Alaminos, Humor Gráfico, Número 16, Opinión, Paco Sánchez
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Eduardo Mendoza

Por Pacho Sánchez / Ilustración: Jorge Alaminos

El Eduardo Mendoza del que hablo no es el autor de ‘Sin noticias de Gurb’. Era algo así como un inspector o supervisor del Ministerio de Educación peruano. Nos lo habíamos encontrado en varias zonas del país durante la grabación de un documental sobre los programas escolares de prevención de catástrofes de una ONG del Perú. Había sido con nosotros muy afable, siempre con una sonrisa en la cara y dispuesto a ayudarnos en cualquier cosa sobre el reportaje.

Ahora estábamos en Huaraz, en pleno corazón de la cordillera blanca de los Andes. Ese día habíamos tomado imágenes de la ciudad sepultada de Yungay, en la falda del nevado Huascarán y del lago Llanganuco. Allí, hace unas cuatro décadas, murieron más de 30.000 personas por una avalancha de lodo provocada por un tremendo terremoto que se cobró más de 70.000 víctimas y destruyó también por completo Huaraz. En lo que fue Yungay habían plantado cientos de rosales en honor de los muertos y donde estaba la plaza de Armas asomaban de entre la tierra las copas resecas de cuatro palmeras que años antes daban sombra y cobijo a los lugareños.

Muy cerca de allí, a Alberto Fujimori no se le había ocurrido otra cosa hacía unos años que inaugurar un colegio en la misma zona en la que el barro y las rocas causaron la destrucción total de viviendas y de todo ser viviente. Seguía sin entender cómo tantos peruanos se operaron en su momentos los ojos para tenerlos achinados y parecerse a ese siniestro presidente de origen japonés. Por lo visto así tenían más posibilidades de escalar social y económicamente.

Aquella noche de recién estrenada primavera andina cenábamos en un restaurante de la avenida Lusuriaga de Huaraz. Como no podía ser de otra manera, en la conversación al final salió el tema del terrorismo en Perú y de Sendero Luminoso. “¿Cuándo se jodió el Perú?”, me preguntaba yo contagiado por esa frase que había oído tantas veces durante el viaje y que había visto escrita en tantos muros. Fue entonces cuando Eduardo Mendoza comenzó a relatar su espeluznante historia.

Había sido durante varios años militar. Lo suyo había sido vocación y muy joven entró en una academia del Ejército peruano. Era un soldado ejemplar y poco a poco se fue ganando la confianza de sus superiores. Acabó convirtiénse en miembro de las fuerzas especiales para luchar contra el terrorismo. Estaba contento y orgulloso de servir así a su patria y tenía un sueldo aceptable. Pero poco después le tocó entrar en acción y esa pesadilla le perseguirá durante toda su vida. Lo mandaron a una zona de selva donde se estaba propagando Sendero Luminoso. Una vez allí le encomendaron la misión. Al principio no daba crédito a las instrucciones pero sus jefes le dejaron bien claro que u obedecía o al día siguiente su cadáver aparecería en alguna perdida cuneta con un tiro en la sien.

Él y sus compañeros militares se camuflaron de terroristas y acudieron a una aldea a difundir entre los cholos las ideas caóticas, revolucionarias y maoístas de Sendero. Tras las charlas efusivas y el reparto de panfletos incendiarios entre la población, los soldados camuflados se llevaron a los pacíficos hombres a una zona oculta de la selva con el pretexto de compartir con ellos el secreto lugar de su guarida. No regresó ninguno. Todos fueron asesinados a sangre fría y sus cuerpos dieron de comer a las alimañas. Luego, los soldados siguieron el plan establecido por sus mandos: volvieron a la aldea y ejecutaron a las mujeres, los niños y los ancianos. Los militares que se negaron a disparar o titubearon mucho fueron posteriormente eliminados. Eduardo Mendoza salió vivo y la operación de masacre total se repitió luego en varias pequeña poblaciones selváticas. Tras acabar su misión pidió el retiro del Ejército y pasó un año ingresado en un psiquiátrico. Desde hace años trabaja para el Ministerio de Educación

Gurb, me quedé paralizado tras escuchar aquel relato y no sabía por qué ese tipo nos había contado de sopetón y sin paños calientes las masacres que había cometido para salvar su pellejo forzado por sus jefes. Había estado varios días al lado de un criminal. Y en aquel mismo momento estaba tomando el postre sentado a su lado. Me levanté pálido y salí corriendo en silencio. Busqué una tienda y compré una camiseta de la selección peruana para mi hermano.

Vaya historia terrícola. ¿Y qué fue de ese Eduardo Mendoza?

No volví a saber nada de él. Solo sé que aquellos hechos truculentos, que por lo visto eran normales en una determinada época en Perú, no han sido juzgados y nadie ha pagado por ellos. A veces intento ponerme en la piel de Eduardo Mendoza y en sus circunstancias. Por mucho que le doy vueltas a la cabeza no consigo tener las cosas claras. ¿Debería estar encarcelado toda su vida? ¿Se tendría que haber suicidado? ¿Merecía la oportunidad de una nueva vida como funcionario del Ministerio de Educación? ¿Qué habrá sido de las familias de los peruanos asesinados por él? No lo sé.

Afortunadamente terrícola estas cosas no pasan ahora en países como España.

Pasan otras cosas. Acabo de leer en el periódico que han encarcelado a seis policías nacionales por el crimen de Diego Pérez, un vecino de Cartagena. Murió a golpes y su cadáver apareció flotando en una playa. Por lo visto se les fue la mano.

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