Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 15, Opinión
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Primero vivir, después sobrevivir

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

La mayoría de nosotros hemos sobrevivido a alguna tragedia y en ese enunciado les incluyo a ustedes, que están leyendo estas líneas y a mí misma, que las escribo. Obviamente, asistimos a este acto de comunicación porque hemos sobrevivido. De entre todos los verbos que podría utilizar para definir o para remarcar esta relación que nos une escojo precisamente ese, que según la RAE, tiene dos acepciones. En la primera: “Dicho de una persona: Vivir después de la muerte de otra o después de un determinado suceso”. En la segunda: “Vivir con escasos medios o en condiciones adversas”. Elijan la que consideren más adecuada pero creo que en las circunstancias actuales, en estos momentos de dificultad económica, moral y de toda índole, las dos son complementarias.

Porque hoy hablamos de vivir, del momento presente, un tiempo verbal que es consustancial a la existencia. Pero para llegar a hasta aquí habremos tenido que utilizar los verbos en pasado y tendremos que estar mirando de reojo al futuro. Si no, ¿para qué estar?

Decía Desmond Morris que el hombre es fruto de la necesidad y el azar. Evidentemente, los planteamientos del zoólogo y etólogo británico son mucho más amplios y no pretendo reducirlos a esa frase categórica. Pero el efecto que tuvo en mi concepción del mundo esa sentencia fue demoledor. Por fin alguien le quitaba “peso” y “gravedad” al hecho de existir.

Después de haber pasado la niñez escuchando oraciones (nunca mejor dicho) del tipo “eres el proyecto de Dios”, llegaba un señor y decía que el hecho de que yo estuviera en este mundo no era más que fruto de una casualidad. Y tenía la osadía de titular “El mono desnudo” a una de sus obras. Ni se imaginan cuánta liberación sentí. Además en un momento, el de la adolescencia, en el que uno siente que zozobra y va buscando todo el rato algún agarradero.

En torno del azar, de la casualidad, también construye Milan Kundera la relación amorosa entre Teresa y Tomás en “La insoportable levedad del ser” (¿Recuerdan? De cuando se escribían novelas que no sólo contaban historias. Ay, qué tiempos aquellos). “Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas”. Me fascinó ese libro porque me hizo reflexionar –aún lo hago– sobre si esas decisiones trascendentales, esas verdades indiscutibles que constituyen la hoja de ruta de cada uno de nosotros, nuestro libro de estilo particular, no serán sino meras casualidades. Si así fuera, qué ligereza deberíamos sentir en el ánimo.

Y no es así. Porque el camino está trufado de tragedias, de pérdidas que, aunque se hayan producido por azar, resultan dolorosamente insoportables. Llegar hasta aquí significa haber sorteado los obstáculos, haber elegido –consciente o inconscientemente– el camino correcto, haber ganado. Pero también, haber perdido. Y asumir conscientemente esas dos realidades (la pérdida y la ganancia) no puede sino causarnos dolor. Vivir duele; sobrevivir, aterra. Y, sin embargo, en ello andamos.

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