Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 17, Opinión
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De gigantes y catetos

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Ben Bradlee ha muerto. “¿Y ese quién era, un “pelut” (peludo) de esos que te gustan?”, hubiera preguntado un redactor jefe que padecí al subordinado que le hubiese informado de la noticia. De hecho, le escuché esa pregunta pero a propósito del dramaturgo Mario Gas. El fallecido ex director de The Washington Post, representante de un oficio que se está yendo al garete entre retuits, foros digitales y tertulias, vaca sagrada, era un desconocido para el ciudadano de a pie, y ésa es precisamente una pista sobre su grandeza: la gente que destaca en cualquier campo suele preferir el anonimato a la popularidad, y el protagonismo recae en su obra. Nadie en su sano juicio puede pretender parecerse a Bradlee, a Chaves Nogales, a Julio Camba… Muy pocos nacen dotados con su talento, pero tampoco con el amor a su profesión, para la que sólo hace falta un poco de vergüenza torera y respeto al público y a uno mismo.

Mi experiencia en el mundillo es un caso palmario: si la naturaleza me hubiese dotado con la cuarta parte del talento de Bradlee quizá hubiese trabajado para alguien de su altura. Como castigo a mi mediocridad me tuve que conformar con ser uno de los mandados de aquel director de periódico que encargó para su despacho, casi tan grande como dos pistas de pádel, un flexo de diseño italiano del que no descolgó la etiqueta con la marca y el precio, que sobrevivió a su despido y heredó su sucesor. Tenía sintonizada a todas horas Radio 2, y entre sonatas y adagios me preguntó una vez: “He escuchado que Lou Reed ha publicado un disco con una Filarmónica. ¿Dónde lo puedo conseguir?”. Echando mano de mi lógica, le dirigí a una tienda de discos, reprimiendo mis deseos de mandar a ese esnob a otro sitio más prosaico. Mi subdirector hubiese sido otro muy diferente a aquel individuo reprimido que arrastraba sus complejos empleando su poder con una tiranía a la vez intolerable y ridícula. La noticia más destacada que dio fue de palabra y no por escrito. “Me he cagado”, dijo en un aparte a los redactores más cercanos a su cubículo, después de haber informado por teléfono a su madre. El segundo de a bordo de aquella casa de locos no se había asustado por alguien descontento con una información; la frase era literal, así que corrió a casa a cambiarse de pantalones. La utilidad de su confesión nunca nos quedó clara.

En un mundo perfecto mis redactores jefe hubiesen sido diferentes. Cómo olvidar a aquel que sabía utilizar el editor de textos a duras penas pero era un erudito del mando a distancia de la televisión. Consiguió su conocimiento del utensilio a fuerza de utilizarlo. Era tanta su afición que si alguien le hubiese retirado el ordenador del despacho no se hubiese dado cuenta, pero la falta de la caja tonta le hubiera producido una angustia angustiosa e instantánea. “Tú dame un titular con fuerza y el texto que escribas no tiene importancia”, era su consejo más repetido. Su igual, con jaula acristalada contigua, tenía un papel fundamental en el funcionamiento del diario: repartía los faxes y, en mis últimos años, se había iniciado en el reenvío de correos electrónicos. Se le daba bien, que en el ‘staff’ no figura cualquiera. Recuerdo con incómodo cariño su frase para todo, casi un leitmotiv: “A mí no me vengas con problemas”.

El único periodista de verdad con el que he tenido el privilegio de compartir redacción, el único que podía revelar su profesión sin que los cimientos de este oficio saltasen de vergüenza por los aires fue Emili Gisbert. Misántropo, nocturno, descreído, fumador empedernido e incansable bebedor de cerveza, cariñoso y a pesar de ello dotado de una saludable mala hostia, conocía la calle porque antes de estar puesta él ya la había pateado. Reunía todos los tópicos del periodista clásico, incluida su sabiduría instintiva. Gisbert murió hace tres años sin llegar a los 60 y su vacío no se podrá suplir. “¿Quién era el tal Emili, un ‘pelut’?”, preguntará algún día un redactor jefe cualquiera, otro inepto cualquiera. Seguirán sin haberse enterado de nada, orgullosos de su catetismo.

 

Javier Montón

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Artsenal

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