Alaminos, Ecto Plasta, Humor Gráfico, Número 16, Opinión
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Desde El Padrino a Breaking Bad

Por Ecto Plasta / Ilustración: Jorge Alaminos

Leí El Padrino con catorce años y a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo una de mis novelas favoritas. No la he vuelto a releer, en parte por el grato recuerdo que tengo y que no quisiera perder (aunque no lo creo), en parte por la gran cantidad de libros, clásicos y actuales, que me quedan por descubrir. Recuerdo que justo después de terminarlo me fui corriendo al videoclub y alquilé las dos primeras películas, en un pack deluxe y en glorioso VHS, que incluía un buen número de minutos extra. Es curioso que una novela contada desde el punto de vista de los malos haya tenido y siga teniendo, a día de hoy, tanto éxito, si bien es verdad que el clásico protagonista bueno, sin mácula, cansa y aburre al más paciente. Supongo que de alguna forma a todos nos atrae vivir al otro lado de la ley y cuando lo hacemos a través de la literatura o del cine esa sensación nos resulta agradable o por lo menos atractiva, posiblemente por desconocida, aunque no estoy tan seguro de que en la vida real fuese así. Por supuesto hay límites y hay formas. Las formas lo son todo, sobre todo en una sociedad cínica e hipócrita que busca la corrección política y la belleza estética a toda costa. En este sentido la manera elegante de Don Vito Corleone, sus principios y normas acercan al lector, quiera o no, a la Familia, a su forma de entender los negocios.

Recordaba todo esto hace unos días —no tanto la estética pues Walter White y Jesse Pinkman bien pudieran ser bautizados como los Pepe Gotera y Otilio de la droga— mientras trataba de averiguar cuál era o ha sido la clave del éxito de la reciente serie americana Breaking Bad. No porque sea mala, que no lo es, sino porque de la misma manera que Mario Puzo nos hace ser partícipes de la vida de una familia mafiosa, los creadores de Breaking Bad nos hacen ponernos del lado de un profesor de química (y su familia) que decide pagarse las sesiones de quimio (no encuentra otra manera gracias al sistema de salud americano) cocinando metanfetamina.

Quizá sea hilar demasiado fino o buscarle tres pies al gato y seguro que hay quien me llame blasfemo por comparar El Padrino con Breaking Bad, nada tienen que ver en realidad y con todo les veo ciertos rasgos que en un momento dado hacen que nos pongamos de parte del protagonista. En el primero es Michael Corleone quien tras renegar de su propia familia, pues sabe de sobra a lo que se dedican, empieza a convertirse en lo que nunca quiso ser o quizá en lo que siempre temió que podría convertirse. En el segundo Walter White, un aburrido profesor de secundaria, inofensivo y con dos trabajos para poder pagar la hipoteca, comienza una transformación que va acompañada de cierto desdoble de personalidad encarnado en Heisenberg, su álter ego traficante.

En ambos casos el fin parece, en cierta manera, justificar los medios; el uno por vengar a su padre, el otro por pagarse el tratamiento contra el cáncer, hacen que el espectador simpatice con su causa aunque ésta sea ilegal. Pero como en la vida real y quizá de ahí el éxito de novela y serie, el pequeño de los Corleone (en su versión mafiosa) y Heisenberg terminan por hacerse con el control (llegado un punto no tiene sentido parar, pues crímenes y muertes hubiesen sido en vano) siendo precisamente esa transformación la que se nos va narrando, la que nos atrae y la que libera nuestra cara oculta. Ese dejarse ir, ese despojarse de la conciencia es lo que nos fascina, nos asombra y nos va arrastrando, junto con sus protagonistas, a la soledad absoluta del mal.

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