Ángel Vilarello, Deportes
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Deporte base, ¿cuna de violencia?

Texto y fotografía:  Ángel Vilarello. Viernes, 10 de octubre de 2014

Aún recuerdo con añoranza aquellos partidos que jugaba en la calle con algo parecido a una pelota donde por un rato nada fuera de aquel campo improvisado parecía existir, salvo algún coche que rara vez nos hacía apartarnos. Eran unos instantes maravillosos, quizás los mejores del día, era la diversión en estado puro, demostrando dotes coordinativas admirables, driblando rivales mientras sujetábamos el bocadillo de Nocilla en una mano y el zumo en la otra. Era un juego, no un deporte de competición, aunque competíamos y hacíamos deporte.

El deporte base debería reunir todo lo anterior, exceptuando la merienda claro, sería poco apropiado. Una actividad saludable en muchos aspectos, un medio idóneo para inculcar actitudes positivas, ejercicio favorecedor del crecimiento, socialización, sentido de pertenencia a un grupo y un largo etcétera. Sin embargo si se acercan a un partido de niños tienen muchas probabilidades de asistir a un espectáculo inesperado. Mi recomendación, busquen un lugar alejado de multitudes y llévense unos buenos tapones para los oídos. El resto, disfrutar viendo jugar y divertirse a los más pequeños.

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Por desgracia, al otro lado de la barandilla se juegan otros partidos. Por ejemplo, el de menospreciar y asustar a un árbitro, muchas veces adolescente, víctima de una formación insuficiente y un apoyo casi nulo de quien lo representa. Otro, crear una presión demencial sobre un hijo que sufre las frustaciones de sus propios padres. Entrenadores, o como suelo llamarles, “estropeadores”, obsesionados por un ego que sólo se alimenta de victorias, carentes de toda sensibilidad pedagógica. El cóctel es explosivo, y ya se sabe, no es de extrañar que un mono jugando con cerillas acabe quemándose o calcinando todo lo que le rodea.

Por mencionar sólo algunos datos publicados recientemente: en una encuesta de niños en edad escolar de Barcelona, casi la mitad manifiestan conductas inadecuadas de los padres o entrenadores, policías que han de intervenir en partidos de alevines, once unidades de la guardia civil en un partido en Lepe que acaba con un niño herido, árbitros agredidos con demasiada frecuencia o padres que incluso llegan a las manos con niños del equipo rival.

Por otro lado tenemos toda esa serie de iniciativas que todos hemos visto en los medios de comunicación, especialmente en la televisión, equipos con pancartas, anuncios muy chulos llenos de estrellas del deporte, discursos de los capitanes antes de empezar un partido en el mundial de fútbol, todo muy cordial, invitando a los aficionados a cogerse de la manita rollo alianza de civilizaciones, a llevarnos bien, vamos. Pero muchas de estas actividades, bastante artificiosas en su mayoría, equivalen a poner tiritas al que sufre una hemorragia interna, y si no mejora, no pasa nada, ponemos más tiritas, son baratas comparadas con las medidas que habría que tomar.

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El problema en realidad radica en algo mucho más global como es la educación. Estamos hablando de un cambio que supondría un esfuerzo titánico, y que esta sociedad cortoplacista parece reacia ni siquiera a plantearse. Deberíamos dejarnos ya de medidas sospechosamente laxas y tolerantes con ciertos comportamientos, siendo tajantes a la hora de juzgar y condenar. Seguramente no veríamos resultados hasta pasados varios años, tal vez toda una generación, pero sin duda sería una de las mayores inversiones jamás realizada, sería jugar a negro y rojo a la vez, una apuesta segura. Sin embargo, la experiencia me dice que el ser humano tiende a aprender por convulsión en lugar de por convicción.

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