Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 19, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla / Ilustración: Lombilla

Estimado Gurb:
Como sé que te interesa mucho la situación de la Justicia en España, para informarte bien me he ido a hablar con ella. Y no te puedes ni imaginar el mal rato que he pasado… Te cuento:
Cuando la encontré estaba apoyá en el quicio de la mancebía judicial mirando encenderse la noche de mayo y sonriendo a los hombres que pasaban. Yo paré a su puerta el caballo y le hablé.
―Buenos días, Serrana. ¿Me das candela? ―le dije, como para romper el hielo.
―¡Gaché! ―me dijo con descaro ella―, ven y tómala en mis labios que yo fuego te daré.
Figúrate, Gurb, yo estaba azoradísimo. No obstante, y por no hacerle un feo, dejé el caballo y ella me dio lumbre.
―Tus ojos son dos verdes luceros de mayo pa mí ―me dijo mientras acariciaba con desparpajo (¡Virgen del Amor Hermoso!) el periné a varios ex ministros, al parecer clientes asiduos―. Ojos verdes, verdes como la albahaca, verdes como el trigo verde y el verde, verde limón. Ojos verdes, verdes ―continuó, bastante reiterativa, la verdad―, con brillo de faca, que se han clavaíto en mi corazón…
Aprovechando que un par de banqueros también habían requerido sus servicios, yo le trasladé la inquietud que hay en la ciudadanía por el doble rasero con el que se sospecha que se aplica la ley.
―Pa mí ya no hay soles, luceros ni luna, no hay más que unos ojos que mi vida son ―dijo, con una habilidad extraordinaria, demostrando tener unas dotes especiales para vocalizar con la boca llena (qué digo llena… ¡llenísima!).
En fin, cuando los banqueros se fueron, yo le pregunté por la separación de poderes. Pero, en ese momento, llegó un aristócrata y ella no tuvo más remedio que atenderle, claro.
―Vimos desde el cuarto despertar el día y sonar el alba en la torre la vela ―dijo la Justicia en tanto que el aristócrata la cabalgaba con firmeza no exenta de cierta elegancia. Desde luego se notaba su buena educación.
―El Consejo General del Poder Judicial adolece de sumisión al poder legislativo ―insistí―. ¿No cree que Montesquieu ha muerto?
―Dejaste mi brazo cuando amanecía y en mi boca un gusto a menta y canela ―dijo ella mientras despedía al satisfecho y extenuado aristócrata.
Como la Justicia hacía claramente oídos sordos a mis demandas, pues mientras yo le preguntaba ella ya estaba untando con nata montada a un miembro de la Comisión Mixta del senado para las relaciones con el Tribunal de Cuentas, yo intenté atraer su atención.
―Serrana ―le dije, ofreciéndole algunos euros―, para un vestido yo te quiero regalar…
―Está cumplío no me tienes que dar ná…―cortó ella al tiempo que lamía, con bastante profesionalidad, las cosas como son, la nata montada del miembro ése.
Y ya, como vi que poco podía yo hacer allí, decidí subirme al caballo e irme. Así que, Gurb, hijo mío, si quieres saber algo de la Justicia, te vienes tú y le preguntas, que yo no tengo estómago para ciertas cosas. Hala.
Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

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