Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 18, Opinión
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Cataluña y el Pequeño Nicolás

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

Ahora resulta que el Pequeño Nicolás, ese inocente querubín que se movía como un pececillo en el agua por las cañerías sucias del PP, también mantenía oscuras relaciones con el enfangado Oriol Pujol. Cuenta la press que la criatura llegó a ofrecerle al quinto hijo del clan ferrusoliano un trato de favor en el juzgado a cambio de que le pasara información comprometida sobre Esquerra Republicana de Cataluña. Qué chiquillo éste tan travieso. Te despistabas un momento y te robaba un selfie o te venía con un contrato en Filipinas o te arreglaba Cataluña en un pestañeo. Siempre estaba en la pomada el nene. No ha habido acontecimiento histórico en la España de los últimos años que no haya pasado por su pequeña Nikon y sus manos adolescentes y muñidoras.

La historia de las turbulentas relaciones seculares entre España y Cataluña, desde los Reyes Católicos y aquello, iban necesitando ya de un hombre así: decidido, ágil, intrépido. Alguien como el Pequeño Nicolás. Desde los Austrias a los Borbones, pasando por dictadores y demócratas, nadie ha sabido o querido resolver el problema catalán, la cuestión, el conflicto, como dicen los soberanistas. Hasta que ha llegado él con su nuevo estilo de neopijo remilgado y redicho de colegio mayor. Lo de la independencia de Cataluña es una minucia para el Pequeño Nicolás, eso lo arregla él en un minuto con cuatro dosieres secretos y unos tejemanejes en la sombra. Solo el Pequeño Nicolás puede impedir que España se rompa en estos momentos de ébolas nacionalistas, solo un lumbreras como él, parido cada quinientos años, puede evitar lo inevitable, el destino trágico y fatal de esta España agónica y bostezante. El Pequeño Nicolás es la perla ultimísima de la inmunda cantera política española, lo más de lo más, el puto amo. El Pequeño Nicolás le ofrece a Artur Mas un ministerio en Guinea Ecuatorial y problema secesionista resuelto. Ni Mariano, ni Pedro Sánchez, ni Pablo Iglesias, ni federalismos, ni terceras vías, ni hostias. Si el chico se pone, se pone, y arregla Cataluña con cuatro telefonazos bien dados. Angelito de candidez diabólica, monaguillo ensotanado de Hugo Boss, James Bond de las FAES, tú sí que has sabido montártelo, trabajártelo, trepar por las alcantarillas del partido. No perdamos más el tiempo con ministros incapaces de calvas frailunas. Mandemos de inmediato a Barcelona al atrevido y descarado Pequeño Nicolás para negociar con Artur Mas, con Oriol Junqueras, con la vieja bruja Ferrusola, si es necesario. Pasemos ya del nulo, improductivo y anticuado Rajoy, siempre sesteando en su concha monclovita, siempre aferrado a su estéril constitucionalismo centralista, rancio, barato. En esta España de Far West, de alcaldes cuatreros y folclóricas bandoleras, hace tiempo que ya no necesitamos leyes, ni decretos, ni estatuts de autonomía. Nos sobra y nos basta con las maniobras orquestales en la oscuridad de este renacuajo envarado del lodazal hispánico que ha movido medio país con su tonto smartphone. Ay el Pequeño Nicolás, crupier del tarjeteo black, chico de los recados de la Cosa Nostra madrilota. Él sí que controla todo el tema, corta más bacalao que la Cospe, más que Soraya, más que Felipe VI, que no se entera cuando el chaval se cuela en la Zarzuela y anda zascandileando por ahí, por los salones de palacio, como Pedro por su casa, y cualquier día se sienta a la mesa a jugarse un parchís con Leonorcita. Lo digo aquí y ahora, qué pasa, y lo pongo por escrito si hace falta: tras quinientos años de guerras secesionistas, el Pequeño Nicolás es nuestro hombre, el factor humano perfecto para arreglar España y sus agrios nacionalismos. Porque además el muchacho es un patriota, a ver si no, y siempre mira por el interés de España al 3 por ciento. Primero la patria y luego la mordida en reservados discotequeros; primero la rojigualda y luego el pelotazo entre Pinto y Valdemoro; primero el país y luego el descanso del guerrero, a ser posible con La Pechotes, faltaría plus.

Él, el Pequeño Nicolás, mugrosillo cachorro de la camada gurteliana, lo hace todo por el bien de España, y si lo mandamos a Barcelona como agente doble con maletines llenos de billetes, pactos fiscales, transferencias y dosieres seguro que hace de Artur Mas un converso españista. Jesucristo eligió doce apóstoles y uno le salió rana, pero es que a Espe Aguirre la ha salido un estanque entero, por mucho que ella diga. Hombres granados de vicio y alcaldes puteros por doquier. Y encima el Pequeño Nicolás, que va por ahí arreglando España. O dando por saco, el niño.

José Antequera

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Adrián Palmas

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