Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 18, Opinión
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Carta a Gurb

Por J.L. Castro Lombilla / Ilustración: Lombilla

Estimado Gurb:
No puedo revelarte mis fuentes, pero créeme porque esto que te voy a contar es verdad. De hecho, es todo un drama: un drama en un acto (electoral) contra natura. En fin, pues resulta que vieron en una hostería a Mariano Rajoy sentado a una mesa escribiendo un SMS de apoyo a Rodrigo Rato, a Bárcenas, a Francisco Granados y a otros cincuenta y ocho mil trescientos cincuenta y seis compañeros imputados por corrupción, cuando por la calle pasó un coro de independentistas coñazos gritando: «¡Visca Catalunya lliure!, ¡el Estado español caca!, ¡en Cataluña se ata a los consellers con butifarra!, ¡La Moreneta es más virgen que La Macarena…!», y otras bonitas consignas en favor de la consulta soberanista.
—¡Cuál gritan esos malditos! Pero, ¡mal rayo me parta si en concluyendo el SMS no pagan caros sus gritos! —dijo, muy enfadado, el presidente del Gobierno.
—¡¡Visca Catalunya lliure!! ¡¡Visca el tres por ciento lliure!! —siguió gritando, erre que erre, el coro de independentistas coñazos desde la calle.
—¡Cuidadito conmigo! —les replicó, airado, el presidente—. ¡Que yo por dondequiera que fui la razón atropellé, los impuestos subí, a la justicia burlé y a los trabajadores vendí…! ¡Yo a las cabañas desahucié, yo a los palacios beneficié, yo a los claustros eximí (de pagar impuestos, se entiende), y en todas partes dejé memoria insulsa de mí!
Entonces, como quien no quiere la cosa, por la puerta entró Artur Mas vestidito de monja con una barretina encima de la toca.
—¡La urna es bona, si la bolsa sona…! —dijo, el Molt Honorable Coñazo, mientras se sacaba una enorme urna que tenía escondida en el refajo que llevaba debajo del hábito para moverla después, como si fuera una hucha del Domund, delante de las narices de Rajoy. Y lo hacía con bastante garbo y salero, las cosas como son. De hecho, Mariano Rajoy, ya sea por el garbo, o quizás por el salero, se quedó prendado de la belleza de Artur Mas. (Desde luego es que hay gente pa tó).
—¿Adónde vais, don Artur…? —dijo Rajoy, con los ojos encendidos de sincero amor.
—Dejadme salir de España, don Mariano —contestó, muy enfadado, Artur Mas.
—¿Qué os deje salir? Pero, si en España estáis bajo mi amparo seguro. ¡Cálmate, pues, vida mía! Reposa aquí —dijo, ajustándose las calzas y señalándo con picardía sus rodillas—, y un momento olvida de tu parlamento la triste cárcel sombría…
Receloso, Artur Mas se sentó en las rodillas de Rajoy pero sin dejar, eso sí, de mover la urna como si fuera una hucha del Domund delante de sus narices. Rajoy, por su parte, comenzó a declamar unos hermosos versos que le había escrito, por raro que pueda parecer, Cristóbal Montoro.
—¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor…?
—¡Pues no! —interrumpió Artur Mas. Después, saltó de las rodillas de Rajoy, se subió encima de la urna, se levantó el hábito y, con graciosas maneras de caganer, comenzó a ejercer su libertad de expresión.
Como Mariano Rajoy notó que allí ya no se respiraba tan bien, no tuvo entonces más remedio que desenamorarse de Artur Mas y, con lágrimas en los ojos y una mano tapándose la nariz, dijo:
—¡Llamé al Govern y no me oyó, y pues sus puertas me cierra, de mis pasos judiciales en la tierra responda el Constitucional y no yo!
En ese momento, al conjuro de aquella amenaza, apareció Oriol Junqueras vestido de payés escocés, contando chistes de andaluces y extremeños tontos y bebiendo vino del Penedés. Luego, el presidente de Esquerra Republicana y Coñaza de Catalunya se levantó las faldas muy ordinariamente para ejercer también él su libertad de expresión junto a Artur Mas. Y fue tanta la libertad de expresión ejercida, que dentro de la urna se produjo un milagro y germinó un hermoso árbol soberanista del que brotaron los Cien Mil Hijos de Pujol, todos muy lozanos, carnosos, trincones y rubicundos. Y nada más nacer, angelitos, todos dijeron:
—¡¡Visca la Suiza lliure!! ¡¡Visca la Suiza lliure!! ¡¡Visca la Suiza lliure…!!
Entonces pasó lo que siempre pasa en estos casos, Gurb, que llegó don José Zorrilla, dijo: «Fin del drama», y la cosa se acabó.
Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

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