Francisco Ortiz, Viajes
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A la caza de las pirámides olvidadas

Por Francisco Ortiz. Sábado, 8 de noviembre de 2014

¿Alguien ha tenido alguna vez la experiencia de visitar el interior de una pirámide viva? En Egipto las hay que, si el viajero desprevenido no toma precauciones, pueden pasarle factura a uno. Es lo que nos ocurrió con la pirámide Roja de Dashur.

La mayoría de los turistas que vienen a Egipto sólo están interesados en visitar las pirámides de Gizeh, las más famosas en el mundo entero. Armados de cámaras de fotos y controlados por un circuito organizado, creen poder consumir y disponer de los monumentos como si se tratase de un fast-food turista. Pero pocos se atreven a dejar la seguridad de los grandes hoteles como el Sheraton o el Ramsés Hilton para asomarse a la realidad de un país apasionante que acaba de vivir una revolución. Y es que en las calles de El Cairo podemos aprender más sobre la vida de los faraones que en las enlatadas guías de los tour-operadores.

Nuestra aventura comienza regateando con un taxista cairota la carrera de media jornada a la zona de Dashur. Ante su pregunta sobre la visita a Gizeh, niego con la cabeza y sonrío. Este gesto, lo supe más tarde, me granjeó el favor de Abdul, veterano “taxi driver”, quien decidió ayudarnos a cazar pirámides. En Cairo, la llamada “Crazy Cairo” por su tráfico alocado, los tratos se hacen con una sonrisa franca.

Al día siguiente, por la mañana temprano, nuestro taxista vino a recogernos en su Mercedes Benz amarillo. Desde la calle Talaat Harb donde nos alojamos, cerca del Museo Egipcio y de la famosa Midan Tahrir, atravesamos la gran ciudad y, evitando la Carretera de las Pirámides, nos dirigimos al Sur. El taxi nos condujo por carreteras secundarias, a través de aldeas y canales de riego, al área de Menfis, la antigua capital, a unos 40 kilómetros de Cairo, donde se ubica la necrópolis de Dashur. La caza había comenzado.

Una imagen de la Pirámide Blanca. Foto: Francisco Ortiz

Foto: Francisco Ortiz

El complejo de Dashur-Meidum cuenta con once pirámides, la mayoría en ruinas. A unos kilómetros al Norte se encuentra Saqqara, donde se visita la famosa pirámide escalonada de Zoser y el complejo funerario. En cambio Dashur, al estar situado en zona militar, es evitado por los guías turísticos. El olvido de este lugar añade un algo de fascinación a estas maravillas construidas hace más de 4.500 años, cuando reinaba el faraón Snefru, que en gloria esté.

En efecto, cuando Abdul detuvo su flamante taxi en la explanada polvorienta de Dashur, la desolación y el ahogo nos envolvió. Allí no sólo no había vendedores, buscavidas o indignados, es que hasta los escasos dromedarios del lugar nos ignoraban. El avance del sol nos hizo apresurarnos a bajar del vehículo y acercarnos al primer edificio de nuestra ruta, la Pirámide Romboidal.

Su extraña forma de rombo se debe a que sus lados fueron inclinados a media altura para evitar su colapso. La imagen resultante es inquietante, alienígena. Como conserva casi todas sus caras lisas se la conoce también como la Brillante. La Romboidal fue la segunda pirámide de Snefru, que ya había fallado con la truncada de Meidum, pero aquí también tuvieron que desistir del proyecto. Sus imponentes 105 metros de altura nos aturdían tanto que volvimos nuestros pasos hacia la Roja, acompañados de un policía turístico, de uniforme blanco y sonrisa cariada.

La pirámide de Snefru, llamada la Roja debido a sus bloques de piedra rojiza, está datada en torno al 2.582 a.c. y constituye el modelo, el prototipo, de las de Gizeh. La Gran Pirámide, por ejemplo, es obra de Keops, hijo de Snefru. De 104 metros de altura, alberga la tumba del faraón, la cual inspira aún un temor reverencial. Tiene tres cámaras y numerosas puertas falsas para evitar los saqueos. S-N-F-R-W o Snefru fue un gobernante benévolo con su gente, y su proyecto constructivo merece, con mucho, toda la fama y la admiración de generaciones enteras. Se sabe que la reina Cleopatra mostró a Julio César, además de un atlas anatómico, las maravillas de esta brillante pirámide. Este es el legado de los antiguos constructores.

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Decidimos entrar en la pirámide Roja por la entrada Norte. Dejamos a Abdul en su taxi, deseándonos suerte, y subimos un trecho hasta la abertura. A continuación descendimos por un corredor en rampa de muchos metros. Al avanzar agachados, el recorrido se nos hacía torturante, las piernas hacían todo el trabajo. Al llegar al final el pasillo se volvió horizontal y pudimos erguirnos de nuevo. Había en esos pasillos un olor fuerte, como a amoníaco. De ahí nos encontramos pasando a la primera antecámara, y de ahí en adelante, evitando un foso pensado como trampa para saqueadores, avanzamos por otro pasillo hasta la segunda cámara. Para acceder a la tercera cámara, la del sepulcro, era preciso subir por la pared opuesta por una escalera de madera, sin muchas garantías, la verdad. Una vez arriba se puede ver que las paredes se estrechan de manera escalonada, pero no se podía uno pasmarse mirando, teniendo toneladas de granito sobre nuestras cabezas. Por un pasillo de techo bajo accedimos, por fin, a la cámara real, el corazón de la pirámide.

Situada debajo del eje central de la pirámide, apenas iluminada por una tenue luz verdosa, la tumba de Snefru no contiene sarcófago. Sólo queda el túmulo abierto, y en las paredes, huellas de un incendio, obra de saqueadores. Allí, al quedarme sólo en la cámara, empecé a sentirme mal. Un sexto sentido me decía que el eje de una pirámide reúne energías desconocidas. Una señal de ominoso peligro fue suficiente para mí, y abandoné el triste lugar con alivio. Desanduve lo andado con prisa, y subí el corredor en rampa hacia la luz y la vida del exterior.

La sonrisa irónica con que nos recibió Abdul no me pareció nada casual, pero no dijimos nada. De vuelta al taxi salvamos la distancia que hay entre las pirámides de Snefru y el área de la pirámide de Amenenhat III, ya en pleno desierto. Rodeados de montículos y restos de templos, dejamos atrás varias pirámides pequeñas, sin duda de princesas. Al llegar al pie de la llamada Pirámide Negra, tuvimos que hacer un descanso a la sombra. El dios sol parecía ayudar a dar caza a los cazadores de pirámides.

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Al Sur de la Roja se construyó la Negra, llamada así por emplearse materiales oscuros como el ladrillo y el basalto negro en su construcción. Levantada 700 años después que las pirámides de Snefru, es la gran olvidada de las construcciones de Egipto. Nadie se acerca a ver ruinas que quedan fuera de todas las rutas… De 75 metros de altura, en la actualidad sólo alcanza los 30 metros. Tiene dos accesos, uno en la cara Sur y el otro en la cara Oeste. Aunque fue terminada, la mala calidad de los materiales, a base de ladrillos de adobe, y lo inestable del terreno, hicieron que el faraón decidiera abandonarla y construyó otra en Hawara, en El Fayum. Aún así sirvió de tumba a Amenenhat IV. Aunque queda poco de ella su silueta gibosa es una de las estampas más sugestivas en el atardecer de Menfis.

A poco más de un kilómetro de la Pirámide Negra nos topamos con un montículo peculiar y una jaima. Este lugar, bruñido por el sol, no estaba en nuestra ruta, es un regalo de Abdul. Para nuestro asombro, el beduino de la jaima nos obsequia con sendos vasos de karkadé, una fresca infusión de hibisco, muy popular en Egipto. Nuestro driver tiene que atender a nuestras preguntas arqueológicas y a la charla con su paisano, lo cual nos hace reír a todos. A sorbitos de nuestro refresco rojo conseguimos enterarnos de que estamos al pie de la Pirámide Blanca, la de Amenenhat II, de la cual sólo queda una gran masa de ladrillos de adobe erosionados. También los lugareños se han servido de ella como cantera para construir sus casas.

De vuelta a El Cairo Abdul nos contó parte de su conversación con el beduino sobre la actualidad egipcia. Esa zona de Dashur es un continuo trasiego, no de turistas, sino de camiones alargados que transportan misiles al interior del desierto. Y es que Egipto fabrica los misiles Patriot americanos para mantener a raya a Irán. Muchos egipcios viven gracias a los negocios del ejército, amigo mío. ¿Qué más dice tu paisano? “¡Ah!”, dijo Abdul enigmático, “desde los tiempos de Snofru, jamás se había visto nada semejante”.

Dos días después de nuestra aventura de pirámides olvidadas nos encontramos en Luxor. Atardecía en el restaurante de la “Cornish”, el paseo junto al Nilo, cuando me di cuenta de que no me sentía las piernas. Al levantarme después de mi cena de palomas asadas caí al suelo como a plomo, y tuve que ser levantado por fornidos camareros nubios. En sus blancas sonrisas vi que mis terribles agujetas eran producto de la visita a la Pirámide Roja. Era el justo castigo a los profanadores de tumbas como yo.

*4 de julio de 2014*

FRANCISCO ORTIZ buena

Francisco Ortiz

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  1. Magnífico documento, Mr. Ortiz. Un placer leerle y disfrutar de sus pasos a través de la historia. Ansío, ya, su próxima entrega.

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