Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 16, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla / Viñeta: Lombilla

Estimado Gurb:

Ayer me levanté algo “lombrosiano” y me dio por estudiar en profundidad el crimen; así que, tapándome la nariz y la boca con una mascarilla quirúrgica, decidí analizar un espécimen bien representativo y me entrevisté con un etarra. El etarra, al contrario de lo que podría parecer, no sólo me dijo cosas muy interesantes e ilustrativas acerca de su naturaleza, sino que, además, estuvo de lo más cordial. Fíjate que lo primero que hizo al llegar fue estrechar mi mano con su pezuñita… Lo cierto es que no te puedo decir si el etarra en cuestión era hembra o macho porque llevaba puesto sobre la cabeza y debajo de su chapela una capucha de esas que tanto evidencian por su blanco inmaculado la ascendencia aria. Como debajo del jersey de lana vi que tenía bultitos, pensé que tal vez era una hembra de crianza y que los bultitos eran los diez o doce pezones sanos necesarios para alimentar a su camada. No obstante, como también podía ser que los bultitos no fueran pezones nutricios sino pistolas asesinas que se le hubieran quedado olvidadas después de esa obra maestra de la dramaturgia cómica mundial que fue el desarme ante la Comisión de Verificación, pues sigo con la duda acerca del sexo de mi ejemplar etarra. En cualquier caso, tras los saludos de rigor, una vez que el etarra terminó de comerse un paquetito de bellotas que yo le había llevado como muestra de mi buena voluntad, nos sentamos a charlar.

—¿Se puede vivir con tantos crímenes en la conciencia? —le pregunté mientras él me olfateaba.

—¡Oink, oink! —respondió el etarra moviendo graciosamente su rabito enroscado para espantar la molesta nube de moscas que le seguía.

Debo reconocerte, Gurb, que no me esperaba ese grado de implicación moral y filosófica que mostró en su breve pero contundente respuesta. Porque lastrada sin duda por ciertos recelos derivados de mi sectarismo político, mi capacidad analítica carecía de esa asepsia ideológica que debe tener toda investigación científica. Y es que yo pensaba que los etarras eran todos una pandilla de orates descerebrados; sin embargo, esas lúcidas palabras que salieron de la boca encapuchada del etarra, vinieron a desmentir todos mis prejuicios.

—Vaya, vaya… —continué, mientras él seguía olfateándome—. Observando su alto nivel intelectual, tal vez no sería descabellado pensar que finalmente usted renegará de la violencia e, incluso, que llegará a pedir perdón a las víctimas por tanta sangre derramada.

—¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! —arguyó él sin dejar, ya un poco pesaditamente, ésa es la verdad, de olfatearme.

Esas reflexiones, que dejaban entrever un provechoso estudio del pensamiento de Sabino Arana, acerca de los elementos diferenciadores de los vascos, de sus valores tan superiores a los de la degenerada raza española, y la habilidad dialéctica con que las expuso, me hicieron reconocer en mi interlocutor a un ser realmente asombroso. Con la misma fascinación que debió de sentir Robert Koch cuando descubrió el pernicioso bacilo que lleva su nombre, yo asistía absolutamente deslumbrado al persuasivo discurso etarra. A pesar de todo, como su salivación era excesiva mientras me olfateaba, por evitar que me manchara y, sobre todo, por evitar cualquier desgracia mayor en caso de que el etarra fuera un macho verriondo, para apartarlo no tuve más remedio que darle una patada en el lomo. Aunque dio gruñidos de disgusto, al final se alejó para hozar tan rícamente mientras yo continuaba examinándolo.

—Todo eso está muy bien, pero no me negará que la violencia como forma de extorsión política mediante el terror es aborrecible —le dije, para provocarlo un poco y así estudiar mejor sus reacciones.

—¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! —me contestó, categórico, mientras masticaba unas raíces tiernas que había encontrado al remover la tierra con su hociquito.

Verdaderamente estaba frente a un tipo con las ideas muy claras. Su argumentario ratificaba mi impresión de que el etarra no era tonto del culo como equivocadamente yo había supuesto antes de conocerlo, pues hablaba de “territorialidad”, y de “derecho a la autodeterminación”, y de “alcanzar acuerdos para consensuar la formulación del reconocimiento de Euskal Herria y su derecho a decidir”, y de “independencia”, etcétera, con tanta soltura…, con tanta soltura, Gurb, que es que daba gusto verlo. De hecho, daba tanto gusto verlo, que me entró un hambre tremenda y le tuve que cortar una de sus apetecibles patitas traseras. ¡Y cómo se nota que los etarras son chicarrones del norte!: mientras yo le cortaba la patita, como si no fuera carne de su carne, el valeroso gudari ni se inmutó. Él, inasequible al desaliento, siguió a lo suyo dándome sus ponderados “oinks” a favor de la violencia… Y es que, como dice la fábula, el que nace lechón, muere cochino.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

Post scríptum:

He puesto a curar la pata, Gurb, y yo creo que va a dar un excelente jamón de Bayona.

4 Kommentare

  1. Carmen Fernández dicen

    Totalmente de acuerdo con Gatoto. Enhorabuena

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