Fran Sevilla, Número 17, Opinión
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Sextuiteras, garrafón y rock’n roll

Por Fran Sevilla

En periodismo, todo se hace con un único fin. Llámenlo audiencia si nos encontramos en televisión y aunque los que puedan llevar las riendas de un programa no sean precisamente periodistas. Llámenlo visitas si lo que gestionan es una página web, por no hablar de los clicks en los banners porno si además llenaron su espacio digital consagrado a la libertad de expresión con contenidos de índole metafísica tales como vídeos de bebés, Pablo Iglesias rebatiendo a Esperanza Aguirre o si lo que ofertan en realidad es un servicio público que permite acceso en descarga directa y sin límite en el ancho de banda a la nueva película de Torrente, aunque yo brinde más bien por los psicópatas que subían a eMule fakes con películas de Pasolini camufladas con el nombre de una de Disney, o por los tarados que vas a bajarte la nueva novela de Lucía Etxebarría, sólo por joderla y porque en el fondo te pone verla libando fresas en sus fotos de Instagram, y lo que en realidad enlazaron fue un epub con ‘La broma infinita’. Ya que en realidad, esto lo sabes bien, los polvos más sucios de tu vida fueron siempre fruto del garrafón. Humo y azar. De aquella camarera colombiana con la tetas resultonas que de una botella de Cutty Sark extraía un líquido extraño que para nada tenía el color o la textura del Cutty Sark. Y Dios, bendiciéndote por una vez con su sempiterno complejo de culpabilidad judeocristiana, no querrá que recuerdes el nombre de esa camarera aunque sí sus tetas, en una de ellas tenía un tatuaje del Che Guevara. Ni tampoco querrá que recuerdes con qué mujer te fuiste aquella noche a la cama, cuando tu conciencia estaba demasiado nublada con aquel líquido que ni siquiera en sabor se parecía al Cutty Sark, y que como diría el maestro Krahe, no vayas a recordar su nombre, que la comprometes o te compromete. Pero en cambio, Dios sí querrá que recuerdes y ningún Cutty Sark de garrafón podrá borrar eso, a Alfonso Rojo ese mismo sábado llamando gordita a Ada Colau en La Sexta Noche, ya que se habrá convertido en un viral en internet contra el que no existirá vacuna posible, todo por la audiencia, el sketch cómico amplificado en cada portal de noticias online.

O todo por los lectores, si eres de los que en el bar de habituales, único reducto de paz donde uno puede seguir bebiendo gin tonics con dignidad y en vaso de tubo, cuando bajas a por la tostada y el café, te aferras al periódico y no lo sueltas. Además, la que tienen es la prensa local, la buena. En la que puedes leer a Rosa Palo y a José Daniel Espejo sabiendo que ambos placeres te posicionan por encima de cualquier madrileño, en cuyos periódicos, además, tendrán que soportar a Carlos Boyero despotricando sobre la última de Almodóvar. En otros bares más sofisticados, no de habituales, sí que encontrarás prensa nacional. E incluso extranjera, como el Sport. Periódicos igualmente manoseados, con sus respectivos manchurrones de aceite de las tostadas. A juego con la caspa y el pelo grasiento de muchos de esos directores de periódicos mediáticos que luego se embolsarán una pasta por opinar en cualquier canal de televisión. Ora sobre el ébola, ora sobre el cultivo de la patata. Pero cuyas nóminas no alcanzarán nunca, es importante resaltar esto, para comprar una buena marca de champú. O quizás no exista acondicionador que resista la aerodinámica de sus flequillos.

Champú con acondicionador como el que anuncia Iker Casillas, al que el otro domingo vi en televisión antes de un programa deportivo nocturno, programa que sintonicé esperando ver los goles de Leo el Messías. Pero Messi no debió meter ningún gol ese domingo, porque lo único que emitieron fueron las imágenes de una supuesta polémica con su entrenador. Mientras que el presentador del programa, con sonrisa de dentífrico, pelo engominado y ojos de adicto a las cosas que terminan en –ina, tales como la cafeína o las aspirinas, repetía que ellos no eran para nada imparciales, que todo lo hacían y se lo debían, ¿saben a quién? A la audiencia. Yo me pregunto, por ejemplo, porque no seguimos tirando cristianos, con o sin el ronaldo, a los leones. Esa cosa de los circos daba mucha audiencia en la época romana y se vendía hasta la última tinaja de vino. Y entonces, bajas a tirar la basura, aunque se te olvide echar en la bolsa el TDT. ¿Qué esperaban de alguien que bebe los gin tonics en vaso de tubo, salvo que siguiese usando una televisión también de tubo? Y te encuentras con un amigo que hacía tiempo que no ves, conversáis. Te invita a una cerveza, habláis sobre lo excepcionales que se veían las nalgas de Isabella Rossellini en Terciopelo Azul. Le preguntas cómo está de salud su madre, vuelves a casa y el televisor sigue encendido. Pero ahora quien sale es un tipo híper musculado, también con sonrisa de dentífrico y que seguro que tuvo que estudiar periodismo, tiene cara de periodista. Te dice que está ahí para desempeñar una labor humanitaria, que es enseñar a su audiencia a jugar al poker. Porque joder, en España hay un 90% de gente que no sabe jugar bien al poker, nos dirá con una profunda pesadumbre en su mirada. Podemos palpar su angustia existencial mientras se marca unos bailoteos. Sabiendo que ese hombre no se sentirá realizado hasta que tú también aprendas a jugar al poker, te bajes su aplicación, te inscribas y le des tu número de cuenta bancaria. En un gesto de confianza por su parte, que es como se cimentan las grandes amistades, el maromo incluso nos dará su twitter. Nos dice que le preguntemos lo que queramos por ahí, que él resolverá nuestras dudas sobre cómo gastar nuestro dinero jugando al poker en su aplicación, porque él no está ahí sino para ofrecer un servicio a los ciudadanos, una labor social.

Yo debo decir que una vez me hice una cuenta falsa en twitter, donde me comportaba como un periodista, un intelectual de esos que los domingos no siguen el fútbol. Pero no lo hice ni por la audiencia ni por los seguidores, algo que me dignifica. Lo hice por las sextuiteras. Con una de esas sextuiteras follé en la habitación de un hotel de Valladolid. Aunque no supe aprovechar mi instante efímero de fama, la cresta de la ola de los retuits para que me contrataran de tertuliano en 13 TV. Y a Mario Bergoglio pongo por testigo de que hasta hubiese renunciado al champú, estando dispuesto a dejarme crecer el flequillo. Pues yo, no seamos hipócritas, por un instante de fama, en pos del todo por la audiencia, hasta hubiese estado dispuesto a meterme a cura, y así poder presentar la misa televisiva de los domingos. Tuve una vez incluso un plan para alcanzar el éxito, que no era otro que convertirme en el frontman de una banda de rock experimental. En nuestro repertorio de canciones, fusilaríamos tema a tema cada uno de los cortes del Ok Computer de Radiohead, añadiendo también Creep para así tener un single adaptado para los 40, ya que el Grupo Prisa está siempre presente en mis oraciones. Total, en España la gente no escuchaba bandas británicas, nadie en el país, mucho menos en los 40 principales, se habría dado cuenta del plagio. El grupo se habría llamado Fran Sevilla y los masturbadores de niñas de Carmelitas. Un nombre, como vemos, con punch y gancho comercial. Que me habría llevado directo al plató del Sálvame invitado por Jorge Javier. Lo tenía todo estudiado, nada más acercarse él a decirme buenas noches, yo le habría respondido, you talking to me? con gesto de Travis Bickle en Taxi Driver, para a continuación propinarle un certero cabezazo. Con ello habría logrado mi objetivo, que no habría sido otro que aparecer al día siguiente en todos los programas de zapping nacional. Como en aquella otra ocasión en que mi gran amigo, el escritor mexicano Alejandro Hermosilla, preguntó a Lorena Berdún en un programa de Tele Madrid acerca del simbolismo sexual en La hora del lobo de Ingmar Bergman. Al día siguiente, logró aparecer en el zapping del Plus. Todo ese plan minucioso para alcanzar el éxito no supo tener en cuenta un único detalle que se me había pasado por alto. Y era que yo, ni sabía cantar ni tenía sentido del ritmo. Tuve que postergar, por tanto, mi cita con Jorge Javier y la consiguiente citación judicial por agresión, con agravante de prime time.

Y si he traído este tema a colación, es porque en el fondo da igual que lo llamemos todo por la audiencia, por los clicks, por los lectores o por los followers en Twitter. Al final no son más que eufemismos para referirse a una misma cosa, un todo por la pasta. Pero como somos una sociedad de alma caritativa cristiana, normalmente hablar de dinero suele estar mal visto. El poco sentido común que nos queda como sociedad además, sentido común que todo sea dicho, nunca ponemos de manifiesto cuando acudimos a votar a las urnas, nos dice que la única forma de llegar amasar grandes cantidades de dinero en esta vida, es heredándolo, con un braguetazo o con una ausencia total de escrúpulos. Decir todo por la audiencia, por tanto, significa que en pos de esa audiencia, uno está dispuesto a poner a tipos como Alfonso Rojo en antena. Pues saben que cuando se dirija a Ada Colau como gordita, cosa predecible en él, el perder las formas, siendo una parte que damos por hecha en su personaje y que además crea una determinada expectación en el público, ese fragmento del enfrentamiento entre ambos aparecerá luego en zappings, se convertirá en un viral en internet. Dando publicidad gratuita al programa, más audiencia, más anunciantes y por tanto más dinero. Imaginen por tanto la forma en que pudo quitarle el sueño a cualquier directivo de la Sexta que Alfonso Rojo denigrase a una mujer en antena. Se frotaban las manos.

No son más que las reglas del mercado. Podemos aceptar esas reglas, entrando nosotros también en el juego. O simplemente, resignarnos, y ver cómo otros juegan. Da igual que optemos por ser protagonistas o espectadores, el juego nunca se va a parar por nosotros. Un espectáculo despreciable, sí, pero en el que por suerte aún quedan unos pocos insurgentes como Jordi Évole o Javier Gallego, que tienen el valor y el arrojo de fijar sus propias reglas, apelando a la inteligencia y sensibilidad del espectador.

El resto, en cambio, disfrazará su miseria moral en forma de grandes ideales. Lo hacemos todo por la audiencia, sí, pero ofrecemos un servicio a la sociedad, no somos sabandijas, ¡somos útiles! No apagues el televisor. Y unos te dirán, ¡les permitimos evadirse! Mientras que Mercedes Milá te dirá, ey, Gran Hermano fue un experimento sociológico muy necesario, que incluso ha mejorado la genética del pueblo español, mientras apelan a un espíritu paternalista heredado del franquismo. Y si Lucía Extebarría se va a hacer el ridículo a un circo de chuloputas y fulanas en mitad de la jungla, siempre tendrá un hijo al que dar de comer, unas facturas que pagar, una excusa para pasar por el aro. Porque si algo sabe vendernos la sociedad de consumo, son excusas para comulgar con ella. No sabemos en cambio qué pensará el hijo de Lucía de aquí a unos años cuando la vea exhibiendo sus tetas de forma gratuita en redes sociales, una forma con la que debió pensar, suponemos, que ganaría visitantes y por tanto lectores. Y no soy ningún mojigato, cualquier persona, hombre o mujer, puede mostrar su cuerpo desnudo cuando así lo estime. Critico el trasfondo que hay detrás de ese acto, que ejemplifica esa actitud de estar dispuestos a todo por un pedazo de fama. Y ojo, puedo ver lícito desarrollar esa actitud. Pero por favor, no la disfracemos de grandes ideales. No pongamos como excusa pagar las letras de la hipoteca, enmascarando con ello el ansia de notoriedad de unos egos monolíticos. Que no nos vendan la moto de la sociología. Ni mucho menos de los nacionalismos, permitiéndoles ponerse el traje de estadistas o salvadores de la nación que han robado a los políticos, acompañándolo de flequillos ridículos. Ni que tampoco nos hablen de pluralidad cuando dan voz a energúmenos como Alfonso Rojo, alimañas que simplemente interesan por su capacidad de generar polémica. Pero sobre todo, que no me pongan como excusa la manutención de sus hijos a mí, que vengo de una familia obrera y tuve que ver a mi madre deslomarse a trabajar para sacar a sus hijos adelante. Que digan si quieren, simplemente aquello de estamos en el aire. Y que el espectáculo, a pesar de abyecto, no puede detenerse.

 

Fran Sevilla

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