Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 16, Opinión, Tonino Guitián
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Soy un asesino, pero no un criminal

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La primera vez que delinquí fue a los nueve años. Robé dinero del monedero de mi madre. Al menos es lo que dije al cura al confesarme por primera vez. Y lo dije porque tenía que confesarme por cojones para ir limpio a recibir el cuerpo de Cristo. Como yo ya iba limpio, tuve que inventarme esa idiotez. Entre todos los mandamientos, el de no robarás me parecía el más adecuado de transgredir en la pubertad.

“¿Cuánto dinero has robado?” –me sorprendió el cura al calibrar el pecado, porque no es lo mismo robar cien que mil. En los mandamientos no especifican la cantidad, así que dije lo primero que me vino a la cabeza: “Dos pesetas” ¿Qué esperaba conseguir con esto? ¿Que el cura me mandara a tomar por culo y que me dijera que uno va a confesar otras cosas como crímenes o desear a la vecina que deja la ventana entreabierta? Pues no: el cura lo tomó en consideración y me mandó como penitencia tal cantidad de Ave Marías que yo lo consideré abusivo, más aún cuando el pecado era inventado. Me abstuve de rezar porque seguro que a la Virgen le parecería fatal que me arrepintiera de una cosa que era falsa.

Fue en aquel momento, vestido de blanco, con un rosario y el misalito Regina entre las manos, cuando me di cuenta que decir la verdad es el auténtico pecado. Y mortal. La verdadera delincuencia no es rajar a un tipo y llevarse su cartera, porque una cosa son las leyes y otra muy distinta la ley natural que manda el siguiente axioma: si “dices la verdad” es porque hay muchos interesados en que no la digas. Decir la verdad no es hablar del tiempo, o proyectar un viaje o contar qué has hecho hoy a tu novia; eso es hablar sin más. Decir la verdad es un pecado en contra del interés normal de la sociedad y, si lo haces, has de atenerte a las consecuencias. Decir la verdad es preferir liberar a Barrabás a que liberen a Cristo.

En la vida real, si matas a alguien y no lo dices, la ley comprende que te estás protegiendo a ti mismo. Es mejor confesar, pero tu abogado te dirá que no lo hagas porque tienes derecho a permanecer en silencio y que busquen otros la verdad. Si, además, te has preocupado de borrar las huellas, se comprenderá que no hay pruebas y, sin ellas, no hay delito. Así que una vez concluido que es mejor para todos que mientas, no es muy difícil comprender que también es mejor para todos que robes e incluso que mates. ¿Una barbaridad? En absoluto.

Hace unos años interpreté un papel en una obra de teatro en la que el protagonista mataba a un tipo en un acceso de cólera, por un motivo absurdo le había quitado el turno en el cajero automático. “¿Y ahora qué vamos a hacer?” –decía su esposa. “Nada. No me vio nadie, no había nadie, nadie puede culparme y además me quedé con su cartera para que pareciera un robo.” Así inicia una serie de asesinatos por los motivos más absurdos: por una mala palabra, por un gesto. “Soy un asesino” –confesaba aquel hombre– “pero no soy un criminal.” Y en efecto, como la vieja pregunta filosófica del árbol que cae sin que nadie lo oiga ni lo vea, si no hay testigos, los hechos no ocurren para los demás. “Preferiría que no me lo hubieras contado.” dice la esposa. Los gestores piensan lo mismo: si un hecho contable es erróneo y nadie se da cuenta, no ocurre nada. El día que ocurra, ya veremos si se paga una multa o si realmente pueden demostrarlo. Además, la economía es suficientemente complicada para que se tome en serio las leyes. Son una pequeña molestia que viene con la riqueza, un grano en la cara de la prosperidad. Si un banquero entra en bancarrota, ¿cuántas personas se verán perjudicadas? ¿Y un político, a cuántas personas –recordemos las palabras de Pujol– puede hacer caer si se mueven las ramas del árbol? ¿Conviene eso a la mayoría de la gente? ¿No generaría una revuelta social? Quizá no, porque todos, en mayor o menor medida, con misalito o con el libro de Derecho Penal en la mano o incluso con el juramento de la Mafia, nos vemos forzados a mentir por las, sus, nuestras, vuestras circunstancias. Es lo que se llama sociedad, o también crimen organizado.

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