Artsenal, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 16, Opinión
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El perro y la rabia

Por José Antequera / Ilustración: Artsenal

Violencias y delincuencias las hay de muchas clases, unas prohibidas y perseguidas, otras más o menos toleradas, aceptadas, institucionalizadas. Está la violencia ciega del yihadista que pierde la chaveta y se la hace perder a otros a machetazo limpio. Está la violencia del pederasta rijoso y bestial que acecha a las niñas en inocentes parques públicos. Y está la violencia del banquero corrupto que vive la vida loca a golpe de tarjetazo black, a tutiplén, con avaricia a fondo perdido, sin preocuparse lo más mínimo de los pobres ciudadanos que pasan por su lado muriéndose de hambre sin rechistar. Pero por encima de todo, está la violencia de un Estado que se permite imponer su santa autoridad y su poder intransigente sobre la vida de los otros. Hablo de la violencia de ese gobierno madrileño que ha decidido aplicarle la inyección letal al pobre Excalibur, el perro de la enfermera infectada por ébola que no se metía con nadie, el animal que hasta esta mañana era un ser feliz que disfrutaba con su simple ración de pienso y agua y que creía que los seres humanos eran sus mejores amigos.

No voy a entrar aquí en si hay demagogia o no en aquellos que se horrorizan porque Occidente se estremece ante la muerte de un perro mientras asiste indiferente al holocausto de cientos de niños en África. No creo que eso sea verdad, no creo que haya muchas personas con tan mala baba que no sientan una úlcera de dolor abriéndose en su interior cuando ven por la televisión cómo los pobres africanos caen como chinches por culpa del virus letal. Lo que ocurre es que contemplamos la desgracia ajena y a los cinco minutos, por un puro mecanismo de supervivencia, el cerebro se conjura para ponernos una venda en los ojos, para hacernos olvidar y así seguir viviendo. De otra manera nos volveríamos locos. Si un pobre mortal como cualquiera de nosotros es incapaz de resolver sus insignificantes problemas cotidianos cómo va a poder terminar con el hambre de mil millones de personas. Es imposible. Así que nos limitamos a sentir un temblor interior por el sufrimiento ajeno y seguimos tirando con el nuestro. Creo que todos estamos de acuerdo en que la vida de un niño africano lo merece todo, incluso el sacrificio de un perro y hasta de cien mil perros. Pero éste no era el caso. Matando gratuitamente a Excalibur, sin certificar si padecía la enfermedad o no, no se salvaba la vida de nadie y una vida, sea de hormiga, de topillo, de perro o de ser humano, es única, milagrosa, sagrada. Eso lo sabe bien ese bombero lúcido y sabio que practicó el boca a boca a un perro para tratar de salvarlo de un incendio. Donde hay vida hay conciencia y donde conciencia hay un hálito divino.

Un país avanzado como se supone que es España debería tener la suficiente sensibilidad y las leyes necesarias como para no verse obligado a exterminar a un perro brutalmente, totalitariamente, sin certificar antes si está sano o enfermo. Pero claro, España, la cerril y atávica España, está más en ese momento medieval del torneo del toro de La Vega, en el lanzamiento de cabras desde campanarios asesinos o en la caza indiscriminada de hermosos elefantes en monterías nauseabundas. Pues mientras no salgamos de ahí, seguiremos siendo un pueblo bárbaro incapaz de progresar, un pueblo sin valores ni principios humanistas. El nivel cultural de un pueblo se mide por el respeto que muestra hacia los animales. Si Dios existe está implícito en el último insecto de este mundo. En el caso de Excalibur se ha impuesto la lógica ciega y aplastante del Estado, la maquinaria histérica y aberrante de unos mandatarios sobrepasados por su propia incompetencia que no pensaban más que en quitarse la patata caliente de encima cuanto antes. Muerto el perro se acabó la rabia, han debido pensar. Qué gran forma de hacer política. Los animalistas que se han enfrentado a la Policía para tratar de evitar la muerte de Excalibur no eran locos iluminados sino avanzados a su tiempo. Quien no respeta la vida de un animal no es capaz de respetarse a sí mismo.

Miro a mi perro Kosmo y pienso que hay muy pocas personas en este mundo a las que quiera más que a él. Ese cuadrúpedo de mirada tierna e inteligente me ha sacado del pozo cuando estaba a punto de perderme en el abismo más lóbrego. Ese peludo de nariz de trufa tiraba de mí para levantarme del sofá y jugar conmigo a la pelota cuando ya no tenía fuerzas para seguir adelante. Ese amigo fiel me mira, empina las orejas puntiagudas y comprende perfectamente lo que estoy pensando y sintiendo. Pocos seres humanos han hecho tanto por mí como él. Con la mano en el corazón: me da mucha pena que la gente se esté muriendo de ébola en África y ojalá pudiera hacer algo por ellos. Eso es una cosa y otra muy distinta es que nunca permitiré que un juez adocenado o una ministra necia o un consejero de Sanidad inepto entre en mi casa para matar a mi perro. A uno de los pocos amigos fieles que me quedan ya. A un miembro de mi familia.

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