Adrián Palmas, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 14, Opinión
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Universidad en guerra

Por Cipriano Torres / Viñeta: Adrián Palmas

Me pregunto si alguien se hace malo conforme va creciendo o sale de fábrica con esa tara que asombra, desalma, y angustia al resto, perplejo ante reacciones de una frialdad, perversión y retorcimiento que sólo a cabezas enfermas por gélidas se les puede ocurrir. De nuevo, como un ciclo inexorable, la sangre y la metralla, la destrucción y el horror, volvieron a Gaza este verano. Desde casa, atónitos, veíamos volar edificios, arrasar barriadas a conciencia, reventar estructuras imprescindibles, escuchábamos las voces desgarradas del padre llevando en brazos al hospital a su niño como se lleva en brazos un pelele, escuchábamos el gemido sin fuerza de las madres, nos miraban desde su desconcierto los ojos de los niños, y las imágenes nos mostraban oquedades en el suelo, socavones como tripas reventadas, regueros de sangre en las aceras, un trasiego dramático de gente corriendo despavorida, edificios calcinados de los que se levantaban columnas negras de un humo que hablaba de matemática vileza por su implacable objetivo, el de la destrucción de una ciudad entera que en realidad responde al deseo de la destrucción total de un pueblo.

Esta vez la excusa del Gobierno de Israel fue unos cohetes lanzados desde Gaza a las ciudades fronterizas israelíes, el rapto de unos adolescentes, la bomba en una tienda, las palabras nauseabundas de algún dirigente volado de Hamás, qué más da, para Israel el vuelo de una mariposa sobre su territorio puede ser motivo de respuesta desmedida porque, como siempre, de lo que se trata es de espantar del debate el único debate que no les interesa, la ocupación de un territorio que no les pertenece. Ese es el mal sueño, el monstruo de mil cabezas, el rescoldo que hay que seguir enmascarando con reacciones de una intensidad que sólo provocan espanto. Si los dirigentes de Hamás lanzan cohetes, que persigan a los dirigentes de Hamás, que los tienen muy localizados, que los arresten, que los saquen de la circulación, yo qué sé, que les afeiten sus barbas, que los pongan a bailar rock, que una mujer resuelta, con sus labios pintados, con el pelo al aire, con tacones y falda corta, les ordene y los humille, lo que sea, pero iniciar una escabechina como la de este verano no es humano, no responde a otro criterio que el de la planificada destrucción, sin importar el número de víctimas.

Los ejércitos disparan más fuerte o menos fuerte, masacran o sólo advierten, avanzan o sólo se defienden bajo órdenes políticas, al menos en eso que llamamos nuestro entorno. Israel es una democracia al uso, y su ejército respira cuando llega la orden desde el Gobierno. Mientras este verano asistíamos con encogido dolor al penúltimo avance de los forajidos militares israelíes, con la impunidad que caracteriza a su Gobierno, Benjamín Netanyahu no sólo no miraba para otro lado para no ver el inmenso daño causado sino que atizaba a sus tropas para que el dolor fuese completo en Gaza. Al final, en otra escena de esta función que no interesa que acabe hace unos días se dijo que se había alcanzado una tregua que parecía definitiva. Y el mundo respiró a aliviado. Dejamos de ver la muerte manchando nuestras pantallas. Y cambiamos ese dolor por otros que no paran en el planeta. Sin embargo, por si alguien dudaba de lo que Israel entiende por paz, a las pocas horas de la firma, el mortífero Netanyahu daba permiso para adueñarse de 400 nuevas hectáreas de suelo en Cisjordania, el otro trozo de lo que podría ser el futuro estado palestino. Es decir, vuelta a empezar.

Al mismo tiempo, en España, en Murcia, en la Universidad Católica San Antonio, otro tipo frío y calculador, católico, dirigente de la institución, fanático y extremista, que vive la religión como una cruzada, ambicioso y sin escrúpulos, quizá excitado por el olor de las vísceras de los hombres, mujeres y niños gazatíes, todos terroristas, decide nombrar Doctor Honoris Causa al delincuente gobernante israelí. Con dos cojones. Será padrino José María Aznar, que dirige en la UCAM la cátedra de Ética Política y Humanidades. Pa chulo, chulo, mi pirulo.

¿Desvergüenza, cinismo, provocación? Da igual. Forman un clan del que jamás podría formar parte gente decente. Son tan extraordinarios católicos como imposibles cristianos. Por eso a esta peña solemne, vacua, hipócrita, poderosa y temible no sólo les importa una mierda hacer de la universidad otro ejército implacable sino que saben que nombrando a este impune gobernante añaden dolor al dolor. Seguro que cuando llegue el día del Juicio Final y sus dioses los reúnan en el Valle del Jezreel, donde tendrá lugar el Apocalipsis, un batallón de angelicales querubines, con sus pichicas al aire pero sus espadas afiladas, les cortarán los cojones como se prepara un plato de carpaccio de bacalao. Qué asco, la hostia.

En Vitoria, el último día de su Festival de Televisión, FesTVal.

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