Cipriano Torres, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 17, Opinión
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Informativos. Un, dos, tres, show

Por Cipriano Torres / Ilustración: LaRataGris

Vivimos en una sociedad opulenta, satisfecha, endogámica, infantilizada. Y aburrida.  Mamá, me aburro, dicen nuestros críos cuando se les acaba la gasolina de la novedad. Cuando reciben un regalo, los muy canallas, desgarran como poseídos el papel que lo envuelve, abren la caja que lo contiene, lo cogen entre las manos, lo miran , tal vez jueguen con él un momento, y luego lo sueltan, lo abandonan, queda arrumbado sobre la mesa o en el rincón de los trastos. Se aburren. Quieren otro. Y otro. Si nos fijamos en algunos programas de televisión de entretenimiento, por ejemplo El hormiguero, el esquema es el mismo. Funciona con un miedo terrible a que la gente se aburra, y por eso los gags, las secciones, las entrevistas, los números de magia o ciencia, duran apenas unos minutos, rápido, rápido, a otra cosa, y a otra, vaya que la audiencia se aburra y huya buscando otra pantalla donde abrevar la insaciable sed del hastío.

El último ejemplo de programa de variedades con ritmo endiablado lleva apenas unas semanas en la noche del viernes de Antena3, Los viernes al show. Con el tiempo, cosa increíble, hemos llegado a relacionar entretenimiento con banalidad, es decir, con inanidad, es decir, con lo simple. O sea, relacionamos la diversión con la ausencia de complejidad, de exigencia intelectual, y por tanto nos divertimos con lo superficial, con lo que no nos exige mucha atención ni requiere que nuestras neuronas se pongan alerta porque lo que nos ofrece la pantalla es de consumo tan fácil que podríamos estar ahí, frente a esa ventana mágica, pero a la vez atender el teléfono, ir al servicio y volver más ligeros, retirar el pescado del horno, darle el perejil a la vecina, y seguir mirando el plasma no sólo sin mover el gesto –¿de cretinos?– sino sin activar la parte cerebral que nos diferencia de otras bestias.

Esto es legítimo en las decenas de programas con el sello innegable de lo nacido para divertir a la audiencia con las armas del espectáculo de fuegos de artificio. Pero qué pasa cuando esas mismas armas se usan para armar un informativo. Pues que nos tropezamos con la calva y la palabrería solemne, amenazante, barroca y sensacionalista que vemos a diario, quien lo vea, en los espectaculares noticiarios que edifica para vergüenza periodística un prestidigitador como Pedro Piqueras, que ha puesto su magisterio al servicio de Telecinco. Su afán no es informar sino entretener. Su meta no es el rigor sino la audiencia. No es la credibilidad sino el share. Y el share lo tiene Piqueras por las nubes. Hay un primer bloque de informativo que pudiéramos considerar “normal”, es decir, actualidad política nacional, económica, incluso internacional, sobre todo si hay algún dramón de esos que te paralizan en el asiento. Pero a partir de ahí, las noticias que enlaza como se escribe el guión de cualquier show tienen que ver con la prensa del corazón, con la prensa popular del suceso, y con la chufla insustancial de la que internet viene repleta a diario. O sea, tonterías llamativas, con mucho ritmo, con entradillas insulsas pero pensadas para provocar tu interés, es decir, técnica circense, redoble de tambores, perversión periodística en un grado doloroso.

La gente consume, ojo, digo consume, estos productos, ojo, productos, como consume por las mañanas la enloquecida carrera por la audiencia entre las grandes señoras del magacín, que a veces se tiran de los pelos como gatitas a ver quién llega antes al pescado podrido de la condición humana para servir la mierda envuelta en papeles de celofán para que parezca periodismo decente con palabrería como exclusiva, fuentes, o investigación. En este cruce de caminos, con intereses económicos de mucho peso, la única que podría, y tendría que poner sensatez y criterio y ser ejemplo y referente de calidad y rigor informativos sería TVE, pero sabemos que lleva más de tres años a la deriva, con unos informativos que son más perversos que los de las teles privadas –junto a Telecinco, las noticias de Antena 3, quitados los primeros 15 o 20 minutos, son otro derrape por el precipicio de lo insustancial, incluso con guiños al más puro estilo club de la comedia, véanse los chascarrillos socarrones y “desengrasantes” con que Matías Prats acaba sus entradillas–. TVE tendría que ser el faro y la guía en el tratamiento periodístico. Y así fue hace unos años, cuando Fran Llorente dirigía los mejores informativos del mundo –ahí está en 2009 el premio TV News Awards para atestiguarlo–. Cortada la cabeza de la excelencia informativa en TVE, la información en las privadas es lo que es, una carrera que escucha una sola voz, un grito de guerra, el verdadero motor, ese que les empuja al uno, dos, tres, show.

En Villanueva Mesía, con el campo oliendo a mazorca de maíz. 



Cipriano Torres

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LaRataGris

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