Editoriales, Número 18
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Un federalismo necesario

Gurb

Editorial

7 de noviembre de 2014. La cuenta atrás para la consulta soberanista del 9N en Cataluña ha comenzado. O mejor habría que decir la cuenta atrás para la consulta descafeinada sobre la independencia, porque después de meses de fuertes tensiones entre la Generalitat y el Gobierno central el referéndum de autodeterminación tan deseado por las fuerzas políticas nacionalistas ha quedado en una mera encuesta sociológica sin ningún valor político. El domingo, el ciudadano catalán acudirá a las urnas sabiendo que lo que salga de ellas no irá más allá de una nueva pataleta, aunque más airada si cabe, contra el Estado centralista.

Llegados a este punto habría que plantearse si el desafío de Artur Mas ha servido para algo más que para dividir a la sociedad catalana, para provocar profundas grietas en el Estado español y para generar una crispación social añadida a la que ya existía a causa de la profunda crisis económica e institucional que atraviesa nuestro país. No vamos a negar aquí que el Estatut de Cataluña, tal como existe en la actualidad, se ha quedado obsoleto y ya no alcanza para satisfacer las legítimas aspiraciones de un sector de la sociedad catalana. Tampoco vamos a negar que la cerrazón y torpeza del gobierno de Mariano Rajoy, recurriendo ante el Constitucional el Estatut de autonomía impulsado por Zapatero y refrendado por el Parlament, no ha hecho sino ahondar en la frustración y el sentimiento anti-españolista que se respira en Cataluña. Cada recurso del Partido Popular supone un puñado de independentistas más que se suman a la causa. Hoy ha quedado claro y patente el error mayúsculo que cometió el PP al empeñarse en echar para atrás, a toda costa, un Estatut que admitía la identidad de Cataluña como nación y que hubiera servido para calmar durante algunas décadas las aspiraciones independentistas. El siguiente paso fue el órdago de Artur Mas, que espoleado por Esquerra Republicana de Cataluña y otros, una asociación tan ficticia como contra natura, decidió embarcarse en la odisea de promover un referéndum que desde un principio se antojaba tan imposible como ilegal. Aquí habría que apuntar en el debe de Mas que haya pretendido manipular a la opinión pública ofreciéndole falsas esperanzas en un asunto que era una utopía. Él sabía desde un principio que su propuesta estaba abocada a la derrota. Hoy el desastre por ambas partes se ha consumado, nadie ha sabido estar a la altura de las circunstancias históricas (como sí han estado los políticos de Reino Unido en el caso de Escocia), y solo queda plantearse qué se puede hacer a partir del lunes cuando, como vaticinan todas las encuestas, una mayoría de catalanes, aunque sea simple, muestre su apoyo al sí a la independencia, aunque sea en una encuesta que no tiene más valor que las elaboradas por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

No se puede caer en el desánimo, en el pesimismo y en la manida frase de “esto no tiene solución”. Aún quedan vías y propuestas por explorar que podrían calmar las aspiraciones soberanistas y mantener intacto la estructura del Estado español tal como se conoce desde hace quinientos años, ya sea en su forma de monarquía o república. Una de ellas es el federalismo, una solución que figura en el ideario fundacional del PSOE, por ejemplo, y que lleva aparcada durante décadas. Refundar el pacto constitucional, confiriéndole a España el carácter de entidad plurinacional y otorgándole a las comunidades históricas (véase Cataluña y País Vasco) el rango de estados federados asociados, en la línea de los Estados Unidos de América. De esta manera Cataluña podría gozar del estatus de nación soberana, con sus propias leyes de autogobierno, sistema fiscal propio, lengua exclusiva catalana e incluso selecciones nacionales deportivas. A cambio, seguiría asociada al Reino de España bajo el paraguas de Estado federal y en la Unión Europea. El tiempo de los parches inútiles y los discursos retóricos se ha agotado. Es la hora de afrontar la realidad con espíritu crítico y sin miedos. Más de dos millones de catalanes apuestan por la independencia y el Estado español ha mostrado grietas profundas tras los casos de corrupción en sus instituciones más importantes. No cabe otro camino pues que emprender la vía federal, caminar hacia una reforma en profundidad del modelo territorial instaurado en la  Constitución del 78. El problema es que, al igual que hay una España progresista que encara los problemas y busca soluciones para amoldarse a los retos del siglo XXI, hay otra España rancia, inmovilista, anclada en principios casi teocráticos como el de la indisolubilidad de la nación española. Un caso muy parecido al de la Iglesia católica, que lleva dos mil años de existencia sin modificar un ápice su doctrina para adecuarse a los nuevos tiempos. Esa España atávica y ultraconservadora, esa España fanatizada y poseída aún por el recuerdo del franquismo, es la que impide avanzar a la España democráctica y moderna, como viene sucediendo a lo largo de tantos siglos en nuestro país. De manera que seguimos lastrados por el viejo dilema de las dos Españas. Y lo que es aún peor: corremos el riesgo de volver a cometer los viejos errores del pasado.

Luis Sánchez

Viñeta: Luis Sánchez

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