Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 16, Opinión
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¿Es usted un demonio?

Por Carmen Fernández / Viñeta: LaRataGris

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre, y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”. Así describía G. K. Chesterton a la especie humana. Cuándo y por qué surge la maldad, en qué momento el tierno e inocente infante adquiere, absorbe y conoce la crueldad y la malicia, el asesinato, la violación, el engaño, es un interrogante aún sin respuesta, por más que se señale al factor ambiental, la genética o la actividad de los neurotransmisores. Lo que sí parece cierto, es que cuando el sapiens evolucionó, se desprendió de algo más que del pelo. Fue perdiendo una serie de comportamientos ritualizados que inhibían la agresión entre miembros de su especie, unas señales de sumisión o apaciguamiento que vemos en la mayoría de animales y que permiten, en una lucha por la dominancia, que el perdedor se retire sin recibir más castigo. Esas señales han desaparecido en el hombre; se ha esfumado ese aviso que le indicaba fin de la lucha, el adversario se ha rendido, es más, cuanto más sangriento es el ataque, más rápidamente se adentra en la denominada espiral de violencia.

Somos una especie violenta. Quizás la naturaleza compensó nuestra falta de fuerza, agilidad o velocidad extirpándonos los sistemas naturales de control e inoculándonos la maldad como arma para someter al resto de especies y a nosotros mismos. Pero de lo que también nos dotó para enmarañar un poco más el galimatías genómico  fue de conciencia. Esa conciencia que interpela, horroriza y atormenta con los fantasmas de la culpa, el remordimiento y el dolor. Por eso creamos mecanismos artificiales para restaurar los inhibidores de maldad, inventamos las leyes para convivir en sociedad y la religión para regalar el perdón o castigar el alma.

Nos sabemos violentos, porque hay violencia de lengua, puño y corazón. Pero a pesar de conocer que hay un monstruo tras cualquier semblante racional que ocupa un lugar (mayor o menor según el grado de desarrollo moral del individuo) no nos asusta, y hasta nos gusta esa música de cañerías que nos acompaña desde bien pequeños. Nos sabemos demonios pero la violencia nunca ha sido un tabú del que apartar a los niños. Preocupan en cambio otras inclinaciones naturales como el sexo (que no lo vea, que no pregunte), el librepensamiento, cuestionarse dogmas, la autoridad… pero hay un absoluto desdén hacia la violencia educacional (no pasa nada si se pega un tortazo, o dos, o más), hacia la violencia en el entretenimiento (con dos añitos ya se asiste a un inocente espectáculo de títeres repartiendo mandobles, dibujos animados de batallas, guerras, videojuegos, cuentos donde a las brujas y dragones se les mata) o los patios de colegio. No existe un tabú sobre la violencia. A veces incluso se alienta y se usa como instrumento.

Vivimos rodeados de violencia. Y también hay una violencia encubierta, sofisticada, que cuesta verla desde un principio pero que provoca mucho más dolor. Una maldad de gracias y por favor, de trajes a medida, de: “firme esta participación de preferentes”, de monstruos deglutiendo hipotecas, tarjetas black, cebados en bacanales de dinero y despilfarro, estulticia y latrocinio. Despiadada y cruel vileza, con el alma escondida tras el bótox y las cirugías. Sonrisas de dientes de sable.

Hay violencia hacia el débil, hacia el que no tiene la razón, hacia el desobediente, hacia el aleccionado, violencia ante el dominador y el dominado, hacia el inocente, violencia de gritos y de puños, de manos adultas sobando inocentes cuerpos, violencia ante la injusticia y violencia airada, de impotencia, de miedo, de vergüenza, de egoísmo, violencia política, bursátil, y de miseria.

¿Es usted un demonio?

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