Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 19, Opinión
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Alegoría

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Dicen que la ocasión la pintan calva pero créanme si les digo que a la Justicia también. O así debieran pintarla, como una afable y adiposa matrona, de andar lento y torpe, calva de tanto mesarse las greñas, de paliar su impotencia a base de tirones de guedejas, como una moza mancillada que va de boca en boca, de casa en casa, de ley en ley.

Sé de lo que les hablo. Desde bien chiquitita me vistieron con una túnica blanca (porque quien juzga no ha de tener mácula), me pusieron una venda en los ojos (para no confiar en falsas apariencias y asegurar la imparcialidad) y me obligaron a sostener una balanza (para medir las acciones) y una espada para hacer cumplir la ley. ¡Ay mísera de mí, qué equivocados estaban Horapollo, Alciato y Cesare Ripa! Con tantas trabas burocráticas y embelecos jurisconsultos ni atino a recordar la cantidad de caídas, tropezones, restregones en el barro que he tenido que padecer, de modo que la clara, limpia y nívea tela que me cubría ha pasado a ser un andrajoso trapo raído. La venda no ayudó, desde luego. Las condiciones laborales eran pésimas, los platillos de la balanza estaban rotos de tanto golpe y tanta apelación, y por más mandobles que asesté para hacer cumplir la ley solo atiné a darle a un grupo de infelices que no podían viajar a Suiza para librarse de mi espada.

Algunos jueces intentaron ayudarme pero terminaron investigados o acusados, pobres obreros de la justicia, inundados de dosieres, otros empoliticados. Y encima todo el mundo echándome la culpa a mí. He vivido tal infierno que me he ido, lo he dejado, puse en mi lugar una gitanilla de esas de tienda de souvenirs y me largué. Lo que más me preocupa es que de esto hace ya tiempo y nadie parece haberse dado cuenta.

Como estoy en el paro y hasta el moño de tanto cordojo voy a seguir un consejo propio del mismísimo Confucio: ¿tú tienes vida? Pues cómprate una vida. Así que dispuesta estoy a permutar mi alegórica existencia por otra menos frustrante. El funcionario que me atiende me ofrece una vida de saldo, un auténtico chollo, según él. Leyendo el expediente, es la existencia de una folclórica retirada con fincas y niños criados, saludable vida sentimental, y un affaire con alcalde marbellí que la había metamorfoseado de viuda de España a amante bandida y juntitos de la mano habían paseado su amor por las calles y las cámaras susurrándose amorosamente dientes, dientes, que es lo que les jode. Y como sonreían tanto decidieron hacerse un blanqueamiento dental, pero se les fue la mano y acabaron blanqueando más cosas… ¿Lo ve? Una auténtica ganga dice el hombre lanzándome una mirada ratonil y aliento de alcantarilla. Miro atentamente y veo una anotación con fuente Arial tamaño 8, a mí con letras pequeñas, yo que me las he visto con las peores tretas de artificiosos leguleyos… “actualmente la afamada artista continúa su carrera artística cantando en el coro de la cárcel de Guadaíra”. Lanzo una mirada torva al funcionario… a mí con trucos contractuales. El funcionario carraspea: No se enfade mujer, cómprese ésta, parece del miembro de una ONG que trabaja con inmigrantes, fíjese lleva trajes negros, tarjetas black y dinero en B. Nada racista. Ríe por lo bajini. No me mire así, si no nos lo tomamos con humor… además esta vida es mejor de lo que parece porque podrá disfrutarla durante décadas y solo al final la cogerán, unos meses en la cárcel como una reina y listo. Ya sabe cómo va la justicia. Fue oírle decir eso y se me han revuelto las tripas (no sé si las alegorías tenemos semejante cosa, pero créanme que algo se me ha revuelto). Vuelvo a los juzgados, está decidido, pero eso sí, nada de vendas, unas buenas google glass para que no se me escape nada y un bono para el gimnasio que hay que agilizarse.

 

 

Carmen Fernández

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LaRataGris

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