Literatura
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Los estigmas de Philip K. Dick

Por José Antequera. Sábado, 4 de octubre de 2014

La vida del escritor Philip K. Dick fue una colosal novela de ciencia ficción cuyos capítulos más importantes, como si de un código alienígena se tratara, están aún por descifrar. Visiones terroríficas recurrentes, contactos con extraterrestres, oscuros agentes de la CIA que lo perseguían día y noche, alucinaciones por consumo de drogas, agudos episodios psicóticos. Con tales ingredientes lastrando la biografía de una persona desde su más tierna infancia solo podía salir una cosa: un raro, un lunático, o lo que es lo mismo, el escritor de novela de anticipación más original, sugerente, misterioso, inclasificable, influyente y genial que haya dado la historia de este género literario. Sus 36 novelas y más de 121 relatos cortos, algunos de ellos obras cumbres de las letras americanas, no le sirvieron para lograr el éxito en vida y como otros muchos murió casi en el olvido. Tuvo que llegar Ridley Scott a primeros de los años ochenta para rodar Blade Runner (un hito en la historia del cine todavía hoy no superado) y de paso decirle al mundo que su enorme película estaba basada en la novelita de un escritor desequilibrado e injustamente tratado por la vida que había sido capaz de imaginar en su atormentado cerebrito de mortal, con gran acierto, cómo sería la Tierra en el futuro. La novela que dio origen a la mítica película de Scott no era otra que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, un libro que con el tiempo se ha convertido en una obra de culto, un best seller y uno de los diez libros más influyentes en la historia de la ciencia ficción, todo eso en uno. Poco importa ya que el término andrillos creado por K. Dick (los androides casi humanos a los que se marcaba desde el mismo día de su fabricación con una fecha mortal de caducidad) fuera sustituido con acierto por Scott por el de replicantes, sin duda un concepto algo más serio y científico.

Philip K. Dick con su hijo

Philip K. Dick con su hijo

Lo único que importa es que novela y película, pese a sus profundas diferencias ideológicas y artísticas, forman ya un todo en nuestro inconsciente colectivo como especie, un monumento al conocimiento humano a la altura de las mejores novelas del género como La guerra de los mundos (H.G.Wells), Un mundo feliz (Aldous Huxley), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury) o El centinela (2001, una odisea espacial, Arthur C. Clarke). La primera vez que vi Blade Runner, y no tendría más de 15 años, tuve la sensación de que esa cinta hipnótica no solo guardaba la última gran verdad sobre el ser humano sino que ninguna película de ciencia ficción podría superarla nunca jamás. Y creo que no me equivoqué.

Philip Kindred Dick nació en Chicago el 16 de diciembre de 1928. Su llegada al mundo estuvo rodeada de un primer misterio, el que envuelve a los prematuros, esos bebés que por alguna razón biológica o esotérica deciden adelantarse y salir al exterior antes de cumplir el ciclo natural de los nueve meses de gestación. Como prematuro pues, fue un pequeño milagro no explicable, pero no quedó ahí la cosa, ya que Philip no llegó solo a la Tierra, sino que lo hizo acompañado de una hermana melliza, Jane Charlotte Dick, que murió apenas cinco semanas después. No se ha llegado a aclarar suficientemente este episodio fatídico pero todo apunta a que un agente de seguros que visitaba el domicilio de los Dick se encontró con los dos niños desnutridos y en lamentables condiciones físicas, por lo que decidió denunciar el caso a Servicios Sociales. Cuando la pequeña era trasladada a un centro sanitario para ser atendida, murió en extrañas circunstancias. La pérdida de la hermana melliza siempre fue una de las obsesiones que atormentó a Dick a lo largo de su vida, de hecho la idea del “fantasma del gemelo” está presente en algunas de sus obras más negras. Después, la historia ya sabida de tantos niños norteamericanos de la época: divorcio de los padres, custodia del pequeño para la madre, primeros estudios en el colegio (donde no destacó por sus buenas notas precisamente) paso por la universidad con más pena que gloria, trabajo alimenticio para ganarse la vida (fue vendedor de discos), primeros escritos de juventud, fracaso, penalidades para salir adelante. Tras su primer matrimonio con Kleo Apostolides en 1955 (llegó a casarse hasta cinco veces y tuvo tres hijos) entró en contacto con la generación beat, con la contracultura y la izquierda americana, se opuso a la guerra de Vietnam y fue investigado por el FBI. Se cuenta que hasta llegó a recibir la visita de un agente secreto, lo que pudo dar origen a su paranoia de que estaba siendo investigado por los servicios de espionaje.

La última escena mítica de Blade Runner

Ford y Hauer en aquella escena mítica de Blade Runner

Desde joven, Dick padecía extraños sueños y conforme fue haciéndose adulto empezaron a asaltarle extrañas visiones, visiones que le acompañarían durante toda su vida. Desde ese punto de vista su biografía mantiene puntos de conexión con la del doctor John Forbes Nash, el célebre matemático estadounidense cuya vida fue llevada al cine y encarnada por el actor Russell Crowe en Una mente maravillosa. Nash también sufría alucinaciones inquietantes, llegando a ver personajes irreales que le acompañaban día y noche. Finalmente consiguió superar la enfermedad habituándose a convivir con sus visitantes fantasmales sin hacerles el menor caso, pese a que se paseaban junto a él al pie de la pizarra, mientras daba clases en la universidad, o deambulaban ante sus narices por la habitación de su casa. Dick no tuvo la misma suerte o la fuerza de voluntad para superar sus alucinaciones. Probablemente, su adicción a las drogas agudizó una tendencia peligrosa hacia las percepciones fantasmagóricas, que quedó reflejada en algunas de sus obras, como Una mirada a la oscuridad y Los tres estigmas de Palmer Eldritch. En alguna ocasión Dick llegó a reconocer que todas sus obras anteriores a 1970 habían sido escritas bajo los efectos de las anfetaminas y sustancias sicodélicas que le provocaban viajes surrealistas. En una de estas alucinaciones se veía a sí mismo como un cristiano perseguido por Roma en el siglo I después de Cristo. Dick empezó a creer que sus desvaríos se debían a que su alma se había reencarnado en otros cuerpos en vidas anteriores y finalmente el delirio le llevó a concluir que una extraña divinidad extraterrestre con el nombre de Sivainvi (Sistema de Vasta Inteligencia Viva) se comunicaba directamente con él. Algunos biógrafos expertos en la vida de Dick concluyeron que el genial escritor pudo haber sido víctima de la esquizofrenia. Sin embargo, episodios psicóticos aparte, algunos capítulos de la vida de Philip K. Dick resultan cuanto menos sorprendentes, como cuando su hijo cayó enfermo y los médicos no acertaban a dar con el diagnóstico. Dick soñó reiteradamente que el pequeño tenía el mal en la ingle e insistía una y otra vez a los médicos para que le hicieran nuevas pruebas en esa zona del cuerpo. Finalmente, los especialistas descubrieron una hernia inguinal derecha que de no haber sido intervenida podría haber matado al chico en unas pocas horas.

buena

Para completar la enigmática personalidad de Dick, su mujer refirió en cierta ocasión que el escritor padecía de cuando en cuando extraños episodios de glosolalia, es decir, la facultad de hablar en otras lenguas sin haberlas estudiado previamente, como aquella vez en la que comenzó a proferir frases en un dialecto griego antiguo. Todas estas alucinaciones no eran sino un mal menor al lado de la mayor de las pesadillas de Philip K. Dick: la paranoia de que espías de la CIA y del KGB le perseguían constantemente.

El novelista vivió al borde de la locura total buena parte de su vida. Precisamente la eliminación de todo tipo de barreras entre la realidad y la ficción le otorgó la capacidad de idear universos lejanos, tiempos futuros y seres que no son de este mundo. En las novelas de Dick la realidad no existe, y los personajes se descubren a sí mismos como androides, hombres artificiales sometidos a experiencias alucinógenas por consumo de drogas, seres dominados por entidades superiores, entes soñados por otros entes o inmersos en universos paralelos o en planetas donde las leyes de la física se rompen por completo.

Pese a su genialidad para componer novelas y relatos cortos de ciencia ficción, pese a que la crítica le reconoció su talento otorgándole el Premio Hugo por su novela El hombre en el castillo y a que siguió publicando libros con mayor o menor regularidad, sus historias visionarias pasaron casi desapercibidas para el gran público. Tuvieron que transcurrir algunos años hasta que Hollywood se fijó en sus relatos futuristas y vio en su obra el filón inagotable que después ha resultado ser. Tuvo que llegar Roy Batty, o lo que es lo mismo, el frío androide de Blade Runner, a la sazón Rutger Hauer, o también Constantino Romero, todos ellos en uno solo, para soltar el que quizá sea el mejor párrafo de la historia del cine de ciencia ficción. Dick falleció poco antes del estreno de la película pero tuvo tiempo de ver una cinta de prueba de cuarenta minutos. Fue su última visión. Esta vez, por fin, nada desquiciante y terrorífica, sino más bien hermosa y reconfortante.

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