Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 15, Opinión
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Tengo 8.000 millones de años. O más

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Cuando alguno de mis hijos me ha preguntado por cómo es o hasta dónde abarca el universo, mi primer balbuceo ha solido ir destinado a desentenderme, argumentando que no era ni mi momento para explicarlo ni su edad para comprenderlo. Más de lo primero por incapacidad pedagógica, como San Agustín, si no me lo preguntas, lo sé, si lo haces, no sé explicarlo.

Amigo de la ciencia, con docenas de libros de divulgación entre pupila y neurona y con centenares, miles de artículos leídos en pos de comprender, de solventar a través del lenguaje lo que no me conceden las matemáticas que explican la astrofísica, no he conseguido todavía hacerme una idea de la forma del universo, ni de sus bordes o no bordes, ni de cómo es capaz de crecer tan rápido gracias a que la constante cosmológica es superior a la unidad, que quiere decir, más o menos, que la fuerza de expansión es superior a la de la contracción alimentada por la gravedad. En cuestiones de universos reconozco que sólo soy un grosso modo.

Sin embargo sí puedo entender su edad, la cronología, el porqué de esa aproximación fidedigna en su datación, las diferentes fases evolutivas habidas desde que sobrevino el Big Bang, ese estallido que la religión atribuye a la mano de Dios en un último intento por no dejar al Creador sin funciones, condenado a ser absorbido por una ciencia que a cada órbita le va comiendo clientela y atribuciones.

Se rumorea, pero científicamente, que el universo tiene una antigüedad de unos 13.700 millones de años. A partir de esa diáspora aberrante e inextricable de materia agrupada en una singularidad de densidad infinita, los átomos dieron paso a las moléculas que se agruparon en elementos que se fueron especializando en la construcción de múltiples estructuras, explicado de nuevo grosso modo. Cuando el universo llevaba unos 9.100 millones de años de continua transformación, como la presente, en uno de sus fragmentos, una nube molecular gigantesca colapsó, infillones de átomos de hidrógeno se comprimieron y surgió una estrella mediana a la que acabamos llamando, cuando el hombre tuvo uso de lenguaje, Sol.

Al poco, y bajo su influjo gravitatorio, nubes de polvo colapsaron también y formaron los planetas conocidos. 4.600 millones de años de todo esto.

Y hace cinco millones de años descendimos de los árboles para volvernos primero bípedos, después homínidos, más tarde habilis para acabar en sapiens, en sapiens sapiens, simplificada la antropología a extremos de catón. Y sólo hace un parpadeo cósmico de cuarenta, treinta o sesenta años que tú y yo anidamos en esta Tierra vieja y contingente con la esperanza de conservarnos en ella el máximo de eones posible. Al menos yo sí lo intento aunque mi hígado no entienda mis ansias de longevidad después de una tarde-noche de gintonics.

En la siguiente fase de mi reflexión universal, surgió mi edad. Y me hice ver, saber, que aunque mis células se renuevan, salvo las neuronas, en su totalidad, cada entre siete y diez años, somos poseedores de una serie de metales que son indestructibles, que aunque se evacuen o se fuguen por cualquiera de los esfínteres o intercambiadores exteriores de nuestro cuerpo, necesitamos reponerlos para continuar con el proceso de la vida. Y todos y cada uno de esos átomos o moléculas de hierro, calcio, molibdemo, cobalto, aluminio, zinc, cobre y algunos otros que se han infiltrado en nuestros organismos humanos, fueron sintetizados algún día de hace miles de millones de años, muchos más de los que la Tierra acumula, en el interior de alguna estrella en proceso de liquidación que acabó por colapsar y arrojarlos, probablemente en modo supernova, al espacio.

Ninguno de esos metales es posible que pueda haber sido sintetizado en la Tierra porque el hombre no es capaz de producir las temperaturas para que se den esas reacciones. ¿Qué significa el hecho de poseer un organismo colonizado por algunas decenas de metales, aunque sean ínfimos en presencia? Que somos mucho más viejos de lo que escondemos, que cuando alguien nos pregunte la edad podríamos responder que según la última analítica y su porcentaje de hierro, nuestra edad puede fluctuar entre 5.000 y 10.000 millones de años, que albergamos una parte indestructible del universo y que ni siquiera, cuando en la hora de la muerte celular absoluta nos incineren, lograrán que dejemos de ser eso tan poético que los clásicos ya dieron en llamar polvo de estrellas.

No olvides nunca matizar ese concepto cuando alguien te pregunte la edad. Aunque sólo sea para que tu interlocutor te replique que te conservas muy bien para ser tan mayor. Carpe diem.

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