Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 19, Opinión
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Justicia dorada

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

“Pleitos tengas y los ganes” es una antigua maldición atribuida al pueblo calé que ejemplifica el intrincado laberinto legal que la justicia ha supuesto, a lo largo de la historia, para todo aquel que ha invocado su amparo. Jueces, fiscales, procuradores, abogados… conforman un complejo sistema garante que, en su celo por preservar la justicia, la ha dilatado hasta sentirla ajena –la falta de medios cumple también aquí su función–. El corpus legal que la sustenta, un enorme edificio con celdas estanco, ha sido edificado a decretazos para, sobre todo, regular de facto o por omisión las relaciones económicas y comerciales. Pues, desde que Adán y Eva abandonaron el paraíso, los delitos contra las personas han variado poco pero los mecanismos para enriquecerse han aumentado exponencialmente. Así, ante el avance de los nuevos usos y dinámicas mercantiles, y bajo la atenta mirada de los poderosos, los legisladores han ido tejiendo una tupida red de laberintos y toboganes legales donde los delitos económicos se eternizan, rebotan y deslizan de un artículo a otro de los códigos cual desahuciados en busca de techo. La figura del decreto anguila -de reciente creación-, y pesadilla de los estudiantes de Derecho, se escurre entre las manos de los ingenuos pescadores, que regresan a casa con sentencias vacías. Las responsabilidades en cascada y en catarata se diluyen formalmente en ciénagas de abismos insondables y salpican nuestra justicia como charcos arrollados por vehículos en un día lluvioso. Las prescripciones onerosas, que no reparan ningún daño, adornan caducos calendarios con delitos del siglo pasado. Plazos y defectos formales dejan al justo desasistido y brindan dulce cobertura al taimado. Sentencias indescifrables, que necesitan del concurso de lingüistas y filósofos para ser desentrañadas, cobijan todos los matices de su fundamento bajo el arco iris de la semántica. La Justicia, en puridad, no es de este mundo. Y así lo siente el ciudadano. Una justicia ininteligible no puede ser Justicia, si ésta emana del pueblo.

Los legisladores democráticos? no han mejorado sustancialmente la regulación del entramado económico, perpetuando así el desaforado sistema mercantil con sus vicios y virtudes, que ha encontrado en la japonesa manga ancha del legislador un oscuro túnel por el que viajar en solitario. El capital desbocado no conoce fronteras, cortapisas ni límites que no pueda vadear, saltar o derribar. Vastos territorios vírgenes, donde la alegalidad campa a sus anchas, quedan sin regular –¿por falta de reflejos o desinterés?– hasta que los tiburones asientan sus reales en medio del vacío y normalizan su política de hechos consumados. Recordemos los balbuceantes principios de internet, la economía virtual emergente o la instantaneidad económica de los bits, que favorece el movimiento de capitales, vía wifi o ethernet, de un lado a otro del planeta. En estos casos, y en otros que hubo y habrá, el legislador siempre va dos, tres, cuatro…, ochenta pasos por detrás de los ingenieros financieros, que juegan al Tetris con las leyes hasta que los balances cuadran en función de su beneficio. Miedo me da pensar en todo lo que puede estar ocurriendo en el ciberespacio de los discos duros negros y las contabilidades dobles en Excel o Access, en los errores informáticos de las saltarinas comas flotantes que navegan a la deriva de los ceros o en las burbujas virtuales que pueden explosionar, de un momento a otro, en nuestras mismísimas pantallas –ya lo verán–. Todo esto, sin echar la vista atrás en la legislación ni evocar la facilidad legal de las quiebras empresariales de los ochenta, solo superadas por la nueva ley para la reforma del mercado laboral de don Mariano ERE que ERE, o, sin ir más lejos, el descontrolado albedrío de precios que disfrutan las grandes compañías de… ¿monopolios públicos? (luz, agua teléfono…). Aun así, me niego en redondo a creer que no se puedan regular las conexiones y enchufes de las energéticas, que están a punto de hacer saltar los plomos de la ciudadanía, sin aislante legal que nos ampare del calambrazo, o las aleatorias subidas de carburantes que se argumentan con mil razones mientras las obligadas bajadas se niega con mil pretextos. De las leyes que regulan o podrían regular con más acierto los productos bancarios, los paraísos fiscales, los monopolios encubiertos, los concursos públicos, la transparencia política… y demás bagatelas –vaya tela–, y que no merecen la atención del legislador, entretenido en sus viajes por cielo, mar y tierra, hablaremos después de las elecciones.

¡Qué difícil es meter al capital en vereda cuando dicta sus propias leyes! Nada nuevo, ya lo dejó escrito Cervantes: “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva sino con el peso de la misericordia”. Pues, eso: ¡Misericordia, Señor, misericordia!

Francisco Cisterna

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Gatoto

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