Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 15
Deje un comentario

Nuestro Universo

Ilustración: Luis Sánchez

Gurb

Editorial

26 de septiembre de 2014. ¿Debe el ser humano seguir invirtiendo ingentes cantidades de dinero en la investigación espacial? Ésa ha sido la eterna pregunta desde que el hombre logró atravesar la estratosfera, allá por los años sesenta, cuando el soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en dar el salto al espacio. Desde entonces, países como Estados Unidos, Rusia, Japón o China, y más recientemente Europa, a través de los programas impulsados por la Agencia Espacial Europea, han destinado grandes recursos humanos y materiales en pos de colonizar el cosmos. Atrás queda la conquista de la Luna y el programa Apolo, un proyecto que en aquellos años desató el orgullo de la humanidad pero que hoy apenas es un recuerdo más, histórico por supuesto, pero recuerdo a fin de cuentas, como lo puede ser el descubrimiento de América y tantos otros grandes acontecimientos del pasado. Los diferentes programas impulsados por la NASA aprovechando la fiebre por el viaje lunar no han cubierto las esperanzas y expectativas que se había puesto en ellos. Hoy, la Luna sigue siendo un satélite solitario y abandonado, sin signos de vida humana por ningún lado, salvo la bandera americana y un montón de chatarra, pese a que Armstrong dejó allí su huella para la eternidad tras decir aquello de “es un pequeño salto para el hombre pero un gran salto para la humanidad”. Hoy, ese salto que antaño parecía inmenso ha quedado un tanto diluido y olvidado e incluso surgen voces escépticas que dudan de que el hombre haya llegado realmente a la Luna. Stanley Kubrick (a quien por cierto los conspiranoicos le atribuyen el montaje del falso alunizaje en un estudio de televisión) filmó, en el año 1968, 2001, una odisea espacial, pensando que a principios del año dos mil el hombre contaría ya con una base permanente en la Luna y viajaría por las estrellas en un vals de naves espaciales ultrasofisticadas. Nada más lejos de la realidad. La mayoría de los programas de vuelos con humanos han sido cancelados por falta de presupuesto y aunque es cierto que se ha avanzado notablemente en el envío de robots exploradores a Marte da la sensación de que la carrera espacial ha quedado estancada. La NASA ha volcado sus esfuerzos en la búsqueda de agua y de vida microbiana en el planeta rojo y en lunas periféricas del Sistema Solar como Encélado, Io o Europa.

Precisamente la siguiente etapa en la odisea del hombre por el Sistema Solar, el viaje con astronautas a Marte, sería la próxima estación en la hoja de ruta y sin embargo todo parece avanzar demasiado lentamente. Pedro Duque, el único astronauta español que hasta la fecha ha viajado al espacio, asegura en un entrevista en exclusiva para Gurb que en el plazo de 10 o 15 años a lo sumo la especie humana podría poner pie en suelo marciano sin mayores problemas, ya que contamos con la tecnología suficiente, pero no obstante se muestra escéptico, porque los fondos para tan difícil empresa llegan cada vez más con cuentagotas. De nuevo, las decisiones políticas irracionales se imponen a los deseos de la lógica científica. La Luna abandonada, los transbordadores espaciales retirados por inseguros, obsoletos o excesivamente costosos, Marte más lejos que nunca… Y es aquí donde surge la eterna cuestión que abordábamos al principio de este editorial. En un momento en que miles de personas pasan penalidades y hambre, ¿merece la pena que el ser humano siga gastando miles de millones de dólares en la investigación espacial? Y la respuesta, sin duda, por cruel que parezca, debe ser que sí. Si el homo sapiens ha sido capaz de dar el salto de las cavernas a hogares confortables, del hueso al láser, de tener una esperanza de vida de veinte años a alcanzar casi los cien ha sido precisamente porque siempre hubo científicos ávidos de curiosidad que tuvieron el sueño altruista de mejorar las condiciones de vida de los habitantes del planeta Tierra.

La investigación espacial no solamente resulta crucial para la innovación en nuevas tecnologías y fármacos contra enfermedades terribles sino que abre las puertas a responder la pregunta fascinante que nos hemos estado haciendo desde hace un millón de años, desde que el primer cavernícola fue alumbrado con el pensamiento simbólico y se le ocurrió plasmar la imagen de un animal en la pared de una cueva. Y esa pregunta no puede ser otra que: ¿estamos solos en el Universo? Existen miles de millones de galaxias, con miles de millones de estrellas y miles de millones de planetas orbitando a su alrededor. Las posibilidades de que exista una civilización extraterrestre son tan elevadas que desde el punto de vista matemático, como demuestra la ecuación de Drake, resultaría casi imposible que no la hubiera. Entonces, en ese caso, ¿no merecería la pena contactar con ellos, intercambiar conocimientos y cultura, dar un salto evolutivo más hacia algo mejor que lo que ya conocemos? En la Tierra, un planeta que agoniza por los efectos nocivos de la mano del hombre, el panorama es realmente desolador. Guerras, hambrunas, epidemias, explosión demográfica, contaminación, amenaza nuclear. El ser humano se encuentra en la mayor encrucijada de su historia. O dar el salto hacia un nivel de conciencia superior, hacia un estadio más espiritual que material, o destruirse para siempre. Y aprender las enseñanzas de una civilización inteligente (ojalá no amenazante) que ya ha dado por superada esa fase peligrosa autodestructiva sería nuestra salvación. Porque de seguir por este camino sin futuro, como ha dicho Stephen Hawking, llegará un momento en que no nos quedará otra que subirnos a una nave interestelar y abandonar la Tierra. Sin rumbo fijo, solos, perdidos en la fría inmensidad del espacio.

Ilustración: Luis Sánchez

Ilustración: Luis Sánchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *