad. La paz puede consistir, como fue el caso, en no pensar. En ser un difunto en vida, pero un difunto satisfecho. Contento, pero no feliz.

Por eso, la Transición ilustró la idea de la democracia rompiendo poco a poco los tabúes que se habían impuesto durante el Régimen: aceptó a regañadientes y a última hora el comunismo. No le dio explicaciones, insisto, porque la palabra clave fue ilustrar. No fue como en el Siglo de las Luces, sino como las ilustraciones de los santos o las coplas de ciego. Las explicaciones se las buscaba uno por su cuenta. Así que se trajo a Carrillo con peluca, se paseó a La Pasionaria por las calles y se trasladó el Guernica del MOMA. Se exhibió a la mítica niña del franquismo en tetas en una película y el tabú del sexo parecía que caía por fin en desuso. Se dejó hablar al cardenal Tarancón y se dio la idea de que la Iglesia aceptaba las nuevas ideas. Todos esos conceptos fueron conviviendo más o menos con nosotros y adaptándose a nuevos tiempos. La política, la moral y la religión están en continuo movimiento y pueden girar sobre su propio eje según soplen los vientos. Hasta ahí todo bien y bastante predecible. El primer problema real surgió con los cambios en el ejército, pero ese temor más terrible, el de volver a pasar por una guerra armada, se disipó mágicamente en cuestión de días. Los generales se mostraron pacíficos y creo que es la fuerza del anterior régimen que más ha colaborado acatando las nuevas normas de la democracia.

También se creó el nuevo estado de las autonomías. Ese tema, que toca las memorias, los afectos, las lenguas maternas, los derechos más cercanos, las identidades, las costumbres pasadas de padres a hijos, los santos patrones, los mitos, los pueblos y las rivalidades históricas no terminó nunca de cerrarse. Cada comunidad hizo su propia ilustración dentro de la ilustración general porque ahí el nuevo estado no intervino. No se iba a dedicar el estado español –que no era una república sino una monarquía constitucional– a decir y ordenar quién era cada quien, así que una vez constituida la democracia se permitió una forma somera de autodeterminación. En cada comunidad resultó de una manera, según los intereses de cada cual. En algunas surgieron movimientos que tomaron los usos del ejército y decidieron según sus propios tribunales dar pena de muerte a los que consideraban traidores, generalmente gente que pasaba por ahí y cuya tragedia no sirvió más que para hacer en su momento publicidad a nivel internacional de las ideologías patrióticas y crear el primer gran tabú de la nueva era democrática: el nacionalismo.

Hemos convivido así en un país donde podías ir a ver los pechos de Marisol, ir a misa, asesinar a un guardia civil, cantar el cara al sol en el Valle de los Caídos, poner un poster de La Pasionaria en tu habitación de la casa de tus padres que eran de derechas de toda la vida, exaltar una bandera reclamando tu validez histórica al lado de otros que reivindicaban otra, recuperar a los pesadísimos literatos del XIX, fumar marihuana en la calle, estudiar económicas para levantar un imperio textil, hablar en el idioma de tus abuelos, los abuelos del pueblo de donde no salieron nunca o los abuelos que crearon una industria basada en la exportación de goma de látex de América, cantar con aullidos temas de la moda inglesa vestidos de negro y emborracharnos en la calle sin que nadie dijera nada. Decía el escritor de Los siete pecados capitales del español, el catalán Guillermo Díaz-Plaja, que todos los españoles llevamos un cartel invisible donde se puede leer el siguiente lema: “Yo hago lo que me da la real gana”; y esto es sin duda lo que más nos ha unido como nación, la libertad subconsciente con la que hemos hecho todo. Hasta el momento en el que algunos han resucitado en ese subconsciente los viejos tabúes y los han erigido como intocables temas sobre los que no se puede hacer una broma a riesgo de linchamiento. Esto ha permitido la creación por parte de diversos gobiernos de unos capotes donde hacer que la gente embista en masa en defensa de su voluntad de hacer lo que quiere. A veces la gente se cansa y se queda como los toros mirando al tendido, pero siempre se puede recurrir a las banderillas.

Así que tenemos ahora mismo un gobierno que actúa como el terrorífico muñeco de SAW, dando a elegir a través de una pantalla de plasma dos opciones: libertad y muerte o muerte y libertad. Si quieres libertad, vas a morir, pero puedes morirte primero y salvarte después, que es la opción preferida de Mariano Rajoy, una opción muy católica por cierto. Ante esta disyuntiva algunos, como el gobierno de Mas, han preferido liarse la manta a la cabeza y han preferido morir matando para liberarse, que es mucho más gratificante. Y morir matando no da opción a deserciones, así que frente a un gobierno opresor que no admite desertores hay que oponer otro que no admite disidencias. Si se disiente se rompen las filas con pensamiento y entonces no hay quien se aclare. Sin disidencia y sin desertores, armados con tabúes medievales pero mirando al futuro con modernidad. ¿Y qué es la modernidad? Satisfacer al elector dándole un motivo para que vote, porque ya nadie quiere votar esta mierda institucional basada en el dinero. Esa es la nueva clave de los políticos: ya no se pide el voto para mejorar un país metido en una espiral ruinosa basada en el latrocinio de lo público. Han conseguido que lo público resulte aborrecible. Y ahora saben que dentro del expolio aparentemente irremediable lo que le mueve a la gente es la defensa del perrito Excalibur, del bebé nonato, del nacionalismo basado en hechos del medievo y de algo muy confuso que no llegamos a entender muy bien que se llama honradez, un término muy complicado para un país donde el lema ha sido siempre, y a pesar de las circunstancias, “yo hago lo que me da la real gana”. Y ahora ruego que me disculpen: estoy viendo una capa agitándose en la lontananza e irremediablemente tengo que ir con mis amigos a embestir.

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Joaquín Aldeguer

Joaquín Aldeguer

 

1 Kommentare

  1. Paco Cisterna dicen

    Este artículo debería ser texto de obligada lectura en las facultades de Ciencias Políticas.

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