Adrián Palmas, Humor Gráfico, Lidón Barberá, Número 16, Opinión
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Aquellos quinquis

Por Lidón Barberá / Viñeta: Adrián Palmas

Cuando era pequeña, siempre había alguien que me recordaba de vez en cuando que iba “a un colegio de quinquis”. Eran los 80 y el colegio estaba en un barrio en el que la droga había hecho (y todavía hace) bastante daño. A veces nos encontrábamos jeringuillas en un extremo del patio y había profesores corriendo de un lado a otro para eliminarlas. Sabíamos que no se podían tocar las jeringuillas y que aquello no era bueno, que si de pequeño eras un quinqui, de mayor podías ser un yonki. Después tenías que oír tonterías sobre la droga que ponían en las calcomanías y no-sé-qué de no coger caramelos de extraños en la puerta del colegio.

En aquella época y en aquel barrio, el tema de los quinquis, los yonkis y los chavales de 14 años que te sacaban una navaja cuando acababas de comprarte un algodón de azúcar en la feria se vivía con cierta naturalidad. No había manifestaciones de padres, ni titulares en la prensa ni policía en la puerta del colegio. Éramos unos niños pero sabíamos que había gente que se drogaba, que te sacaba una navaja para llevarse el reloj que te acababan de regalar para la comunión o las zapatillas de deporte de marca. Aquello formaba parte de nuestra realidad y, de alguna manera, nuestros padres confiaban en que ya sabríamos qué hacer y qué no hacer en cada situación.

Además de las jeringuillas en el patio, teníamos amenaza de bomba cada vez que a alguien no le apetecía ir a clase, compañeros de clase que eran tan idiotas como para atracar a otros compañeros cuando iban a comprar el pan con una moneda de 20 duros e incluso alguien, decían, había llegado a sacarle una navaja a un profesor en clase. Pero el tema no pasaba de ahí.

Los fines de semana, lejos del colegio, la cosa cambiaba. Los amigos que nos recordaban que íbamos “a colegios de quinquis” se acobardaban en cuanto veían a alguien con chándal o con pantalones de pitillo de cruzar la calle. “Tiene mala pinta”, decían. La definición de “mala pinta” de nuestros amigos rara vez tenía algo que ver con la nuestra porque cinco días a la semana vivíamos en realidades paralelas.

Después se acabaron los 80, se acabó la heroína y los quiquis o dejaron de ser quinquis o terminaron muriendo. Esa delincuencia de baja intensidad que era el primer contacto de muchos con un mundo que estaba ahí, quisiéramos o no, se difuminó hasta casi desaparecer y muchos de aquellos niños que entonces vivían con normalidad el día a día de un barrio un poco quinqui sacaron a sus hijos del colegio para que no fueran con inmigrantes. “No es lo mismo”, dicen. Ya

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