Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 16, Opinión
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Sin documentos

 

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

En el principio fue Schengen. Sin pasaporte y a lo loco, comenzó a llegar a España lo peor de cada casa. Antes de ese funesto tratado, las visitas de riesgo se reducían a hordas de turistas alemanes, ingleses y franceses, pasados de testosterona ellos y en celo permanente ellas; las giras de Madonna y sus sucedáneas, acompañadas cada una de sus respectivos cuerpos de baile; futbolistas de todo pelaje y condición, amén de algún ministro de Exteriores. También venía a veces el Papa, primero bajo palio y luego a pelo. El acuerdo, en cambio, abrió las puertas para que bandas organizadas de delincuentes invadiesen nuestro virtuoso país con muy malas intenciones. Porque hasta ese momento aquí no se delinquía, eso lo saben hasta los tertulianos. Si acaso, tuvimos problemillas aislados de racismo en la época de las conquistas americanas, con esos indios medio desnudos que no sabían ni hablar y ya no digo rezar, algunos piratas que actuaban por libre en mares y océanos cuando en nuestro imperio no se ponía el sol y, más recientemente, hace cuatro días, seis o siete émulos de El Lute, pobres robaperas que, por no tener, no han tenido ni su película ni una biografía que llevarse a los ojos. Claro, los gitanos siempre han dado tirones, eso es verdad, le hacían el puente a los coches y se iban sin pagar de los ultramarinos. Pero, a cambio, tocan muy bien la guitarra y algunos cantan y bailan. Y además, ellos no son españoles de verdad; ¿acaso no vienen del centro de Europa?

Esos tiempos ya no volverán y ahora el muestrario de extranjeros que llegan con una mano delante y otra detrás para llenarlas de mala manera es interminable. Para empezar, las temibles bandas albanokosovares, armadas hasta los dientes, formadas por ex militares fajados en las guerras de los Balcanes. Su especialidad es desmontar la sanidad pública para concederles los servicios más rentables a empresarios amigos. Al ministro o consejero autonómico que se niega a sus propósitos lo someten a terribles tormentos. El objetivo de los magrebíes, en cambio, son los consejos de administración de las grandes empresas. Ellos tienen la llave de las anheladas puertas giratorias: quien se resiste a pagarles la comisión exigida no se sienta en la mesa noble. La Comunitat Valenciana, siempre en cabeza, también puede presumir en este asunto. La banda urbana de los ñetas muda la ñ, inexistente en la lengua vernácula, por la j y se lanza a alcanzar su amplísimo objetivo de intereses apoyado en su capacidad de camuflaje, en verdad envidiable. Les interesan tanto las empresas de tratamiento de aguas como los aeropuertos desiertos, el reciclaje de basuras igual que la recalificación de terrenos edificables. Pasan por ser técnicos, asesores o concejales por su vestimenta impecable y de marca, pero debajo de la ropa sus tatuajes les delatan. Otros dos grupos destacados son los colombianos y los negros, pero de África. Los primeros son nuestros hermanos desagradecidos que se dedican a tirar de tarjetas opacas para pegarse la vida padre. Y los subsaharianos, además de vender droga, nos han regalado el Ébola.

Esta sangría hay que pararla cuanto antes. Hace falta un gobierno con mayoría absoluta que ofrezca firmeza frente a los malhechores, mano dura en el cumplimiento de la ley y luz y taquígrafos en su acción ejecutiva. No querría condicionar su voto. Me gustaría, eso sí, que lo meditasen, porque se empieza robando a viejecitas indefensas y se acaba saqueando una televisión. Antes de Schengen estas cosas no pasaban.

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