Alaminos, Humor Gráfico, Javier Álvarez, Número 15, Opinión
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Viajes con tiempo y espacio

Por Javi Álvarez / Ilustración: Jorge Alaminos

Por el intercomunicador de la nave escuché la voz del director de operaciones de la base indicando que las comprobaciones se habían terminado con éxito y que iniciaba la cuenta atrás para el despegue. Miré a mi izquierda, hacia la tripulante italiana. La vi santiguándose. Pensé en mi madre y en sus supersticiones; siempre repetía ese gesto al salir de viaje. Sonreí sin poder evitarlo, la ciencia no deja espacio para creencias, solo caben certezas. Yo soy un descreído, así que cada vez que nos vemos terminamos discutiendo de lo divino. No entiendo cómo con el paso de los años se ha terminado convirtiendo en una devota. Cuando le pregunto es incapaz de responderme con argumentos lógicos, se conforma con los «por si acaso», los «no cuesta nada» o sobre todo el «tanta gente no puede estar equivocada».

Quise olvidar la imagen que me había venido a la cabeza e intenté pensar en mi primer viaje espacial. Unos recuerdos me fueron llevando a otros… Me vi retrocediendo mucho más atrás de lo calculado, a mi infancia. Nací en un pueblecito de la ribera del Órbigo donde pasé mis primeros años de vida hasta que mi padre encontró otro trabajo en un lugar distinto y con él nos movimos toda la familia. Recuerdo que el parvulario lo empecé en Madrid. Los años que siguen son un batiburrillo de imágenes que no soy capaz de terminar de descifrar. Lo que sé es que al final terminamos en León capital, a 23 kilómetros del sitio en el que nací. Estábamos tan cerca, que el pan se lo comprábamos al panadero de mi pueblo. Hacía dos repartos a la semana, miércoles y sábados, con su furgoneta dos caballos. El panadero de mi pueblo se llamaba Antón y era el mejor amigo de mi abuelo materno, Elías.

Cuando cumplí seis o siete años Antón pasó a desempeñar un papel tan importante como lleno de ilusión en mi vida que se repetiría hasta los doce o trece años. Muchos sábados, cuando llegaba la primavera, venía con él mi abuelo Elías. Recuerdo aquellas mañanas en las que Antón tocaba el timbre, gritaba «el panadero» y yo bajaba corriendo las escaleras, incluso empujando a mi madre para llegar primero a la calle y poder resolver el enigma de si había venido mi abuelo o no. Cuando estaba significaba que venía a buscarme para llevarme al pueblo. Todos hacíamos un poco el paripé, mi abuelo le decía «siento haber venido sin avisarte, pero me gustaría llevarme a Javi el fin de semana». Mi madre en principio se negaba, para que yo rogase un poco. Al final cedía y yo me iba con ellos dos. Si todavía tenía colegio mis padres irían el domingo a recogerme, si por el contrario, estaba de vacaciones esas estancias se prolongaban durante varias semanas y algunos años incluso todo el verano.

Recuerdo con añoranza esos viajes en los que me tocaba sentarme atrás, entre todo el pan, e íbamos recorriendo el resto de la ruta. Cada poco nos deteníamos, bajaba una cliente, Antón abría la puerta de atrás y, después de intercambiar un par de frases con la mujer, me pedía hogazas o barras de pan que yo iba escogiendo y entregándole. «Una barra de pan que esté muy cocida» y me lanzaba al cesto a buscar la que mejor cumplía el requisito. Las señoras me hacían mimos y carantoñas, «qué buen ayudante te has echado» decían. Mientras mi abuelo me miraba y yo me reía. Creo que en aquellos momentos los ojos de mi abuelo me hacían sentirme importante y querido; me decían que yo podía ser feliz y llegar a donde quisiera, incluso a las nubes como así terminó siendo.

Cuando terminaba la venta, arrancábamos de nuevo. Ellos seguían con sus conversaciones, a las que yo no atendía. Pocas veces he visto amistades como la que se tenían Antón y mi abuelo Elías. Charlaban casi siempre de política, aunque en aquellos tiempos fuera algo prohibido con lo que había que tener cuidado. Eran así, hombres empeñados en cambiar la sociedad que nos había tocado. Entre sus voces yo jugaba imaginando mis cosas, sosegado y tranquilo mientras recorríamos la ruta. De los viajes recuerdo el olor a harina, las manos manchadas de blanco y algún que otro currusco de pan que terminaba en mi boca a iniciativa del panadero.

La Luna, Marte o Saturno, con sus paisajes únicos, no pueden sin embargo competir con aquellas primeras experiencias y el sabor inolvidable que fueron grabando en mi corazón. Nunca he vuelto a disfrutar tanto en un viaje, ni del tiempo, ni del espacio, como lo hacía entonces, en mi infancia, sentado en la parte de atrás del dos caballos de Antón.

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