Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 16, Opinión
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Solo dos palabras

Por Luis Sánchez / Viñetas: L. Sánchez

“¡Por rojo y por maricón!”. Y tras el juicio sumarísimo (suma y sigue), una bala salió del tenebroso cielo, hizo la señal de la cruz y fue a incrustarse en el cuerpo del poeta, cuerpo que cayó, junto al de otros tres –un maestro de escuela y dos banderilleros–, para quedarse dormido eternamente en tierra extraña. Descansen en paz –en la paz del Señor, del señorito y del señorón– los que poseen alma universal y morada errante.

Tres eran tres las hijas de Elena: Juan, Perico y Andrés. Nada por aquí, nada por allá. Y para memoria histórica, la retórica del borrón y cuenta nueva. Barrancos y cunetas; cunetas y barrancos, ¿quién da más?

Ahora repasemos los grados del adjetivo calificativo (el que valora, el que juzga): positivo, comparativo y superlativo. Y –seamos constructivos– quedémonos con el positivo; escojamos una palabra al azar, por ejemplo: marica. El diminutivo es mariquita y el aumentativo, maricón. Y bien –¡caso curioso!–, si queremos intensificar la ofensa, todavía podemos ir más lejos, tomando un aumentativo de aumentativo (o doble aumentativo): mariconazo. Hay sufijos que rematan la faena con una limpieza que da gusto.

No olvidemos que cuando un hombre llama a otro marica (palabra que procede de María, igual que marión), es decir, afeminado u homosexual, está también insultando, aunque de manera indirecta, a la mujer, ser al que considera inferior (dada su delicadeza, indecisión, fragilidad, temor, dependencia…, cualidades estas fijadas, previamente, por el santo varón).

¿Cuántas palabras hay en castellano –lengua riquísima en expresiones malsonantes; nada que ver con la exquisitez del japonés, pongamos por caso– que permitan, en su construcción, esa doble carga de oprobio? Pensamos, pensamos… y, en seguida, nos asalta la mente el vocablo cabrón, ¡ole, mi niño!, que en su segunda acepción significa “hombre a quien su mujer es infiel, particularmente cuando lo es con su consentimiento”, y en su tercera acepción, “el que soporta cobardemente las vejaciones a que es sometido”. Y bien, el masculino de cabra es cabro (del latín caper, -pri); el aumentativo de cabro es cabrón y el aumentativo de cabrón es cabronazo. También conviene aclarar que, por lo general, utilizamos cabrón como el masculino de cabra (y no como el aumentativo de cabro). ¡Hostias, menudo cabreo estoy pillando!

En un país, de orografía macabra, como el nuestro, en el que todavía abundan (¡más tonto que Abundio!), abundan -digo- machos, machitos y machotes -y hasta algún que otro machirulo de pata negra-, no es raro que ciertas palabras estén en la punta de la lengua; ahora, mejor que estén en tan preciado apéndice que no en la punta de una pistola. Algo hemos mejorado: eso hay que reconocerlo. Pese a todo, para cierto sector de la población, el hombre sigue siendo el hombre, y un hombre es un hombre (esté donde esté), ¡bendita tautología!, y un hombre, ¿eh?, un hombre no llora: si es menester se traga las lágrimas (y los mocos, sean verdes o amarillos), porque para eso tiene lo que hay que tener: un par de cojones. Y los cojones –la corota: bolsa testicular; razón de peso, de peso mayor–, para qué negarlo, siempre se apoyan en la porra, en el sable, en el fusil, en el cañón… y, si es preciso, en una cruzada a sangre y fuego contra todos aquellos que socavan la sociedad, ¡contra los enemigos de Dios y de la patria! Por eso, los hombres que son hombres no temen dar su vida para defender la ley, la moral y el orden. Por los siglos de los siglos, báculo, mitra y amén. ¡Huuuuy, me estoy calentando por segundos!, ¡me lo noto, me lo noto!

En su cuarta acepción, la palabra cabrón significa: “persona malintencionada”. Y aquí el Moliner introduce la siguiente subacepción: “Se aplica como insulto violento a una persona contra la cual tiene el que se lo aplica graves motivos de irritación.” Y tanto, y tanto, ya lo creo. Claro, cuando te despluman como un pájaro bobo y, encima, te deshidratan el alma… Y ahí va él, míralo, el macho alfa, con su Alfa Romeo y Julieta a bordo… ¡St!, lo siento, vuelvo otro día: me acaba de entrar un subidón de leche que no puedo con él.

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