Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 16, Opinión
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Duralex, la mejor cristalería

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

Si no existieran delincuentes no existirían abogados. La sencillez de la aparente perogrullada invita a cuestionarse por el sentido primigenio de las leyes. ¿Existen éstas porque hay delincuentes?… Si así fuera –y en cierta medida lo es–, el Derecho sería, primordialmente, coercitivo: un conjunto de normas respaldas por la fuerza que determinados grupos de individuos se dan para defenderse o salvaguardarse de otros individuos. Así ha sido con independencia de la legitimidad de quiénes las dictaran o de cuáles fueran los delitos tipificados en los códigos. Códigos que han ido adaptándose, engordando o adelgazando, en función de las circunstancias históricas, políticas y sociales, y nutriéndose de novedosos delitos producto del avance tecnológico y del ingenio malhechor. Si la violencia es prehistórica, la delincuencia, como género, es sofisticada y relativamente moderna. Como forma de vida es un imán para multitud de personas atraídas por la necesidad, el dinero fácil o el peligroso aburrimiento. Estos tipos –y otros que dejo en el tintero–, han sido tratados como productos culturales por el cine y la literatura, no sólo humanizando, sino idealizando, en numerosas ocasiones, a sus protagonistas a tal punto que hemos llegado a empatizar con ladrones románticos, timadores ingeniosos, honorables padrinos y ahijados –dicho sin intención unionista–, falsificadores, traficantes y camellos caídos en desgracia. Mención aparte merecen los simpáticos asesinos profesionales, meticulosos en su trabajo, cariñosos padres de familia o solteros desengañados, que despachan fiambres como quien despacha pan, pero que alivian la agonía de sus víctimas propiciándoles una estocada certera y aseada; no como los asesinos de baja estofa, chapuceros sin cualificación, que te matan a pellizcos cual toro de la Vega. Y para envidia nuestra, todos ellos, al contrario que nosotros, gozan de derechos laborales y sindicatos que les defienden incluso dentro de la cárcel. Quizá sea este exceso de comprensión lúdica, esta consideración por el género y sus personajes, el que nos ha llevado a contenernos durante tantos años ante las fechorías exquisitas de los selectos defraudadores, amables prevaricadores, solidarios evasores, fraternos nepotistas, correctos amañistas, pulcros enchufistas, agasajados amorales y oportunos ventajistas. Segunda tipología: usureros de hipotecas, ejecutores de desahucios, genocidas de ahorradores, desfalcadores de lo común, paranoicos constructores de obras públicas, traficantes de ladrillos, privatizadores suicidas, banqueros de crédito fácil. Tercera tipología: liquidadores de estados del bienestar –con “lobienquestán” ellos y sus familiares haciendo cuentas en el tribunal de ídem para llegar a fin de mes–, secuestradores de pagas extra, tío Pacos de las rebajas salariales, Cº & Paguistas S.A, truncadores de sueños de juventud, prestidigitadores de la enseñanza pública, escamoteadores de becas, mutiladores de pensiones, rebanadores de salud, y demás aves de altos vuelos que cohabitan el paraíso del poder y sus aledaños, convirtiendo la administración de lo público en su particular Doge City, ciudad sin ley. Aquí hay más de un tipo que seguro engordará los códigos, o debiera engondarlos, si alguien promoviese o promoviera el ajuste.

In memoriam

Los protagonistas de esta historia nacional, revalidados a pesar de imputados, no eran delincuentes comunes, simplemente nos habían adormecido con su burundanga para pasarnos por las armas, delicadamente, con ayuda de la vaselina electoral. Carecían de antecedentes y se presentaban en sociedad con sonrisas Bankia oro. Estudiaron en buenos colegios. Pícaros de cuello duro, los tuvimos por personajes de opereta –o de peineta– que, pobrecitos ellos, no pudieron resistir la tentación. Saltaron al estrellato de los medios con sus folletinescas vidas y ejemplares fechorías. Y entre portada y telediario, esquiaban en América, compraban en Londres o pernoctaban en la embajada de algún amiguete. Lagunas legales y leyes en diferido les ofrecían un amplio margen de maniobra, caldo de cultivo para estas epidemias oscuras y recurrentes que, en 30 años de pandemia, nadie ha querido vacunar. Pero la naturaleza sabe defenderse, y quebrada la realidad, torpedeada la dignidad y hundida la economía, el país se ha desbordado: mareas de indignados, estafados y desahuciados, atragantados con la espina de la pobreza, les gritan a la cara lo que son. Mientras, sus correligionarios, tal Robespierres democráticos temerosos de las encuestas, empiezan a escenificar alguna dimisión para contentar al pueblo, harto ya de aguantar que se vayan de rositas y de Armani a la par que ciertos magistrados son expulsados a perpetuidad de los juzgados. Las leyes pueden cambiarse, pueden adaptarse a las circunstancias, pueden fortalecerse para disuadir, mejorarse para evitar fugas o cegar coladeros. Y sobre todo, deben hacerse cumplir. Manos a la obra que ya estamos tardando. No troquemos indignados por coléricos.

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