Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 19, Opinión
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Esperando al nuevo Hammurabi

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

La Justicia no comenzó en Hammurabi, un rey babilonio conocido porque ordenó imprimir en una estela, una recopilación de leyes que tenían como origen la ley del Talión, una doctrina cuyo eje normativo se basaba en el ojo por ojo y el diente por diente, en definitiva en una forma de castigo proveniente de los ecos de la venganza.

Conocido como el Código de Hammurabi y datado en el 1760 AC, este conjunto de leyes, no es, ni de largo, el más antiguo (existe alguno anterior al 2000 AC), pero sí destaca como el más desarrollado para la época. Como ocurre con todos los pioneros, la fama le sobrevive al babilonio gracias también al excelente estado de conservación de la estela. Quizá hubo otros, códigos y reyes, más precisos, menos crueles, pero lo que no deja huellas en la Historia no parece haber existido.

No se me antoja Hammurabi, visto desde el presente, un tipo condescendiente sino más bien todo lo contrario, un monarca tan absolutista como la mayoría, ocupado primero en preservarse y después de gobernar acompañándose del terror como mecanismo de sometimiento. La realeza y el despotismo, incluso la barbarie, hasta épocas no demasiado lejanas, siempre han ido de la mano. Aquella transposición que hiciera Hammurabi de lo verbal hacia lo escrito, supuso un escalón convivencial evolutivo porque la escritura permite que la transmisión generacional se dé sin la distorsión de la tradición oral, siempre maleable por la imaginación.

Pero la Justicia,  su concepto, aunque el término tenga una etimología romana, no nació tampoco con Hammurabi. Su génesis se debe remontar, y especulo, a los primeros asentamientos humanos, donde la vida en colectividad se debió ver necesitada de autoridades que dirimieran las diferencias intrínsecas a la diversidad de comportamiento de los individuos. Sociedades más con un concepto punitivo que regenerador de aquella Justicia embrionaria.

Debieron surgir en aquellas colectividades, y sigo especulando, los primeros jueces y fiscales, o sus figuras homónimas, que casi con la misma seguridad debieron también ser nombrados por los jefes de aldea en función no sólo de sus cualidades moderadoras sino también de la afinidad, incluso de la dependencia hacia ellos. Para que si surgía algún conflicto de intereses que pusiera en entredicho su poder, no olvidaran a la hora de fallar, a quién le debían el puesto. Aquellos nombramientos caprichosos fueron, o lo supongo, la primera injerencia del poder legislativo en el judicial.

No parece haber evolucionado demasiado la especie desde aquellos asentamientos neolíticos porque la misma injerencia se sigue produciendo en la actualidad sin ningún disfraz, sin ningún rubor, con la misma insolencia.

Aterrizando en este atacama de la dignidad política en el que ha devenido esta España más tuya que mía, cabe significar que la entronización de la democracia no sirvió tampoco para regular esta práctica entrometida pese a que la estela de 1978, en una de sus inscripciones hace alusión a la separación y la independencia de los poderes, de los tres. Letra solamente, letra destinada a figurar como emblema ficticio de una sociedad que se presenta como justa cuando en realidad el artículo constitucional de referencia sólo aspira a maquillar esa tendencia de las élites a no entorpecerse entre ellas.

En virtud de este comportamiento ancestral, los dos partidos que se han alternado en el poder desde que la versión española de la democracia se consolidó a primeros de los 80, han venido escogiendo qué jueces y fiscales deciden, en última instancia quién pringa y quién luce. PSOE y PP, no precisamente ahora por ese orden, han impuesto a sus afines ideológicos en el TC, en el CGPJ y en otros órganos de decidir y de medrar judicialmente, para que como aquellos primeros hombres de bien de las aldeas neolíticas, no olviden tampoco a quién le deben el cargo, qué mano alimenticia no deben morder.

Y así transcurrimos, con la balanza de la Justicia trucada, escandalosamente decantada hacia los mismos, sin visos de que esos mismos implementen un verdadero igualitarismo en el tercer poder. Navegamos entre parches, pactos, cuotas, reparto de togas y birretes, códigos éticos con manchas de vino y continuos bandos públicos llamando a la transparencia opaca por parte de los dos mismos partidos.

Y como actúan con la misma impunidad de siglos, como se comportan con parecida arrogancia hacia el modesto, como se producen como si nunca fueran a dejar las poltronas, el pueblo ha comenzado a decir basta y ha elevado a la categoría de mito por venir a un nuevo Hammurabi con coleta que se suele aparecer con una estela virgen bajo el brazo con el objetivo de cincelarla entre todos.

Un millar o más de sicarios a sueldo de lo establecido anda con una daga al cinto para darle muerte figurada a ese nuevo Hammurabi. A la salida de cualquier Senado. Al primer traspié.

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Artsenal

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1 Kommentare

  1. Pues sí: incluso hoy en día tendemos a confundir “justicia” con “venganza”. Cuando veo en los medios a esos grupos de gente rodeando a los imputados en algún caso, llevando pancartas y gritando, no puedo evitar preguntarme quiénes son para “administrar muerte o juicio”, como diría Tolkien…

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