Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 14, Opinión, Tonino Guitián
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Tanatorio salvaje

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Hacen falta muertos, evidentemente. No hay guerra sin muertos. Ni siquiera en las guerras frías. Los muertos pueden quedar despanzurrados, desangrados, ajusticiados, decapitados, apilados, amputados, desnutridos, ahogados –por gases o en el agua– carbonizados, helados… de cualquier manera pero que queden vistosos. Uno no monta una guerra para que los muertos parezcan arreglados como en un tanatorio. Y entre ustedes y yo… un muerto de tanatorio es casi como un paquete regalo. El verdadero muerto, el fetén, el que es más muerto que cualquiera, es la víctima de una guerra, que deja restos, dolor, ausencia y un sentimiento trágico y absurdo lleno de matices y de preguntas sin respuesta.

Después hace falta destrucción. Que la gente se horrorice y que vea saltar en pedazos todo aquello que amaba o que pudiera haber amado: un hogar, un santuario, una universidad. Que haya una pizca de pillaje y unas gotas de delaciones para que nos dé una visión global de que cualquiera puede ser repugnantemente inmisericorde. Hermanos destruyendo a hermanos es lo ideal: crean ese ambiente irrespirable donde casi se prefiere morir.

La destrucción tiene que atraer hambre, y medios de comunicación. No son lo mismo, pero se parece porque las últimas guerras han estado muy necesitadas de justificación, y no hay nada mejor que un buen titular para justificar cualquier cosa. De esto los españoles sabemos mucho. Cualquier imagen impactante servirá para que la gente deje de preguntarse por qué hay una guerra. “¿No se pudo solucionar de otro modo?” Pues no, se agotaron las vías diplomáticas. “¿No podría haber una tregua?” ¡Pues claro que no, el nivel de la provocación exigía una respuesta! “¿Pero no hay un organismo internacional…?” Miren, les voy a confesar una cosa: la gente que pregunta demasiado es sospechosa y además no podemos responder a todos porque perderíamos la guerra. Es mejor matarla y ya está. Los periodistas que se hacen preguntas en vez de sacar bonitas fotos de muertos, también. No pasa nada, porque como decía Gila, en la guerra te hinchas a matar y la policía no dice nada. Incluso es conveniente matar ostentosamente, no en plan tímido porque ahí estriba la diferencia entre héroes y cobardes.

Obligar a alguien a matar no es sencillo, porque –por lo general– las personas no disfrutan del crimen; casi todos tienen hijos, madres y amigos con los que simpatizan bastante y no desean que alguien les pegara un tiro por reciprocidad. Así que para destruir ese natural escrúpulo a entenderse pacíficamente existe toda una escenografía teatral compuesta de motivos raciales, religiosos, tradicionales, banderas, himnos y patrias donde se incluye la imagen de esa familia destruida por el enemigo si no destruyes la suya. Se añade la palabra “libertad” un poco por todas partes y ya está.

También se cuida de que los que están lejos de las líneas enemigas tengan motivos para apoyar la matanza humana con argumentos de debate muy bonitos como “dogmatismo pacifista”, “inmoral renuencia a intervenir”, “detener la barbarie” o “fracaso de la diplomacia”. Este último, el “fracaso de la diplomacia” parece que abra las puertas al imprescindible uso de la fuerza. Pero no abre ni una rendija porque la guerra es tan sólo fin, nunca principio; tras una guerra queda un paisaje desolado mientras el mundo se desentiende por completo, entretenido con otros conflictos bélicos, televisados casi en directo.

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