Artsenal, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 19, Opinión
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Análisis: Capitalismo sin ley

Por Gil  Manuel Hernández Martí / Ilustraciones: Artsenal

En las modernas sociedades de mercado el cuerpo legislativo, el marco jurídico y las instituciones de justicia sirven a un mismo y principal fin: la reproducción continua y ampliada del capital. Suena muy crudo y provoca una sensación de desamparo, pero básicamente funciona así. Cualquier iniciativa, propuesta o política orientada a dificultar el libre movimiento del capital tenderá a ser contrarrestada con la ley, una ley hecha para y por los más poderosos, una ley que, paradójicamente, persigue en última instancia la ausencia de ley para el capital y la sobreabundacia de normas para los que lo cuestionan o combaten. Se trata de un doble rasero históricamente recurrente: normas numerosas y opresivas para los peor situados en la relación de fuerza, vía violencia estructural establecida por el capital, y ausencia de regulación para los poderes económicos desbocados.

De hecho la agenda del neoliberalismo, que comenzó a desplegarse a finales de los años setenta como reacción a las concesiones que el capital hubo de hacer, mediante la creación de los Estados del bienestar, para evitar procesos revolucionarios en Occidente, se fue instaurando a gran escala mediante una progresiva desregulación de los controles públicos que entre 1945 y 1975 lograron el milagro de un capitalismo más social, keynesiano y sometido al imperativo del interés general. La descomposición del bloque socialista aceleró el proceso y envalentonó a la vanguardia del capital, compuesta por las grandes empresas transnacionales, la banca global, el creciente capital especulativo asociado a fondos de inversión, las facultades de economía ortodoxa, las escuelas de negocios y los grandes organismos económicos internacionales como Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio, todo ello bajo la inspiración ideológica de determinantes grupos de presión como el Foro Económico de Davos, la Trilateral o el club Bilderberg.

Y tanto fue el cántaro a la fuente, que la progresiva desregulación del capitalismo, cada vez más libre de frenos y controles, acabó pasando factura. Ya lo avisaron una serie de crisis financieras que afectaron a Asia en 1997-1998, así como las quiebras de algunas empresas de alta tecnología, el colapso económico de Rusia y el Brasil, o la crisis del “corralito” en Argentina, además del impacto económico que causaron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Por si fuera poco, durante los años ochenta y noventa el mercado de hipotecas norteamericano se vio impulsado por medidas de los gobiernos neoliberales que elevaron los límites de los préstamos que se podían solicitar y redujeron los requisitos para hacerlo. Varias nuevas iniciativas desreguladoras del sistema financiero –de nuevo la ausencia de ley para los más fuertes– permitieron la formación de enormes conglomerados de servicios financieros ávidos de actividades bursátiles en áreas que nada tenían que ver con su negocio. Así, animados por el gobierno norteamericano, los bancos de inversión ampliaron sus mercados de capital comprando arriesgados créditos subprime (de alto riesgo) a los agentes hipotecarios, que ante el anzuelo de las comisiones aceptaban hipotecas inmobiliarias con una entrada reducida o nula y sin validación de los créditos. A partir de aquí, y ante la vista gorda de los que deberían haber embridado un capitalismo salvaje, se generaron complicados y explosivos paquetes integrados con los que se especulaba imprudentemente, mientras las agencias de calificación, como Standard & Poor’s, Moddy’s o Fitch, redactaban buenos informes de estos bancos, haciendo creer que todo iba viento en popa.

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Hay que añadir que, pese a el continuo descenso de salarios desde final de los años ochenta, y ante de la contracción de la demanda, ésta se estimuló mediante una amplia oferta de crédito fácil para el consumo, como forma artificial de potenciar éste y la demanda de productos de todo tipo, también de los inmobiliarios. Todo valía para relanzar los negocios y la ley no debía obstaculizar las buenas perspectivas. De hecho, los años ochenta estuvieron marcados por un cambio en las relaciones de fuerza, tanto entre países ricos y pobres, como entre capitalistas y asalariados, hasta el punto que hubo transferencias masivas de capital del Sur empobrecido al Norte rico, mediante el mecanismo de la deuda externa, y un incremento en la extracción de plusvalía a los trabajadores de los países desarrollados, como demuestra el hecho de la continuada caída de la parte de los salarios dentro del producto interior bruto, que tuvo el contrapunto en la espectacular recuperación de la tasa de beneficios de los grandes capitalistas entre el 1980 y 2006. Como resultado, la población más empobrecida o precarizada incrementó su endeudamiento, mientras que los más ricos intensificaban los gastos suntuarios e invertían en nuevas operaciones especulativas. Por ello, cuando se acabó resintiendo la endeudada economía de los consumidores, con bajos salarios y unas condiciones laborales cada vuelta más desfavorables, los problemas se acentuaron.

A mediados 2007 la máquina especulativa financiera se bloqueó cuando la Reserva Federal norteamericana subió los tipo de interés para hacer frente a la inflación y a las señales de alarma emitidas desde el arriesgado mecanismo de financiarización desarrollado, ya que una masa creciente de deudores empezó a tener dificultades para desembolsar sus préstamos. Así, la cadena alimentada por bancos, fondos de inversión y agencia calificadoras, con el visto bueno desregulador de los gobiernos neoliberales norteamericanos, se rompió y eso causó, en última instancia, el hundimiento del sistema. El capitalismo sin ley conducía, literalmente, al caos, mientras la desprotección y la incertidumbre se extendían por las sociedades occidentales, donde la crisis se propagaba a gran velocidad. Enormes conglomerados implicados en el negocio hipotecario y de derivados, como Lehman Brothers, Merrill Lynch, Goldman Sachs, J. P. Morgan, Citicorp, Morgan Stanley, Fannie Mae y Freddie Mac, se declararon en quiebra, por lo que que el gobierno federal debió nacionalizarlos o rescatarlos con dinero público. Igualmente sucedió en el resto de grandes economías europeas, aunque los generosos paquetes estatales de rescate evitaron que los insaciables peces gordos implosionaran, al tiempo que apenas se hizo nada –otra vez la ley ausente– para que los causantes del desastre pagaran por sus culpas. Antes bien salieron airosos y con más fuerza para alimentar la nueva burbuja de la deuda pública, que terminó por hundir todavía más los restos del Estado de bienestar.

Por lo tanto, bien se puede afirmar que la causa última de la horrenda crisis que todavía padecemos responde a una irresponsable desregulación de la economía mundial, cada vez más desconectada de la economía productiva. Fue, pues, este marco de capitalismo sin ley, en el que los bancos se convirtieron en las principales fuentes de alimentación de la especulación, de las burbujas inmobiliarias, de la inversión en paraísos fiscales, e incluso de actividades ilícitas e inmorales, el que ocasionó que la actividad productiva de las empresas que creaban empleo fuera cada vez más escasa y cara, a diferencia de la adscrita a la especulación.

Como era de esperar, el elevadísimo coste de la ley ausente lo acabaron pagando los contribuyentes, lo que, como hemos indicado, hizo que se dispararan las deudas públicas de los estados, lo que a su vez propició una fortísima campaña de recortes de gastos sociales y de masivo desmantelamiento de los restos del estado del bienestar. Las protestas sociales no se hicieron esperar, tanto en los Estados Unidos como en Europa, dando lugar a nuevas formas de movilización y reivindicación populares como Ocupy Wall Street en los Estados Unidos, el Movimiento 15-M en España o la ola de huelgas generales en Grecia. Entonces la ley ausente para controlar a los ricos reapareció en forma de durísimos mecanismos represivos destinados a acallar los millones de voces que se alzaban clamando justicia.

Como consecuencia del estallido de la crisis financiera en 2008 el mundo entró en una nueva gran depresión o gran recesión, poniendo en evidencia no solos los límites del neoliberalismo, sino de las promesas de redistribución de la riqueza del mismo sistema capitalista. En realidad, la crisis no hizo más que expresar el bloqueo recurrente de los flujos sistémicos de capital. En el fondo, como sostienen varios especialistas en el tema, la crisis de 2008 ha puesto bajos los focos a un sistema capitalista en crisis terminal, más egoísta e implacable que nunca, un sistema que en su loca huida hacia adelante no cesa de buscar nuevas formas de exprimir beneficios y de recomponerse, a costa de derribar los estados del bienestar y fomentar economías aún más rabiosamente desreguladas, lo que se está consiguiendo mediante una dura presión de los principales agentes económicos del sistema sobre el mundo de la política y la democracia. Eso se hace ya de manera abierta y clara, dejando al descubierto la verdadera naturaleza totalitaria de un capitalismo depredador y voraz. Por ello parecen emerger políticas que combinan el neoliberalismo más autoritario con fórmulas tecnocráticas de gestión política, en detrimento del control democrático sobre una economía capitalista definitivamente desbocada, muy agresiva y causante del incremento de la polarización social por todo el planeta. En suma, vivimos cada vez más en un mundo sin ley y sin control sobre las feroces fuerzas del capital. Como en el mítico y salvaje Oeste, donde la última frontera fue siempre una mayor explotación de la naturaleza y el ser humano.

Gil-Manuel Hernández

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