Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 16
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La delincuencia: ¿un mal crónico sin solución?

Viñeta: Luis Sánchez

Gurb

Editorial

11 de octubre de 2014. El último Balance Trimestral de Criminalidad publicado por el Ministerio del Interior revela que la criminalidad en España ha descendido casi un 15% en España durante el segundo trimestre de 2014 respecto al mismo periodo del año anterior. Sin embargo, la cifra de homicidios dolosos y asesinatos consumados se mantiene prácticamente intacta, lo que demuestra que sin duda, la violencia continúa arraigada en nuestra sociedad. Casos como el de José Bretón, que cumple condena de cárcel por haber matado a sus dos hijos de corta edad, y el de Asunta Basterra, la niña asiática que supuestamente fue asesinada por sus padres, son solo algunos ejemplos de crímenes execrables que siguen produciéndose con una frecuencia inquietante.

Eso sin referirnos al caso del pederasta de Ciudad Lineal, que ha sembrado el pánico tras secuestrar y violar a numerosas niñas, o a los ajustes de cuentas entre grupos organizados mafiosos que son el pan nuestro de cada día en las grandes ciudades. Desde que Emile Durkheim empezara con sus estudios sobre la criminalidad a finales del siglo XIX se han multiplicado las teorías que tratan de explicar el delito, pero el problema sigue estando ahí y las sociedades modernas se ven incapaces de controlar un fenómeno sin duda ligado al capitalismo, a las fuertes desigualdades sociales y económicas, a la educación familiar y académica y a la falta de futuro de buena parte de la población. Todos y cada uno de los autores y filósofos que han abordado la cuestión desde hace siglos han fracasado a la hora de dar con la solución definitiva que termine de una vez por todas con la delincuencia y que permita responder a la eterna cuestión: ¿el delincuente nace o se hace?

Últimamente los científicos están aportando teorías basadas en la genética que explicarían por qué unas personas son más propensas que otras a cometer delitos. Sin embargo, lo cierto es que año tras año las estadísticas del Ministerio del Interior, de la Fiscalía y del Consejo General del Poder Judicial son demoledoras: anualmente se registran más de un millón de delitos en nuestro país.

Así, la tasa de criminalidad se sitúa en 45,1 delitos y faltas por cada 1.000 habitantes, una cifra sin duda preocupante pese al esfuerzo y la eficaz labor que realizan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Más de 36.400 robos con violencia e intimidación, 22.118 robos de vehículo a motor, 178.816 robos con fuerza, 62.244 robos en viviendas, 6.310 delitos de tráfico de drogas, 355.543 hurtos, 110.803 delitos de daños y 170 delitos de homicidio y asesinato son números que no pueden pasarse por alto ni analizarse desde posiciones partidistas o demagógicas. Pese a que las cifras son alarmantes desde hace más de tres décadas, todos los ministros del Interior que han pasado por este departamento desde la instauración de la democracia han tratado de minimizar la cuestión o cuanto menos de manipular los datos a su antojo para hacer creer a la opinión pública que la delincuencia es un problema controlado. Nada de eso.

El ciudadano tiene derecho a poder pasear con tranquilidad por las calles de su ciudad, a que sus hijos puedan jugar en los parques sin temor a ser raptados por peligrosos pederastas, a que sus plazas y avenidas no sean un foco para el tráfico de drogas o la prostitución. Y esto, ningún gobierno, ni del PSOE ni del PP, lo ha podido garantizar hasta la fecha. Más bien al contrario, la llegada a nuestro país de bandas organizadas del Este y latinoamericanas que actúan con una violencia y unos métodos desconocidos hasta ahora ha agravado la situación en los últimos años. De nada sirve que el ministro que actualmente ostenta el cargo, Jorge Fernández Díaz, diga que se están mejorando las estadísticas de criminalidad y que España es un país tranquilo cuando la mayoría de las cárceles españolas están ya saturadas y exceden con mucho la capacidad máxima con la que fueron construidas. Una sociedad avanzada no se puede resignar a convivir con unas cifras tan elevadas de criminalidad. Urge por tanto un pacto de todas las fuerzas políticas para atajar el problema en todos sus frentes: mejorar las condiciones económicas de los barrios más desfavorecidos, acabar con las bolsas de marginación y pobreza, lanzar campañas en las escuelas para educar a los niños en la cultura de la paz y en valores humanos, potenciar los recursos policiales y judiciales y fomentar la reinserción de todas aquellas personas que, en función de la gravedad del delito que hayan cometido, puedan ser reinsertadas.

No podemos pasar por alto que en el problema de la delincuencia subyace un fuerte componente humano, una tendencia hacia el mal que anida en algunas personas sin que los expertos sepan muy bien por qué. Ahí está el caso de los consejeros de Caja Madrid que han vendido su alma al diablo y se han dejado corromper a cambio de las ‘tarjetas black’. Todos ellos hombres de buenas familias, no marginales del lumpen; todos honrados ciudadanos, nada de violentos delincuentes. Pero, siendo conscientes de que puede existir un factor personal endógeno no controlable en cada persona que lo arrastra hacia el delito, no podemos cerrar los ojos ante este grave problema, como si no tuviera solución, y resignarnos a convivir con el mal de la delincuencia. Un Estado de Bienestar no puede permitirse semejante lujo.

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