Artsenal, Humor Gráfico, Número 16, Opinión, Xavier Latorre
Deje un comentario

Fotomatón

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Tras las redadas policiales hay un tiempo muerto que se dedica a la foto del futuro reo, tanto de frente como de perfil. El careto del delincuente queda así inmortalizado para la posteridad. Por desgracia, los ladrones de guante blanco pisan muy poco las comisarías, si acaso algún bufete de postín de la Castellana. Sin embargo tienen perfiles que quedarían muy favorecidos en una foto. Sus itinerarios políticos y profesionales están muy maquillados.

Nos hemos pasado veinte pueblos adorando a esos seres vacuos dedicados a desvalijar las arcas públicas. Hemos perdido miserablemente el tiempo leyendo reseñas, redactadas por sus gabinetes de prensa, sobre su vida y milagros. Alguien debería sacarles de una vez la tarjeta roja –en vez de las tarjetas opacas– y expulsarlos de nuestras vidas. Muchos se dedicaron al robo organizado tras su paso por la secretaría de Estado de Hacienda, otros fueron ministros de Felipe González (que hacía gala de su amistad con el corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez) antes de desvalijar el cajero más próximo ante los atónitos ojos de los parados, los desahuciados y los que allí pernoctan. Los 86 de Caja Madrid son la foto coral de la corrupción. Se trata de una banda organizada en torno a un desatino: la rapiña. Un antiguo jefe de la Casa del Rey, un expresidente de RENFE, alcaldes madrileños del PP, sociólogos de la sede socialista de Ferraz, reputados sindicalistas de Comisiones Obreras y UGT, presidentes de las patronales española y madrileña e, incluso, dirigentes de Izquierda Unida disponían de ese plástico goloso con el que atracar una sucursal a distancia desde la butaca del consejo de administración, beber buen vino o cazar antílopes.

Entre ellos figuraba el amigo inseparable de Aznar, Miguel Blesa, y su sucesor, Rodrigo Rato, recién aterrizado del FMI. El hijo del urdidor de tramas corruptas, José Marí para los amigos, todavía trapichea con los inmuebles en manos de esa antigua caja rescatada para sacarles hasta la última gota de jugo monetario. Todos esos canallas lo tenían tirado para hacer ganar a cualquiera. Ellos auparon al PP, porque no son nada tontos; nosotros, quizá sí. Cuando se desmoronen nos tocará preparar comités de bienvenida a los exvotantes del PP. La deserción va a ser masiva. Un grupo de sicólogos deberá atender a todas esas bajas electorales que se registren en el campo de batalla electoral. En poco tiempo, gente como los tarjeteros (como los que recibían compulsivamente sobres con dinero negro) han prostituido los pocos principios que quedaban en pie del relato de la Transición.

En su lenta agonía le están haciendo el juego sucio a alguien. Sin embargo, al próximo malabarista de la política le costará mucho convencernos. Esos refinados delincuentes nos han vuelto temerosos a los engaños. Timos tan grandes puede que ya no vuelvan: los sufridos contribuyentes no deberíamos soportar una estafa similar. En el futuro esos sinvergüenzas exigirán el derecho al olvido y pedirán a Google que les retiren esa mancha de sus sucias biografías para volver a las andadas.

¿Cuántos pisos chiquitines de protección oficial caben en 15 millones? Muchos, claro. Al parecer la cúpula de esa caja no irá jamás a la cárcel pero nos hemos quedado con su jeta y su perfil. ¡Gentuza!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *