Número 17, Reportaje
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Crónica: Culpables

Por Ángel Vilarello

Recientemente ha salido a la luz un libro de los que a priori, parece que van a provocar una tormenta de reacciones, y en el mejor de los casos, una depuración de responsabilidades y un cambio verdadero. Me refiero a Periodistas comprados, del alemán Udo Ulfkotte, donde se denuncia la connivencia entre Estados Unidos, la OTAN y ciertos medios de comunicación alemanes, tradicionalmente considerados tan respetables como independientes, para que éstos, a cambio de los por aquí famosos “sobres” mostrasen una visión digamos endulzada de las políticas norteamericanas.

Quizás los más novedoso de este asunto, es que el denunciante se moja, da nombres y apellidos, y entre éstos el suyo propio, en un acto de redención moral tras habérselo llevado calentito mirando hacia otro lado. Parece claro que las consecuencias de su relato acabarán por darle un paseo por los juzgados, aparte claro, de las seguramente numerosas denuncias que reciba por difamación, revelación de secretos y demás, mientras los señalados pondrán todo su esfuerzo no en defenderse, sino en desacreditar a todos los niveles las afirmaciones del periodista arrepentido.

Bajo el puro morbo que trasciende tras una noticia de este tipo, más aún cuando nos pilla algo lejos, me quedo por un lado con la valentía del que alza la voz y por otro con algo que a todos nos atañe. Esta España de costa y ladrillo ha sido el mejor caldo de cultivo para un tsunami de corrupción cuyos daños aún están por ver. Muchos de ellos, bajo calificativos del tipo “esto se veía venir”, “era un secreto a voces”, “aquí todo el mundo lo sabía”, etcétera. Parece obvio que quien se mueve en la foto, no sale; que el que no quiera acatar las oscuras reglas del que manda, no sólo no juega, sino que le echan del tablero a patadas (alguno de los que aquí escriben saben bien de qué hablo).

periodistas comprados

Cobra entonces especial valor aquel que se atreve a luchar con su palabra frente al que roba, miente, soborna, malversa o prevarica, a pesar de que sabe que se enfrenta a una guerra desigual, a una lucha sin cuartel, abocada en muchos casos a la derrota, la extenuación y la ruina, no sólo económica sino también personal.

Cantan los chicos de Vetusta Morla en una de sus últimas canciones, en una clara alusión a los tiempos que corren “fue un golpe maestro, nos quitaron la sed y las ganas de vencer… alerta, hay un testigo, nos han dejado vivos, fue un atraco perfecto excepto por esto, nos quedan garganta, puño y pies”. Esta lucha quijotesca, donde intentan convencernos que vemos gigantes donde hay molinos, en realidad nos enfrentamos a crueles gigantes que parecen inofensivos molinos, y se nos empuja a dar un paso atrás, y lo que para muchos comienza siendo una actitud de cierta indiferencia puede acabar por convertirse en una indiferencia cierta. La maquinaria de poder se ha convertido en un complejo engranaje que abarca toda la sociedad, con medios de comunicación que en realidad son medios de opinión o incluso meros soportes propagandísticos (que no publicitarios), con la politización de los altos cargos de todas las esferas, incluida la justicia, a pesar de que todo estado de derecho ha de sustentarse en lo que Montesquieu llamó separación de poderes, otorgando así al poder judicial la autonomía e independencia necesaria para garantizar las libertades de los ciudadanos.

Es por ello que hoy en día se hacen necesarios todos esos pequeños héroes, que aún sabiendo lo arriesgado de su apuesta se lanzan a un océano de pirañas sedientas de sangre, deseosas de poder y del turismo de maletín que los llevará a Andorra, Suiza, Luxemburgo, Barbados, Jamaica o Bahamas. Hacen falta voces, hace falta que éstas sean escuchadas, y ante la honradez y justicia de su discurso, apoyadas sin paliativos, hace falta decir no a los continuos y descarados abusos, desde el más nimio, sólo así evitaremos convertirnos en uno de esos países en los que el guardia te pide dinero para no multarte, el visado se compra en una tienducha regentada por la mafia, o el operario de turno te extorsiona si no quieres que deje todo a medio hacer.

Afortunadamente aún queda mucha gente buena, mucha gente luchadora, mucha gente honesta y con principios, sólo hay que apagar la tele un rato y mirar alrededor. Lástima que sólo sepamos los nombres de los malos, mientras los buenos pasan desapercibidos. En honor a ellos, sólo me queda terminar este breve alegato contra la indiferencia, y me basta una palabra: culpa. Mea culpa.

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