Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 15, Opinión
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Vidas siderales

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Bienvenido a Climaxtron, le ofrecemos experiencias únicas e impactantes, adéntrese en una realidad a su medida y disfrute. La voz profunda retumbaba por la estancia de paredes lechosamente vítreas. Aunque los sensores neuronales eran capaces de captar la modulación vocal más sugerente para cada visitante, yo siempre percibía ese residuo metálico final que me generaba cierta aversión. A mí me gustaban las voces humanas. Por favor, elija la temática de su clímax y disfrute. Me decidí por el cofre de vidas siderales, recogí el brazalete de seguridad del dispensador y me adentré por un túnel luminoso. Todo a mi alrededor era blanco y vacío, aséptico. Mientras caminaba, sentía retumbar la voz tecnocráticamente amable, disfrute, insistentemente tenaz, disfrute, resistiéndose a desaparecer, disfrute, disfrute, imperativa, como una orden, disfrute…

De pronto, sin previo aviso, el suelo desapareció bajo los pies y me vi en caída libre ─por la madriguera del conejo─ pensé. El aterrizaje fue más suave de lo esperado. El polvo rojo se me metió en los ojos y las lágrimas provocaron una visión deformada de lo que me rodeaba. No les vi llegar pero sí escuché lo que decían. Hay uno nuevo, vamos. Ey, ¿qué tal el aterrizaje? ¿un nuevo colono? ¿Ya te lo han contado o vienes engañado como los otros? ¿Qué delito cometiste? Hay algunos locos que vienen porque quieren, para expiar, qué se yo, pero a la mayoría les juzgan, les engañan y acaban aquí. Estamos en Marte chico, ya sabes, a extraer minerales, a trabajar, después de eso no hay mucho más que hacer. Venga, no es tan malo como parece, tenemos la Can-di, la droga de evasión. Pronto te pondrás al día. Haremos una sesión en tu honor esta noche. La tomaremos todos, cogeremos las Perky…  No me estaba gustando esa vida sideral así que toqué el botón del brazalete. No funcionaba. Conocía aquella historia, sabía lo que podía pasar, todo parecía tan real… una paranoia absoluta. Acababa de pagar por una experiencia en Climaxtron y me veía atrapado en una pesadilla. Volví a apretar el botón otra vez, y otra, y otra, presa de los nervios. Por fin un cono de luz surgió del aro metálico de mi muñeca y me vi arrojado a un espacio oscuro e ingrávido mientras respiraba aliviado. Cielos, por un momento creí que era verdad, que me quedaría allí como un esclavo… Poco a poco la estancia fue ganando luz y gravidez y fui suavemente depositado en el sillón de una enorme biblioteca. Me froté los ojos aún con restos de polvo rojo y me fijé en un tipo que me miraba intensamente. La paulatina claridad me iba provocando un asombro in crescendo, ¡era igual que yo! Se dirigió a mí un poco aturdido ¿eres el Ijon Tychi del martes? Mira, aquí está otro. Este debe ser nuestro yo del jueves, y ahí viene… ¡Booom! Buena caída. ¿Estás bien? ¿eres el Tychi del domingo? Varias réplicas de mí mismo iban surgiendo de la nada, cayéndose unos sobre otros, tirando sillas, destrozando estanterías, quejándose, gritando, exigiendo, mostrando lo peor de mí, amenazando… De nuevo el botón del brazalete y el rayo luminoso. Mentalmente rogaba no volver a la incandescente superficie de Marte otra vez, ni a las brechas dimensionales con decenas de yos furibundos, no quería pilotar una nave espacial a punto de estrellarse, realmente, no sabía qué buscaba en aquel cofre de vidas espaciales. Ahora el Climaxtron me había llevado a una extraña ciudad cubierta por una cúpula opaca. Un lugar de hombres pero sin niños ni ancianos. Había máquinas por doquier creando objetos y alimentos a base de átomos. No podía evitarlo, me sentía encerrado, casi asfixiado bajo aquel techo opresor y necesitaba salir, tenía que encontrar a Alvin. Si lo desea puede continuar con su experiencia abonando un suplemento. Siga disfrutando. La irrupción de aquella voz fue lo suficientemente irritante para decidir terminar. Pulsé con cierta ira el botón del brazalete y fui arrojado, casi vomitado, a la sala blanca inicial. Gracias por vivir su clímax con nosotros, vuelva pronto.

Nada más salir comprendí que no pondría un pie en ese lugar nunca más. No había nada nuevo en aquellas experiencias, en realidad ya las había vivido hacía mucho tiempo, mucho antes de que se virtualizara la vida y el ocio. Ya me había llenado los ojos de polvo marciano y probado la Can-di con el poder de la mente gracias a Los tres estigmas de Palmer Eldritch de Philip K. Dick. Ya había vivido con Ijon Tychi las aventuras de sus viajes en los Diarios de las estrellas de Stanislaw Lem. Ya había estado en la ciudad de Diaspar bajo aquella cúpula en La ciudad y las estrellas de Arthur C. Clark. Había vivido, había estado y había sentido con Bradbury, Orwell, Huxley y tantos otros maestros… sin ningún Climaxtron, sino con el instrumento más poderoso, la máquina más perfecta: la imaginación.

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